Los que importan

26 Agosto, 2024

Por ADRIANA ARJONA

 Hace un par de semanas me diagnosticaron con cáncer de piel. Aunque no me sorprendió demasiado, pues en mi familia ha sido una dolencia recurrente, no dejó de impactarme, pues el carcinoma está en la cara, en un lugar muy visible. Siento que el tiempo no pasa mientras llega el día de la cirugía. Espero, impaciente, con el deseo de que la cicatriz no quede demasiado grande. 

No obstante, algo ha cambiado en mi impaciencia después de lo que presencié el jueves de la semana pasada. Fui testigo de una tragedia, una de verdad. Una que hace ver mi carcinoma como un punto ridículamente pequeño en medio del universo infinito de las desdichas humanas.  

Regresaba a casa tras una cita médica y, a unos metros de mi puerta, vi al vigilante de una de las universidades vecinas auxiliando a un hombre joven que estaba sentado en el andén. Se veía muy mal. El chico, que era humilde, mas no una persona en condición de calle, no podía hablar. Tenía la mirada perdida. Los labios morados. Las manos engarrotadas. Se estaba ahogando.

El vigilante me dijo que antes de quedar sin habla le había dicho que sufría de asma. Ya se había dado un par de disparos con un inhalador que llevaba en el morral, pero su organismo no respondía.

Los compañeros del vigilante habían llamado al 123 unos 20 minutos atrás, pero la ambulancia no llegaba. El muchacho parecía al borde de la muerte. Me quedé sosteniendo su mano derecha y una empleada de la universidad hizo lo mismo con la izquierda.

Al cabo de un rato llegó un médico vecino. Los presentes seguimos las indicaciones del galeno. Lo acostamos en el piso, y procedió a tomarle la presión sanguínea y a medirle la saturación de oxígeno.

En un pequeño bolso negro que el chico llevaba terciado encontramos su cédula. Al fin supimos su nombre, el que no podía pronunciar por el dolor y la asfixia.

José, de 31 años, acababa de salir del Hospital del Guavio, ubicado a tan solo unas cuadras de mi casa. De eso nos enteramos cuando revisamos su morral, en el que llevaba su vida entera, compuesta de unas cuantas austeridades: una muda de ropa, una cobija, una toalla vieja y un cepillo de dientes. También una cantidad absurda de medicamentos.

En la orden de salida podía leerse su historia clínica, que nos reveló una verdad estremecedora: José tenía Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), sufría de tensión alta, estaba diagnosticado con una enfermedad psiquiátrica y tenía una discapacidad mental leve. Asimismo, el documento informaba que José estaba en situación de abandono, no contaba con nadie a quien acudir. Aun así lo habían dado de alta, sin oxígeno ni acompañante, hacía apenas unos minutos.

Tras leer semejante horror, los presentes nos miramos con total desconcierto. Sin decirlo, todos nos preguntamos exactamente lo mismo: ¿por qué le dieron de alta, sin oxígeno ni acompañante, a un paciente con discapacidad mental leve, tensión alta y EPOC? Pensé que eso no era una orden de salida, sino un acta de defunción.

En el documento aparecía un número de contacto, al cual llamé, pero nadie respondió. Me enviaba directo a buzón. Empezamos entonces a hacer preguntas que José respondía asintiendo o negando con la cabeza, pues le era imposible hablar.

¿Tienes mamá? No. ¿Papá? No. ¿Otro familiar? No. ¿Vives con alguien? No. ¿Un amigo? No. ¿Vives cerca? No. ¿Vives en una pensión? Sí. ¿Tienes el teléfono de la pensión? No. ¿Es un paga -a-diario? Sí.

Comprendimos que José estaba absolutamente íngrimo y solo en la vida. Enfermo y solo. Enfermo, solo y desvalido. No le importaba a nadie. Ni siquiera al Estado que debería velar por sus derechos y direccionarlo de aquel hospital público a un lugar de cuidado intermedio, donde tuviera acceso al oxígeno que como paciente de EPOC requiere para mantenerse con vida.

De repente, José empezó a retorcerse del dolor, se le dilataron las pupilas y se le desorientó la mirada. La ambulancia seguía sin aparecer después de una hora de espera. Yo misma empecé a sentirme corta de aire al verlo en ese grado de asfixia y sufrimiento.

El médico le administró tres disparos más de unos de los medicamentos que cargaba en el morral, y José volvió a la calma por unos cuantos minutos antes de hacer otra crisis. Y otra. Y otra más. De la ambulancia, nada.

Una enfermera que iba a una reunión se sumó al grupo de ayuda, a pesar de que no ejerce su profesión, y otra médica que supo de la situación también se acercó a ofrecer su apoyo.

Al cabo de una hora y media llegó la ambulancia. Y mientras hacían el papeleo para que la Secretaria de Salud les indicara a dónde llevar a José, me quedé pensando en que existen millones de personas como él en Colombia. Gente que no le importa a nadie. Gente que no cuenta. Gente a la que le dan salida de un hospital a sabiendas de que no está en condiciones para quedarse sin atención.

Seguramente, en el Hospital del Guavio necesitaban la cama para otro José, otra persona igual de sola, desvalida, y en peor estado de salud. Otro paciente al que en pocos días lo darán de alta, aunque no esté en condiciones de enfrentar la vida.

Los que importan no pasan jamás por una situación semejante. Y eso me da escalofrío. Saber que soy una de las pocas personas que importan, frente a millones que no cuentan.

A mí me operarán el pequeño carcinoma que tengo en la cara, tres médicos especializados, a falta de uno, y tendré a toda mi familia acompañándome. Mi esposo, mi hija, mis padres, mis hermanas. y mis amigas estarán a mi lado a cada segundo, y mentirán si la herida queda mal. Me consolarán y me dirán que estoy perfecta, que no se nota, que si después lo siento necesario puedo hacerme una cirugía plástica, en la que también me acompañarán. Sé que en la clínica donde me harán el procedimiento nadie firmará una orden de salida sin asegurarse de que alguien me acude. Todos me cuidarán. Me tratarán como a un ser humano.

Cuando pienso en eso no solo me duele, sino que me da vergüenza. Revienta el espíritu comprobar a diario lo obscenamente desigual que es el mundo en que vivimos. Da grima el tipo de sociedades que hemos construido, en las que existen ciudadanos de primera categoría, de segunda, de tercera, de quinta, y otras, mucho más abajo, en ese fondo oscuro al que los de arriba no quieren asomarse. Ese infierno solo y frío en el que están todos los Josés de este mundo. 

Llevo días pensando en ese muchacho. En todos los que viven vidas como la suya. Vidas solas y tristes, en lugares aún más solos y tristes que esta ciudad. Lugares en los que ni un centro de salud cercano existe. Lejanías en las que cada uno sobrevive como puede, a lo Darwin, jugando a la supervivencia del más fuerte, del que mejor se adapte.

Pienso en la indolencia del Estado, en la película de terror que es el capitalismo, en la mentira que es la democracia, en lo vacíos que son los discursos de los políticos en campaña, en los cambios que nos prometen para darle mejores condiciones de vida a todos y todas, y en la resistencia de los poderosos frente a dichos cambios, pues los inunda el infame terror a perder un solo milímetro del lugar que ocupan: el de los pocos que importan.