Cómo una ingeniera convirtió la indignación en ley

07 Octubre, 2026

Por ING. YERLY MOZO*

 Durante un año estudié una sola pregunta.

Durante diez años dediqué mi vida a convertir esa respuesta en una ley.

Todo comenzó con una escena que se repetía una y otra vez.  Después de rescatar un caballo reducido a piel y huesos, agotado tras años de arrastrar cargas hasta desplomarse; después de salvar un perro apuñalado o un animal víctima de una crueldad que todavía hoy me cuesta describir, llegaba una notificación de una inspección de policía con una decisión difícil de aceptar: el Estado ordenaba devolver ese animal a quien lo había maltratado. ¿Hay un acto más cruel que este?

Para quienes de manera paralela a nuestro trabajo hemos abierto una parte de nuestra vida a rescatarlos, rehabilitarlos y defenderlos, aquello era una derrota permanente, un verdadero sentimiento de impotencia. Curábamos sus heridas, sus corazones, para que el sistema los devolviera al mismo lugar donde habían sufrido. No era solo una contradicción jurídica, era una realidad moralmente insoportable.

Como ingeniera sabía muy poco de leyes, pero entendía algo esencial: cuando un sistema produce el mismo resultado injusto una y otra vez, el problema rara vez está en el funcionario que lo aplica; está en la manera como fue diseñado, en la estructura que lo sostiene. Comprendí entonces que el problema no era el inspector de policía, no era el juez, era la ley. Mientras los animales siguieran siendo considerados “cosas” ante el ordenamiento jurídico colombiano, ninguna decisión administrativa ni judicial podría protegerlos realmente.

Ese descubrimiento cambió mi vida, aún recuerdo la escalera y el momento cuando una médica me decía que “hacer esa ley era muy difícil, mejor dicho imposible”.

No quise esperar cinco años para convertirme en abogada. Aunque era una posibilidad, decidí estudiar por mi cuenta esos enormes libros de carátulas verdes y letra diminuta que, para una ingeniera, parecían escritos en otro idioma: el Código Penal, el Código Civil, la Constitución Política y en general el ordenamiento jurídico colombiano. Durante un año sabático en Argentina, de manera autodidacta y metódica, analicé normas, jurisprudencia y principios constitucionales con un único propósito: responder una pregunta que terminó convirtiéndose en una causa de esa etapa de mi vida. ¿Cómo construir una ley que protegiera verdaderamente a los animales y permitiera enviar a la cárcel a quienes los maltrataban?

En 2010 apareció un hito histórico. La Corte Constitucional, mediante la Sentencia C-666, reconoció que los animales son “Seres Sintientes”. Donde muchos vieron una sentencia, yo vi quizá como ingeniera la posibilidad de construir con estrategia una solución estructural.

Pronto descubrí que no estaba sola, éramos miles, quienes desde orillas muy distintas, decidimos dejar de lado nuestras diferencias para unirnos en una sola causa: No al Maltrato Animal. Y entonces ocurrió una de las mayores paradojas que he presenciado en Colombia: fueron los animales quienes lograron unir a los colombianos. La unión se convirtió en la fuerza más poderosa para transformar al país. Hicimos protestas estratégica y creativas, las calles se llenaban de familias marchando, los auditorios de debates y foros por toda Colombia, y esa voz colectiva terminó abriendo el camino para una transformación jurídica que parecía imposible. La indignación había despertado al país y ahora había que convertirla en una solución.

Hoy, diez años después, esa transformación continúa trascendiendo nuestras fronteras. Colombia abrió un camino que otros países de América Latina  recorrerían más tarde, demostró que las grandes transformaciones no son obra exclusiva de los gobiernos ni de los ciudadanos: nacen cuando ambos son capaces de encontrarse alrededor de un propósito común.

La Ley 1774 no fue perfecta, pero fue vital. Con el tiempo entendí que lo más fácil fue lograr tras una década de propósito su aprobación; lo verdaderamente difícil ha sido convertirla en una realidad. Su implementación ha enfrentado nuevos fenómenos sociales: la corrupción en el manejo de los recursos destinados a la protección y  bienestar animal, el creciente tráfico de perros y gatos hacia ciudades como Bogotá y Medellín, la utilización de animales en contextos de migración y mendicidad, y el aumento de los costos para garantizar su atención y cuidado, utilización política de la sensibilidad por el animal, entre otros.

El siguiente gran paso ya es evidente: construir un verdadero sistema de salud para los animales, con derechos y deberes claramente definidos, que haga efectivo el reconocimiento de los animales como seres sintientes y lo convierta en una protección real y cotidiana.

Aprendí que los sueños no cambian el mundo por sí solos. Lo cambian cuando se estudian con disciplina, se construyen con argumentos y se defienden con perseverancia. Aprendí que comprender un sistema es el primer paso para transformarlo y que la indignación solo adquiere sentido cuando se convierte en una propuesta capaz de unir voluntades.

Diez años de mi vida quedaron resumidos en unas cuantas páginas del Diario Oficial, pero esta ley nunca ha sido solo un texto, es la prueba de que una ingeniera pudo comprender un sistema, encontrar la falla que no se veía y ayudar a cambiar la historia de un país. Los sueños comienzan en el corazón de una persona y dejan de ser un sueño cuando se trabaja en equipo y se convierten en el futuro de una nación.

 

* Ingeniera Civil y coautora ciudadana de la Ley 1774 de 2016.