Matar no es fácil, de Gonzalo Guillén

04 Octubre, 2026

Por LUCERO MARTÍNEZ KASAB*

 Recibí en mis manos, de sus manos, su libro Matar no es fácil, de Gonzalo Guillén, envuelto aún en papel celofán. Él, rápidamente, lo abrió para hacer la dedicatoria y para que, al llegar a la librería a la que iríamos a tomarnos un café, no fueran a pensar que lo habíamos hurtado. Una precaución que corrió veloz por sus ojos, que me miraron inteligentes.

Hay gustos que no cuestan un centavo y llenan el espíritu de regocijo silencioso. Uno de ellos es recibir un libro finalizado del que se conocen el tema, los personajes, el entorno, pero del que no se sabe aún cómo el creador combinará los signos para llevarnos por los senderos de los acontecimientos, de la humanidad de sus personajes, de las bellas palabras ante hechos terribles como matar a otro ser humano. Este libro lo tuve en sus inicios, hace dos años, cuando Guillén me dio a leer su manuscrito. Ahora, ya publicado, auguraba unas horas de deleite.

Hay un tema sembrado en el alma de este periodista: la violencia en Colombia y, dentro de ella, la pobre gente del pueblo llevada a ejercerla por la condición violenta de quienes están en el poder político. Así, repitiendo esta palabra, porque ella, violencia, se repite una y otra vez en la historia de Colombia, en un ir y venir del poder hacia el pueblo y del pueblo contra el pueblo. Entonces, teniendo como protagonistas a dos hombres sencillos, Higinio Oicatá y Hernán García Ontibón, mostrándonos el escritor con los hechos políticos, con el modo de ser de estos varones y con sus vidas, cómo la élite colombiana ha llenado de muerte los doscientos años de República.

Las armas de fuego, el deseo de pertenecer a una organización, esa parte arcaica del ser humano que se asoma más en unos que en otros de sentirse superior, fuese cual fuese la razón, son elementos que denotan las ansias de poder que, bajo consignas ideológicas, activan la justificación de un asesinato, una masacre o un genocidio. Higinio Oicatá, un nombre que evoca un origen indígena y, por lo tanto, históricamente segregado por los círculos dominantes de Colombia, encontró en un revólver al cinto como soldado del Ejército Nacional, la manera de ser poderoso, de llevar adelante la dureza de su alma. No le valen las súplicas de la víctima porque concede más importancia a la orden militar, como tantas veces ha ocurrido en la historia humana detrás de las ideologías.

Guillén ubica a Higinio en medio del Bogotazo en 1948, la revuelta popular desatada en Colombia tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán —el líder del pueblo que veía en él la redención social—, dejándonos ver la mente mezquina, corta, turbia de ese soldado que se permite ver a la mismísima Virgen en medio de sus propios asesinatos. Junto a la personalidad asesina, las anécdotas de su vida y los episodios místicos de un alma fría como la de Higinio, Guillén, va narrando cómo el poder político en cabeza del presidente de entonces, Mariano Ospina Pérez, manejó aquel asesinato y su posterior investigación. Dos almas retorcidas, Higinio y Mariano, en los polos de la sociedad, hundiéndola a través de falsedades, cinismo y asesinatos. Uno siendo herramienta del otro, tal y como se fue sofisticando la dominación dentro de la humanidad.

 

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En una segunda parte del libro, Guillén nos cuenta cómo Colombia terminó enviando tropas a la guerra de Corea. Primero, bajo el gobierno de Ospina Pérez y después bajo su sucesor, Laureano Gómez, en el contexto de la intervención de las Naciones Unidas, liderada militarmente por Estados Unidos, en apoyo a Corea del Sur tras la invasión de Corea del Norte. A lo largo de aquella guerra participaron alrededor de 5100 soldados y marinos colombianos. Muchos eran jóvenes nacidos en el campo, llevados a una guerra remota y ajena a su mundo. Fue el tristemente célebre Batallón Colombia de la guerra de Corea; muchachos sin entrenamiento militar, sin idea de coger un arma, ingenuos, dóciles, buenos, donde al final de ella hubo cien colombianos que nunca aparecieron porque, nunca fueron buscados.

Aquí aparece un ser bueno, Hernán García Ontibón, uno de los hombres que regresaron de aquella guerra. Murió en Colombia pasados sus noventa años, después de haber vuelto a Corea siete décadas más tarde, por invitación del gobierno de ese país para rendir homenaje a sus compañeros caídos en combate. Guillén, amante de la gente sencilla, se hizo amigo de él. Así conoció la historia de un niño coreano que se acercó a los soldados nuestros quienes lo protegieron, lo adoptaron y, finalmente, le salvaron la vida. Pepe, como lo bautizaron, vendría a Colombia ya adulto a buscar a aquellos hombres, encontrándose a Hernán García Ontibón. Guillén, hace de este capítulo unas líneas entrañables al mostrar la condición humana noble en medio de una guerra; la fuerza del agradecimiento del coreano; la resistencia física, ética y emocional de Hernán García Ontibón. Seres que no se quiebran.

Guillén, empeñado siempre en mostrar el origen de las desgracias políticas y sociales de Colombia, es decir, en la verdad de las cosas, muestra en su libro el marco político de la época en que Colombia donó a Estados Unidos un batallón de hombres casi niños, arrancados de la tierra, de pensamiento liberal, para morir por una guerra que en nada nos concernía. Cuenta el periodista para la historia que han de leer las nuevas generaciones, quién fue el presidente colombiano que autorizó aquella misión cruel: Laureano Gómez, del Partido Conservador, apodado el Monstruo. Narra la subordinación de los gobiernos colombianos a Estados Unidos. La demonización del comunismo. Retrata a la Iglesia católica bendiciendo el sacrificio de esos pobres campesinos cuando ya partían, en medio de una ceremonia encubridora de un destino mortal. Un círculo inmenso de poder que vive de los pobres de Colombia y del mundo entero.

Matar no es fácil, le dice Higinio ya viejo a Gonzalo Guillén en medio de sus conversaciones. Éste toma la frase para titular su libro. No porque Guillén le haya creído esa aseveración al chulavita Higinio Oicatá. No. Precisamente, por todo lo contrario porque, no le cree. Guillén, periodista curtido, conocedor del alma de cada sector social del país y por lo tanto de los asesinos de Colombia, no le creyó al entrevistado su frase hipócrita. Tomó esas palabras como una ironía que atraviesa las dos partes de su libro. Porque, este periodista, gran escritor, muestra cómo, desde la cúspide del poder hasta el soldado raso como Higinio, es fácil matar en Colombia. Esa es su denuncia que duele porque, está excepcionalmente escrita.

 

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