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El infierno de Viáfara

Hace dos años recibí una llamada de una voz anónima que dijo haber leído este libro. Quería

conocerme porque quería darme información sobre la masacre en que  había muerto  mi  hermana. “Lo he querido hacer desde hace mucho tiempo pero no había  encontrado  fuerzas  para  hacerlo”, me dijo. Al principio me dio  temor  atenderlo,  pero  pesó  más  mi  instinto  periodístico  y  acepté encontrarme con él en un sitio público en el centro  de Bogotá. En un comienzo  no  supe  ubicarlo. Me dijo que era un oficial retirado del ejército y que yo había contado  su  historia  en  el  libro  con algunas imprecisiones. “Pero no vengo a eso”, me advirtió”. “Vengo para decirle que se quedó corta con lo que escribió. Yo fui uno de los  primeros  alumnos de Yair  Klein  y  él  nos enseñó  a  fabricar bombas  lapa”. Como mucho de sus colegas en Puerto Boyacá, terminó trabajando para el Cartel de Cali y llegó a ser informante de la CIA. Hoy es jefe de seguridad de un importante centro  comercial. Debo confesar que hemos desarrollado una cierta relación que creo que le ha servido más  a él que a mí: es  un hombre  atormentado por  los  horrores  que  cometió y ya  no me  produce  susto sino lástima.

Supo que eran más de las 11 p.m porque ya habían suspendido el  servicio de luz en Puerto Boyacá. A esas horas la autodefensa iniciaba sus acostumbradas rondas  en busca de colaboradores de la  guerrilla. Con  frecuencia  se despertaba y escuchaba gritos desgarradores, seguidos de tiroteos. Pero ni él ni nadie salían de sus casas.

Desde hacía un mes, el olor de los cadáveres  en descomposición que  habían vuelto  a  aparecer  sobre las aguas del río Magdalena no los dejaba dormir.

Vio que un campero se detenía frente a su casa. Solo alcanzó a decirles a  su mujer  y a su  pequeña  hija  que  se escondieran. El 29 de enero de 1984, cuatro hombres encapuchados entraron tumbando la puerta, y a  golpes de culata lo sacaron de la casa. Lo vendaron y lo metieron en la parte de atrás de un campero y se lo llevaron.  Por el rumor del río supo que estaban a orillas del Magdalena. Al cabo de un rato el campero se detuvo. Lo sacaron y lo introdujeron en  un rancho que olía a café. No había luz y solo la luminosidad de la luna  le permitía ver  el  juego de sombras que lo rodeaban. Lo sentaron en una butaca y le quitaron la venda.

-¿Quién es usted? –le preguntó uno de ellos empujándo le el hombro con la culata de su arma.

-Soy Diego Viáfara y vivo aquí hace unos meses con mi esposa y mi hijo.

-¡Usted es del M-19! – afirmó inquisidoramente uno de los hombres.

Al principio no quiso admitir que había sido guerrillero.  Pero no  dejó  de  sorprenderle  que  los  encapuchados conocieran su pasado. Era cierto que había pertenecido al M-19 y trabajado como  médico en  el  frente  de  Cali con el comandante Rosemberg Pabón. Su s estudios  de  medicina  los  había  hecho  en  la  Universidad  Patricio Lumumba de Moscú y a su regreso a Colombia, en 1979, se había dedicado a proporcionar asistencia de salud  a muchos campesinos y militantes del M-19.

A mediados de 1981 se desplazó al Magdalena Medio, junto con otros dos miembros del M-19, para auxiliar a las cuadrillas 11 y 12 de las FARC, pero tuvo que deambular varios meses por la zona  sin  poder establecer  contacto con ellas. Mientras se hallaba en esa búsqueda, los grupos de autodefensa, que  ya  venían  operando  en  Puerto Boyacá, detectaron su presencia. Entonces decidió refugiarse en la casa cural.

Como su captura por parte de las autodefensas parecía inminente, el párroco de Puerto Boyacá sugirió a  los  tres guerrilleros acogerse a la amnistía decretada por el gobierno de Belisario Betancur en 1983. Diego Viáfara lo hizo el 29 de diciembre de 1983.

Puerto Boyacá era una de  las   poblaciones  del  Magdalena  Medio, una  selvática región  ubicada   en el  centro occidental, donde los brazos del río Magdalena se entrecruzaban formando pequeñas islas e integrando uno  de los ecosistemas más hermosos del país. Su historia reflejaba el viacrucis que sufrieron muchas regiones rurales en los años sesenta en Colombia, las cuales quedaron  en esa época bajo  el control de la guerrilla. Territorio  de  las Texas Petroleum Company hasta 1959, el  Magdalena  Medio  fue  escenario  de  una  colonización  desordenada, donde el Estado solo aparecía en su forma represiva –a través del Ejército-, para proteger a los terratenientes que se habían quedado con las mejores tierras, mientras los campesinos se veían forzados a penetrar más en la selva, donde las tierras eran de menor calidad. Esa represión constante contra el  campesinado  fue el caldo  de  cultivo que les permitió a las FARC –la guerrilla posoviética más antigua de Colombia- establecerse  en  zonas  olvidadas como el Magdalena Medio a comienzos de década de los años setenta. Al principio, la guerrilla fue bien recibida porque protegía a los campesinos de los abusos de los terratenientes a la vez que evitaba  los  frecuentes  robos de reses por delincuentes comunes. Sin embargo, poco a poco las tácticas de las FARC irían cambiando. No solo extorsionaban a los  ganaderos  y  terratenientes,  sino  que  decidieron  hacer  lo  mismo  con  los  pequeños  y medianos agricultores cuando aquellos, intimidados, decidieron abandonar la región. Como reacción contra tales abusos y atropellos, los campesinos del Magdalena Medio recurrieron a la única institución  que  tenía  presencia en esta zona –el Ejército- y crearon en 1981 los grupos de autodefensa del Magdalena Medio.

Al  principio  serían  simples  grupos  de  autodefensa  campesina,  armados  con  escopetas  de fisto  que  eran suministradas legalmente por el Ejército.

En diciembre de 1983 el presidente Betancur decretó una amnistía total a la guerrilla y planteó un plan de paz dirigido a conseguir una salida política para la guerrilla. La propuesta –según los sondeos- contó con el apoyo del 80% de los colombianos. Sin embargo, en Puerto Boyacá la noticia no solo cayó como un balde de agua fría sino que tampoco fue atacada. Por eso se incrementaron las patrullas en busca de colaboradores de la guerrilla y simpatizantes de esta nueva política de paz. Viáfara sabía que su única salvación podía ser contar la verdad.

-¡Cabrón mentiroso, a ver si usted nos dice la verdad… gran hijueputa! Le torcieron el brazo y el dolor penetrante lo hizo reaccionar. Estaba a merced de sus captores. Por ello no tuvo más remedio que confesar su pasado.

-Yo fui del M-19 pero ya no lo soy. Se los aseguro –dijo suplicante.

-A usted lo vamos a matar. Apunten y disparen.

Viáfara escuchó tres tiros. Cerró los ojos con toda su fuerza, mientras sentía el corazón latir en su garganta. Cuando los abrió, resignado a sentir cómo su cuerpo se reventaba con las balas, el sonido de las carcajadas y risotadas lo despertó del letargo de la muerte.

-Esta vez no lo matamos… pero nos tiene que decir quiénes son sus amigos. Aquí en el Magdalena Medio los guerrilleros no son bienvenidos. Este es el fortín anticomunista de Colombia y a los que se dicen izquierdistas los matamos.

-Yo no tengo amigos aquí. Viene a este lugar a rehacer mi vida… mire, soy médico y de pronto puedo servirles en algo.

Antes de amanecer Viáfara estaba de vuelta en su casa. Cuando vio a su mujer y a su hija no podía creer que estuviera todavía vivo.

Sabía que lo estaban probando y que para mantenerse vivo y proteger a su familia debería demostrar que su pasado guerrillero había quedado sepultado definitivamente.

Fueron semanas angustiosas. Viáfara se acostaba cada noche con el pensamiento de que un grupo de encapuchados iba a sacarlo en cualquier momento de su casa. No dormía, asustado de que lo fueran a tomar por sorpresa. Solo salía para reportarse semanalmente ante el mayor Diego N. Velandia, comandante del Batallón Bárbula de Puerto Boyacá, en su calidad de amnistiado.

Sin embargo, al cabo de un mes nada extraño había vuelto a ocurrir y la paranoia de Viáfara se había ido calmando. Gradualmente había vuelto a dormir y las cosas parecían regresar a la normalidad. Pero una de esas noches, cuando menos lo esperaba, las autodefensas volvieron a visitarlo. Lo sacaron vendado de su casa y lo llevaron al mismo rancho.

Cuatro veces le dijeron que lo iban a matar. Le apuntaban, pero los tiros apenas le rozaban. Para Viáfara esa tortura era peor que el infierno.

Finalmente, uno de sus captores le dijo:

-Las autodefensas del Magdalena Medio quieren probarlo como médico. Si no sirve, lo matamos.

Como se trataba de salvar el pellejo, no tuvo otra alternativa que aceptar “la propuesta”.

Para 1984, año en el que Viáfara entraría a colaborar con las autodefensas del Magdalena Medio, estas eran ya un ejército privado anticomunista, muy bien organizado, altamente entrenado y armado por el Ejército. Su cobertura era Acdegam, la Asociación de Ganaderos del Magdalena Medio, creada en 1984 y a la que se hacía aparecer como una fundación sin ánimo de lucro dirigida a prestar asistencia social a los moradores del Magdalena Medio.

Sin embargo, Acdegam era también la mampara detrás de la cual se ocultaba la creación de un ejército privado anticomunista. Los ganaderos y agricultores aportaban los dineros para comprar las armas, las cuales eran obtenidas por el Ejército por la vía legal. Sus hijos y los trabajadores de sus fincas serían incorporados a una escuela de entrenamiento militar denominada “El Tecal”, en Puerto Boyacá.

Organizada la población bajo Acdegam, a mediados de 1984 se inició un proceso de cruentas luchas con las FARC en el Magdalena Medio.

Era común que las unidades de contraguerrilla del Batallón Bárbula del Ejército al comando del mayor Velandia realizarán los patrullajes por el Magdalena Medio con miembros de los grupos de autodefensa.

A lo largo de esta campaña para “recobrar la democracia en el Magdalena Medio de las manos del comunismo internacional”, se exterminó prácticamente al Partido Comunista, y quienes habían sido colaboradores de las FARC en Puerto Boyacá se convirtieron, por efecto amedrentador, en sus más decididos enemigos. Las autodefensas controlaban los retenes militares, incautaban las remesas de los campesinos –podía ser comida para la guerrilla-, y habían entregado carnés a los habitantes de la zona para controlar el flujo de la población y detectar a los colaboradores de la guerrilla.

No se sabe cuántos campesinos inocentes murieron durante 1984. Lo que no pudo ocultarse fueron los cadáveres putrefactos de personas no identificadas que comenzaron a aparecer a lo largo de varios meses en las aguas y riberas del río Magdalena.

Fue tan grande y notoria la violencia, que los atropellos llegaron a oídos de la Procuraduría de Carlos Jiménez Gómez, quien decidió iniciar una investigación a raíz de unas serias denuncias que hablaran de guerra contra el campesinado en el Magdalena Medio.

La investigación se hizo pública en 1985, pero no causó mayor reacción pese a que en ella se vinculaba directamente a ciertos miembros del Ejército.

Por el contrario, en 1985 el “modelo de paz del Magdalena Medio” era recibido en ciertos sectores como exitoso.

Habían logrado el gradual desalojo de la región por las FARC y el fin de los secuestros y extorsiones a campesinos y ganaderos. Muchas regiones azotadas por la guerrilla solicitaban sus “servicios” y los paramilitares de Puerto Boyacá comenzaban a llevar el modelo del Magdalena Medio a otras regiones del territorio nacional.

No había transcurrido un año desde cuando a Diego Viáfara los paramilitares le habían perdonado la vida. Sin embargo, para él era como si hubiera pasado un siglo. Metódicamente, y durante muchos meses, las autodefensas habían observado sus movimientos antes de aceptarlo como uno de ellos. Para demostrarle la confianza que ahora tenían en él, lo nombraron jefe de sanidad de la organización. Le dieron un dispensario y un hospital ampliamente equipado. Tenía acceso a los jefes de la organización, era invitado por los ganaderos y mantenía excelentes relaciones con los militares.

No obstante, a mediados de 1985, recibió una orden que lo sorprendió:

-Prepare todo, que vamos a hacer unas jornadas de salud en el Guaviare –le dijo Henry Pérez, un hombre recio de tez trigueña a quien se le conocía como el jefe militar de Acdegam.

Como ya era su costumbre, preparó lo que debía llevar. Sin embargo, no le dejaba de extrañar que lo mandaran para el sur. Hasta entonces, las brigadas de salud habían tenido lugar dentro de los límites del Magdalena Medio.

Cuando llegó a su destino, se sorprendió de lo aperado que estaba el campamento. Había casas de madera –especies de barracas-, en cuyas paredes se leía: “Aquí no entran comunistas”. En una inmensa cocina que daba a una gran terraza estaban apiladas una cantidad de armas AK-47 y equipos de granada. Sólo después se dio cuenta de que ahí también funcionaba un laboratorio de fabricación ce coca y que debido a serios enfrentamientos con las FARC los narcotraficantes necesitaban médicos que auxiliaran a los heridos.

Desde entonces, las brigadas de salud hacia el sur –en tierras de narcotraficantes- se harían más frecuentes, en la medida en que los enfrentamientos entre la guerrilla y el narcotráfico escalaban en el sur del país.

A veces, en la penumbra de su carpa, después de curar a los enfermos y de levantar los muertos, desesperado Viáfara se cogía la cabeza y lloraba. Todo lo que veía a su alrededor le asustaba y le hacía sentirse a la deriva.

La relación de las autodefensas con el narcotráfico había comenzado a mediados de 1985. Tras la decisión del gobierno Betancur de aplicar la extradición a raíz del asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, buena parte de los narcos salieron en estampida a buscar refugio en Panamá –fue el caso de Pablo Escobar y de la familia Ochoa-, cuando todavía el general Noriega era considerado un hombre valioso en Washington, y el jefe de la DEA, John Lawn, le enviaba cartas en las que alababa sus éxitos en la lucha contra el narcotráfico.

Otros menos conocidos, contra muchos de los cuales no existían acusaciones judiciales a pesar de que no eran menos violentos, decidieron buscar refugio en lugares estratégicos donde pudieran esconderse y reinstalar sus laboratorios de procesamiento de cocaína.

*María Jimena Duzán, periodista y politóloga, nació en Bogotá en 1960. Ha trabajado en El Espectador, El Tiempo y la Revista Semana, donde es columnista desde 2008. Además, ha colaborado con diversos medios fuera de Colombia, entre ellos The Wall Street Journal, Newsday y Marie Claire. Hoy dirige el programa político de debate ‘Semana en Vivo´, en el canal Cablenoticias. Comenzó a escribir a los 16 años,cuando se estrenó en El Espectador con una carta póstuma a su padre, Lucio Duzán, quien escribía en ese diario una nota semanal llamada Hora Cero. La que ella mantuvo después en el mismo diario se llamó Mi Hora Cero. Estudió Ciencias Políticas y perteneció  al equipo de investigación de El Espectador. Fue amenazada de muerte varias veces por sus opiniones. Fundó en la Universidad de los Andes el primer postgrado de periodismo del país y lo dirigió durante cinco años. Obtuvo la beca Nieman, en la Universidad de Harvard. En 1990, paramilitares asesinaron en Cimitarra, Santander, a su hermana, también periodista, Silvia Duzán, quien contaba 30 años de edad. Fue abatida con otras tres personas que la acompañaban en la elaboración de un informe para BBC de Londres sobre la violencia política en la región del Magdalena Medio. Entre sus libros figuran “Crónicas que matan”, del cual tomamos esta nota para incorporar la a nuestra sección Grandes Cronistas.

Hace dos años recibí una llamada de una voz anónima que dijo haber leído este libro. Quería

conocerme porque quería darme información sobre la masacre en que  había muerto  mi  hermana. “Lo he querido hacer desde hace mucho tiempo pero no había  encontrado  fuerzas  para  hacerlo”, me dijo. Al principio me dio  temor  atenderlo,  pero  pesó  más  mi  instinto  periodístico  y  acepté encontrarme con él en un sitio público en el centro  de Bogotá. En un comienzo  no  supe  ubicarlo. Me dijo que era un oficial retirado del ejército y que yo había contado  su  historia  en  el  libro  con algunas imprecisiones. “Pero no vengo a eso”, me advirtió”. “Vengo para decirle que se quedó corta con lo que escribió. Yo fui uno de los  primeros  alumnos de Yair  Klein  y  él  nos enseñó  a  fabricar bombas  lapa”. Como mucho de sus colegas en Puerto Boyacá, terminó trabajando para el Cartel de Cali y llegó a ser informante de la CIA. Hoy es jefe de seguridad de un importante centro  comercial. Debo confesar que hemos desarrollado una cierta relación que creo que le ha servido más  a él que a mí: es  un hombre  atormentado por  los  horrores  que  cometió y ya  no me  produce  susto sino lástima.

Supo que eran más de las 11 p.m porque ya habían suspendido el  servicio de luz en Puerto Boyacá. A esas horas la autodefensa iniciaba sus acostumbradas rondas  en busca de colaboradores de la  guerrilla. Con  frecuencia  se despertaba y escuchaba gritos desgarradores, seguidos de tiroteos. Pero ni él ni nadie salían de sus casas.

Desde hacía un mes, el olor de los cadáveres  en descomposición que  habían vuelto  a  aparecer  sobre las aguas del río Magdalena no los dejaba dormir.

Vio que un campero se detenía frente a su casa. Solo alcanzó a decirles a  su mujer  y a su  pequeña  hija  que  se escondieran. El 29 de enero de 1984, cuatro hombres encapuchados entraron tumbando la puerta, y a  golpes de culata lo sacaron de la casa. Lo vendaron y lo metieron en la parte de atrás de un campero y se lo llevaron.  Por el rumor del río supo que estaban a orillas del Magdalena. Al cabo de un rato el campero se detuvo. Lo sacaron y lo introdujeron en  un rancho que olía a café. No había luz y solo la luminosidad de la luna  le permitía ver  el  juego de sombras que lo rodeaban. Lo sentaron en una butaca y le quitaron la venda.

-¿Quién es usted? –le preguntó uno de ellos empujándo le el hombro con la culata de su arma.

-Soy Diego Viáfara y vivo aquí hace unos meses con mi esposa y mi hijo.

-¡Usted es del M-19! – afirmó inquisidoramente uno de los hombres.

Al principio no quiso admitir que había sido guerrillero.  Pero no  dejó  de  sorprenderle  que  los  encapuchados conocieran su pasado. Era cierto que había pertenecido al M-19 y trabajado como  médico en  el  frente  de  Cali con el comandante Rosemberg Pabón. Su s estudios  de  medicina  los  había  hecho  en  la  Universidad  Patricio Lumumba de Moscú y a su regreso a Colombia, en 1979, se había dedicado a proporcionar asistencia de salud  a muchos campesinos y militantes del M-19.

A mediados de 1981 se desplazó al Magdalena Medio, junto con otros dos miembros del M-19, para auxiliar a las cuadrillas 11 y 12 de las FARC, pero tuvo que deambular varios meses por la zona  sin  poder establecer  contacto con ellas. Mientras se hallaba en esa búsqueda, los grupos de autodefensa, que  ya  venían  operando  en  Puerto Boyacá, detectaron su presencia. Entonces decidió refugiarse en la casa cural.

Como su captura por parte de las autodefensas parecía inminente, el párroco de Puerto Boyacá sugirió a  los  tres guerrilleros acogerse a la amnistía decretada por el gobierno de Belisario Betancur en 1983. Diego Viáfara lo hizo el 29 de diciembre de 1983.

Puerto Boyacá era una de  las   poblaciones  del  Magdalena  Medio, una  selvática región  ubicada   en el  centro occidental, donde los brazos del río Magdalena se entrecruzaban formando pequeñas islas e integrando uno  de los ecosistemas más hermosos del país. Su historia reflejaba el viacrucis que sufrieron muchas regiones rurales en los años sesenta en Colombia, las cuales quedaron  en esa época bajo  el control de la guerrilla. Territorio  de  las Texas Petroleum Company hasta 1959, el  Magdalena  Medio  fue  escenario  de  una  colonización  desordenada, donde el Estado solo aparecía en su forma represiva –a través del Ejército-, para proteger a los terratenientes que se habían quedado con las mejores tierras, mientras los campesinos se veían forzados a penetrar más en la selva, donde las tierras eran de menor calidad. Esa represión constante contra el  campesinado  fue el caldo  de  cultivo que les permitió a las FARC –la guerrilla posoviética más antigua de Colombia- establecerse  en  zonas  olvidadas como el Magdalena Medio a comienzos de década de los años setenta. Al principio, la guerrilla fue bien recibida porque protegía a los campesinos de los abusos de los terratenientes a la vez que evitaba  los  frecuentes  robos de reses por delincuentes comunes. Sin embargo, poco a poco las tácticas de las FARC irían cambiando. No solo extorsionaban a los  ganaderos  y  terratenientes,  sino  que  decidieron  hacer  lo  mismo  con  los  pequeños  y medianos agricultores cuando aquellos, intimidados, decidieron abandonar la región. Como reacción contra tales abusos y atropellos, los campesinos del Magdalena Medio recurrieron a la única institución  que  tenía  presencia en esta zona –el Ejército- y crearon en 1981 los grupos de autodefensa del Magdalena Medio.

Al  principio  serían  simples  grupos  de  autodefensa  campesina,  armados  con  escopetas  de fisto  que  eran suministradas legalmente por el Ejército.

En diciembre de 1983 el presidente Betancur decretó una amnistía total a la guerrilla y planteó un plan de paz dirigido a conseguir una salida política para la guerrilla. La propuesta –según los sondeos- contó con el apoyo del 80% de los colombianos. Sin embargo, en Puerto Boyacá la noticia no solo cayó como un balde de agua fría sino que tampoco fue atacada. Por eso se incrementaron las patrullas en busca de colaboradores de la guerrilla y simpatizantes de esta nueva política de paz. Viáfara sabía que su única salvación podía ser contar la verdad.

-¡Cabrón mentiroso, a ver si usted nos dice la verdad… gran hijueputa! Le torcieron el brazo y el dolor penetrante lo hizo reaccionar. Estaba a merced de sus captores. Por ello no tuvo más remedio que confesar su pasado.

-Yo fui del M-19 pero ya no lo soy. Se los aseguro –dijo suplicante.

-A usted lo vamos a matar. Apunten y disparen.

Viáfara escuchó tres tiros. Cerró los ojos con toda su fuerza, mientras sentía el corazón latir en su garganta. Cuando los abrió, resignado a sentir cómo su cuerpo se reventaba con las balas, el sonido de las carcajadas y risotadas lo despertó del letargo de la muerte.

-Esta vez no lo matamos… pero nos tiene que decir quiénes son sus amigos. Aquí en el Magdalena Medio los guerrilleros no son bienvenidos. Este es el fortín anticomunista de Colombia y a los que se dicen izquierdistas los matamos.

-Yo no tengo amigos aquí. Viene a este lugar a rehacer mi vida… mire, soy médico y de pronto puedo servirles en algo.

Antes de amanecer Viáfara estaba de vuelta en su casa. Cuando vio a su mujer y a su hija no podía creer que estuviera todavía vivo.

Sabía que lo estaban probando y que para mantenerse vivo y proteger a su familia debería demostrar que su pasado guerrillero había quedado sepultado definitivamente.

Fueron semanas angustiosas. Viáfara se acostaba cada noche con el pensamiento de que un grupo de encapuchados iba a sacarlo en cualquier momento de su casa. No dormía, asustado de que lo fueran a tomar por sorpresa. Solo salía para reportarse semanalmente ante el mayor Diego N. Velandia, comandante del Batallón Bárbula de Puerto Boyacá, en su calidad de amnistiado.

Sin embargo, al cabo de un mes nada extraño había vuelto a ocurrir y la paranoia de Viáfara se había ido calmando. Gradualmente había vuelto a dormir y las cosas parecían regresar a la normalidad. Pero una de esas noches, cuando menos lo esperaba, las autodefensas volvieron a visitarlo. Lo sacaron vendado de su casa y lo llevaron al mismo rancho.

Cuatro veces le dijeron que lo iban a matar. Le apuntaban, pero los tiros apenas le rozaban. Para Viáfara esa tortura era peor que el infierno.

Finalmente, uno de sus captores le dijo:

-Las autodefensas del Magdalena Medio quieren probarlo como médico. Si no sirve, lo matamos.

Como se trataba de salvar el pellejo, no tuvo otra alternativa que aceptar “la propuesta”.

Para 1984, año en el que Viáfara entraría a colaborar con las autodefensas del Magdalena Medio, estas eran ya un ejército privado anticomunista, muy bien organizado, altamente entrenado y armado por el Ejército. Su cobertura era Acdegam, la Asociación de Ganaderos del Magdalena Medio, creada en 1984 y a la que se hacía aparecer como una fundación sin ánimo de lucro dirigida a prestar asistencia social a los moradores del Magdalena Medio.

Sin embargo, Acdegam era también la mampara detrás de la cual se ocultaba la creación de un ejército privado anticomunista. Los ganaderos y agricultores aportaban los dineros para comprar las armas, las cuales eran obtenidas por el Ejército por la vía legal. Sus hijos y los trabajadores de sus fincas serían incorporados a una escuela de entrenamiento militar denominada “El Tecal”, en Puerto Boyacá.

Organizada la población bajo Acdegam, a mediados de 1984 se inició un proceso de cruentas luchas con las FARC en el Magdalena Medio.

Era común que las unidades de contraguerrilla del Batallón Bárbula del Ejército al comando del mayor Velandia realizarán los patrullajes por el Magdalena Medio con miembros de los grupos de autodefensa.

A lo largo de esta campaña para “recobrar la democracia en el Magdalena Medio de las manos del comunismo internacional”, se exterminó prácticamente al Partido Comunista, y quienes habían sido colaboradores de las FARC en Puerto Boyacá se convirtieron, por efecto amedrentador, en sus más decididos enemigos. Las autodefensas controlaban los retenes militares, incautaban las remesas de los campesinos –podía ser comida para la guerrilla-, y habían entregado carnés a los habitantes de la zona para controlar el flujo de la población y detectar a los colaboradores de la guerrilla.

No se sabe cuántos campesinos inocentes murieron durante 1984. Lo que no pudo ocultarse fueron los cadáveres putrefactos de personas no identificadas que comenzaron a aparecer a lo largo de varios meses en las aguas y riberas del río Magdalena.

Fue tan grande y notoria la violencia, que los atropellos llegaron a oídos de la Procuraduría de Carlos Jiménez Gómez, quien decidió iniciar una investigación a raíz de unas serias denuncias que hablaran de guerra contra el campesinado en el Magdalena Medio.

La investigación se hizo pública en 1985, pero no causó mayor reacción pese a que en ella se vinculaba directamente a ciertos miembros del Ejército.

Por el contrario, en 1985 el “modelo de paz del Magdalena Medio” era recibido en ciertos sectores como exitoso.

Habían logrado el gradual desalojo de la región por las FARC y el fin de los secuestros y extorsiones a campesinos y ganaderos. Muchas regiones azotadas por la guerrilla solicitaban sus “servicios” y los paramilitares de Puerto Boyacá comenzaban a llevar el modelo del Magdalena Medio a otras regiones del territorio nacional.

No había transcurrido un año desde cuando a Diego Viáfara los paramilitares le habían perdonado la vida. Sin embargo, para él era como si hubiera pasado un siglo. Metódicamente, y durante muchos meses, las autodefensas habían observado sus movimientos antes de aceptarlo como uno de ellos. Para demostrarle la confianza que ahora tenían en él, lo nombraron jefe de sanidad de la organización. Le dieron un dispensario y un hospital ampliamente equipado. Tenía acceso a los jefes de la organización, era invitado por los ganaderos y mantenía excelentes relaciones con los militares.

No obstante, a mediados de 1985, recibió una orden que lo sorprendió:

-Prepare todo, que vamos a hacer unas jornadas de salud en el Guaviare –le dijo Henry Pérez, un hombre recio de tez trigueña a quien se le conocía como el jefe militar de Acdegam.

Como ya era su costumbre, preparó lo que debía llevar. Sin embargo, no le dejaba de extrañar que lo mandaran para el sur. Hasta entonces, las brigadas de salud habían tenido lugar dentro de los límites del Magdalena Medio.

Cuando llegó a su destino, se sorprendió de lo aperado que estaba el campamento. Había casas de madera –especies de barracas-, en cuyas paredes se leía: “Aquí no entran comunistas”. En una inmensa cocina que daba a una gran terraza estaban apiladas una cantidad de armas AK-47 y equipos de granada. Sólo después se dio cuenta de que ahí también funcionaba un laboratorio de fabricación ce coca y que debido a serios enfrentamientos con las FARC los narcotraficantes necesitaban médicos que auxiliaran a los heridos.

Desde entonces, las brigadas de salud hacia el sur –en tierras de narcotraficantes- se harían más frecuentes, en la medida en que los enfrentamientos entre la guerrilla y el narcotráfico escalaban en el sur del país.

A veces, en la penumbra de su carpa, después de curar a los enfermos y de levantar los muertos, desesperado Viáfara se cogía la cabeza y lloraba. Todo lo que veía a su alrededor le asustaba y le hacía sentirse a la deriva.

La relación de las autodefensas con el narcotráfico había comenzado a mediados de 1985. Tras la decisión del gobierno Betancur de aplicar la extradición a raíz del asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, buena parte de los narcos salieron en estampida a buscar refugio en Panamá –fue el caso de Pablo Escobar y de la familia Ochoa-, cuando todavía el general Noriega era considerado un hombre valioso en Washington, y el jefe de la DEA, John Lawn, le enviaba cartas en las que alababa sus éxitos en la lucha contra el narcotráfico.

Otros menos conocidos, contra muchos de los cuales no existían acusaciones judiciales a pesar de que no eran menos violentos, decidieron buscar refugio en lugares estratégicos donde pudieran esconderse y reinstalar sus laboratorios de procesamiento de cocaína.

*María Jimena Duzán, periodista y politóloga, nació en Bogotá en 1960. Ha trabajado en El Espectador, El Tiempo y la Revista Semana, donde es columnista desde 2008. Además, ha colaborado con diversos medios fuera de Colombia, entre ellos The Wall Street Journal, Newsday y Marie Claire. Hoy dirige el programa político de debate ‘Semana en Vivo´, en el canal Cablenoticias. Comenzó a escribir a los 16 años,cuando se estrenó en El Espectador con una carta póstuma a su padre, Lucio Duzán, quien escribía en ese diario una nota semanal llamada Hora Cero. La que ella mantuvo después en el mismo diario se llamó Mi Hora Cero. Estudió Ciencias Políticas y perteneció  al equipo de investigación de El Espectador. Fue amenazada de muerte varias veces por sus opiniones. Fundó en la Universidad de los Andes el primer postgrado de periodismo del país y lo dirigió durante cinco años. Obtuvo la beca Nieman, en la Universidad de Harvard. En 1990, paramilitares asesinaron en Cimitarra, Santander, a su hermana, también periodista, Silvia Duzán, quien contaba 30 años de edad. Fue abatida con otras tres personas que la acompañaban en la elaboración de un informe para BBC de Londres sobre la violencia política en la región del Magdalena Medio. Entre sus libros figuran “Crónicas que matan”, del cual tomamos esta nota para incorporar la a nuestra sección Grandes Cronistas.

Hace dos años recibí una llamada de una voz anónima que dijo haber leído este libro. Quería

conocerme porque quería darme información sobre la masacre en que  había muerto  mi  hermana. “Lo he querido hacer desde hace mucho tiempo pero no había  encontrado  fuerzas  para  hacerlo”, me dijo. Al principio me dio  temor  atenderlo,  pero  pesó  más  mi  instinto  periodístico  y  acepté encontrarme con él en un sitio público en el centro  de Bogotá. En un comienzo  no  supe  ubicarlo. Me dijo que era un oficial retirado del ejército y que yo había contado  su  historia  en  el  libro  con algunas imprecisiones. “Pero no vengo a eso”, me advirtió”. “Vengo para decirle que se quedó corta con lo que escribió. Yo fui uno de los  primeros  alumnos de Yair  Klein  y  él  nos enseñó  a  fabricar bombas  lapa”. Como mucho de sus colegas en Puerto Boyacá, terminó trabajando para el Cartel de Cali y llegó a ser informante de la CIA. Hoy es jefe de seguridad de un importante centro  comercial. Debo confesar que hemos desarrollado una cierta relación que creo que le ha servido más  a él que a mí: es  un hombre  atormentado por  los  horrores  que  cometió y ya  no me  produce  susto sino lástima.

 

Supo que eran más de las 11 p.m porque ya habían suspendido el  servicio de luz en Puerto Boyacá. A esas horas la autodefensa iniciaba sus acostumbradas rondas  en busca de colaboradores de la  guerrilla. Con  frecuencia  se despertaba y escuchaba gritos desgarradores, seguidos de tiroteos. Pero ni él ni nadie salían de sus casas.

Desde hacía un mes, el olor de los cadáveres  en descomposición que  habían vuelto  a  aparecer  sobre las aguas del río Magdalena no los dejaba dormir.

Vio que un campero se detenía frente a su casa. Solo alcanzó a decirles a  su mujer  y a su  pequeña  hija  que  se escondieran. El 29 de enero de 1984, cuatro hombres encapuchados entraron tumbando la puerta, y a  golpes de culata lo sacaron de la casa. Lo vendaron y lo metieron en la parte de atrás de un campero y se lo llevaron.  Por el rumor del río supo que estaban a orillas del Magdalena. Al cabo de un rato el campero se detuvo. Lo sacaron y lo introdujeron en  un rancho que olía a café. No había luz y solo la luminosidad de la luna  le permitía ver  el  juego de sombras que lo rodeaban. Lo sentaron en una butaca y le quitaron la venda.

-¿Quién es usted? –le preguntó uno de ellos empujándo le el hombro con la culata de su arma.

-Soy Diego Viáfara y vivo aquí hace unos meses con mi esposa y mi hijo.

-¡Usted es del M-19! – afirmó inquisidoramente uno de los hombres.

Al principio no quiso admitir que había sido guerrillero.  Pero no  dejó  de  sorprenderle  que  los  encapuchados conocieran su pasado. Era cierto que había pertenecido al M-19 y trabajado como  médico en  el  frente  de  Cali con el comandante Rosemberg Pabón. Su s estudios  de  medicina  los  había  hecho  en  la  Universidad  Patricio Lumumba de Moscú y a su regreso a Colombia, en 1979, se había dedicado a proporcionar asistencia de salud  a muchos campesinos y militantes del M-19.

A mediados de 1981 se desplazó al Magdalena Medio, junto con otros dos miembros del M-19, para auxiliar a las cuadrillas 11 y 12 de las FARC, pero tuvo que deambular varios meses por la zona  sin  poder establecer  contacto con ellas. Mientras se hallaba en esa búsqueda, los grupos de autodefensa, que  ya  venían  operando  en  Puerto Boyacá, detectaron su presencia. Entonces decidió refugiarse en la casa cural.

Como su captura por parte de las autodefensas parecía inminente, el párroco de Puerto Boyacá sugirió a  los  tres guerrilleros acogerse a la amnistía decretada por el gobierno de Belisario Betancur en 1983. Diego Viáfara lo hizo el 29 de diciembre de 1983.

Puerto Boyacá era una de  las   poblaciones  del  Magdalena  Medio, una  selvática región  ubicada   en el  centro occidental, donde los brazos del río Magdalena se entrecruzaban formando pequeñas islas e integrando uno  de los ecosistemas más hermosos del país. Su historia reflejaba el viacrucis que sufrieron muchas regiones rurales en los años sesenta en Colombia, las cuales quedaron  en esa época bajo  el control de la guerrilla. Territorio  de  las Texas Petroleum Company hasta 1959, el  Magdalena  Medio  fue  escenario  de  una  colonización  desordenada, donde el Estado solo aparecía en su forma represiva –a través del Ejército-, para proteger a los terratenientes que se habían quedado con las mejores tierras, mientras los campesinos se veían forzados a penetrar más en la selva, donde las tierras eran de menor calidad. Esa represión constante contra el  campesinado  fue el caldo  de  cultivo que les permitió a las FARC –la guerrilla posoviética más antigua de Colombia- establecerse  en  zonas  olvidadas como el Magdalena Medio a comienzos de década de los años setenta. Al principio, la guerrilla fue bien recibida porque protegía a los campesinos de los abusos de los terratenientes a la vez que evitaba  los  frecuentes  robos de reses por delincuentes comunes. Sin embargo, poco a poco las tácticas de las FARC irían cambiando. No solo extorsionaban a los  ganaderos  y  terratenientes,  sino  que  decidieron  hacer  lo  mismo  con  los  pequeños  y medianos agricultores cuando aquellos, intimidados, decidieron abandonar la región. Como reacción contra tales abusos y atropellos, los campesinos del Magdalena Medio recurrieron a la única institución  que  tenía  presencia en esta zona –el Ejército- y crearon en 1981 los grupos de autodefensa del Magdalena Medio.

Al  principio  serían  simples  grupos  de  autodefensa  campesina,  armados  con  escopetas  de fisto  que  eran suministradas legalmente por el Ejército.

En diciembre de 1983 el presidente Betancur decretó una amnistía total a la guerrilla y planteó un plan de paz dirigido a conseguir una salida política para la guerrilla. La propuesta –según los sondeos- contó con el apoyo del 80% de los colombianos. Sin embargo, en Puerto Boyacá la noticia no solo cayó como un balde de agua fría sino que tampoco fue atacada. Por eso se incrementaron las patrullas en busca de colaboradores de la guerrilla y simpatizantes de esta nueva política de paz. Viáfara sabía que su única salvación podía ser contar la verdad.

-¡Cabrón mentiroso, a ver si usted nos dice la verdad… gran hijueputa! Le torcieron el brazo y el dolor penetrante lo hizo reaccionar. Estaba a merced de sus captores. Por ello no tuvo más remedio que confesar su pasado.

-Yo fui del M-19 pero ya no lo soy. Se los aseguro –dijo suplicante.

-A usted lo vamos a matar. Apunten y disparen.

Viáfara escuchó tres tiros. Cerró los ojos con toda su fuerza, mientras sentía el corazón latir en su garganta. Cuando los abrió, resignado a sentir cómo su cuerpo se reventaba con las balas, el sonido de las carcajadas y risotadas lo despertó del letargo de la muerte.

-Esta vez no lo matamos… pero nos tiene que decir quiénes son sus amigos. Aquí en el Magdalena Medio los guerrilleros no son bienvenidos. Este es el fortín anticomunista de Colombia y a los que se dicen izquierdistas los matamos.

-Yo no tengo amigos aquí. Viene a este lugar a rehacer mi vida… mire, soy médico y de pronto puedo servirles en algo.

Antes de amanecer Viáfara estaba de vuelta en su casa. Cuando vio a su mujer y a su hija no podía creer que estuviera todavía vivo.

Sabía que lo estaban probando y que para mantenerse vivo y proteger a su familia debería demostrar que su pasado guerrillero había quedado sepultado definitivamente.

Fueron semanas angustiosas. Viáfara se acostaba cada noche con el pensamiento de que un grupo de encapuchados iba a sacarlo en cualquier momento de su casa. No dormía, asustado de que lo fueran a tomar por sorpresa. Solo salía para reportarse semanalmente ante el mayor Diego N. Velandia, comandante del Batallón Bárbula de Puerto Boyacá, en su calidad de amnistiado.

Sin embargo, al cabo de un mes nada extraño había vuelto a ocurrir y la paranoia de Viáfara se había ido calmando. Gradualmente había vuelto a dormir y las cosas parecían regresar a la normalidad. Pero una de esas noches, cuando menos lo esperaba, las autodefensas volvieron a visitarlo. Lo sacaron vendado de su casa y lo llevaron al mismo rancho.

Cuatro veces le dijeron que lo iban a matar. Le apuntaban, pero los tiros apenas le rozaban. Para Viáfara esa tortura era peor que el infierno.

Finalmente, uno de sus captores le dijo:

-Las autodefensas del Magdalena Medio quieren probarlo como médico. Si no sirve, lo matamos.

Como se trataba de salvar el pellejo, no tuvo otra alternativa que aceptar “la propuesta”.

Para 1984, año en el que Viáfara entraría a colaborar con las autodefensas del Magdalena Medio, estas eran ya un ejército privado anticomunista, muy bien organizado, altamente entrenado y armado por el Ejército. Su cobertura era Acdegam, la Asociación de Ganaderos del Magdalena Medio, creada en 1984 y a la que se hacía aparecer como una fundación sin ánimo de lucro dirigida a prestar asistencia social a los moradores del Magdalena Medio.

Sin embargo, Acdegam era también la mampara detrás de la cual se ocultaba la creación de un ejército privado anticomunista. Los ganaderos y agricultores aportaban los dineros para comprar las armas, las cuales eran obtenidas por el Ejército por la vía legal. Sus hijos y los trabajadores de sus fincas serían incorporados a una escuela de entrenamiento militar denominada “El Tecal”, en Puerto Boyacá.

Organizada la población bajo Acdegam, a mediados de 1984 se inició un proceso de cruentas luchas con las FARC en el Magdalena Medio.

Era común que las unidades de contraguerrilla del Batallón Bárbula del Ejército al comando del mayor Velandia realizarán los patrullajes por el Magdalena Medio con miembros de los grupos de autodefensa.

A lo largo de esta campaña para “recobrar la democracia en el Magdalena Medio de las manos del comunismo internacional”, se exterminó prácticamente al Partido Comunista, y quienes habían sido colaboradores de las FARC en Puerto Boyacá se convirtieron, por efecto amedrentador, en sus más decididos enemigos. Las autodefensas controlaban los retenes militares, incautaban las remesas de los campesinos –podía ser comida para la guerrilla-, y habían entregado carnés a los habitantes de la zona para controlar el flujo de la población y detectar a los colaboradores de la guerrilla.

No se sabe cuántos campesinos inocentes murieron durante 1984. Lo que no pudo ocultarse fueron los cadáveres putrefactos de personas no identificadas que comenzaron a aparecer a lo largo de varios meses en las aguas y riberas del río Magdalena.

Fue tan grande y notoria la violencia, que los atropellos llegaron a oídos de la Procuraduría de Carlos Jiménez Gómez, quien decidió iniciar una investigación a raíz de unas serias denuncias que hablaran de guerra contra el campesinado en el Magdalena Medio.

La investigación se hizo pública en 1985, pero no causó mayor reacción pese a que en ella se vinculaba directamente a ciertos miembros del Ejército.

Por el contrario, en 1985 el “modelo de paz del Magdalena Medio” era recibido en ciertos sectores como exitoso.

Habían logrado el gradual desalojo de la región por las FARC y el fin de los secuestros y extorsiones a campesinos y ganaderos. Muchas regiones azotadas por la guerrilla solicitaban sus “servicios” y los paramilitares de Puerto Boyacá comenzaban a llevar el modelo del Magdalena Medio a otras regiones del territorio nacional.

No había transcurrido un año desde cuando a Diego Viáfara los paramilitares le habían perdonado la vida. Sin embargo, para él era como si hubiera pasado un siglo. Metódicamente, y durante muchos meses, las autodefensas habían observado sus movimientos antes de aceptarlo como uno de ellos. Para demostrarle la confianza que ahora tenían en él, lo nombraron jefe de sanidad de la organización. Le dieron un dispensario y un hospital ampliamente equipado. Tenía acceso a los jefes de la organización, era invitado por los ganaderos y mantenía excelentes relaciones con los militares.

No obstante, a mediados de 1985, recibió una orden que lo sorprendió:

-Prepare todo, que vamos a hacer unas jornadas de salud en el Guaviare –le dijo Henry Pérez, un hombre recio de tez trigueña a quien se le conocía como el jefe militar de Acdegam.

Como ya era su costumbre, preparó lo que debía llevar. Sin embargo, no le dejaba de extrañar que lo mandaran para el sur. Hasta entonces, las brigadas de salud habían tenido lugar dentro de los límites del Magdalena Medio.

Cuando llegó a su destino, se sorprendió de lo aperado que estaba el campamento. Había casas de madera –especies de barracas-, en cuyas paredes se leía: “Aquí no entran comunistas”. En una inmensa cocina que daba a una gran terraza estaban apiladas una cantidad de armas AK-47 y equipos de granada. Sólo después se dio cuenta de que ahí también funcionaba un laboratorio de fabricación ce coca y que debido a serios enfrentamientos con las FARC los narcotraficantes necesitaban médicos que auxiliaran a los heridos.

Desde entonces, las brigadas de salud hacia el sur –en tierras de narcotraficantes- se harían más frecuentes, en la medida en que los enfrentamientos entre la guerrilla y el narcotráfico escalaban en el sur del país.

A veces, en la penumbra de su carpa, después de curar a los enfermos y de levantar los muertos, desesperado Viáfara se cogía la cabeza y lloraba. Todo lo que veía a su alrededor le asustaba y le hacía sentirse a la deriva.

La relación de las autodefensas con el narcotráfico había comenzado a mediados de 1985. Tras la decisión del gobierno Betancur de aplicar la extradición a raíz del asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, buena parte de los narcos salieron en estampida a buscar refugio en Panamá –fue el caso de Pablo Escobar y de la familia Ochoa-, cuando todavía el general Noriega era considerado un hombre valioso en Washington, y el jefe de la DEA, John Lawn, le enviaba cartas en las que alababa sus éxitos en la lucha contra el narcotráfico.

Otros menos conocidos, contra muchos de los cuales no existían acusaciones judiciales a pesar de que no eran menos violentos, decidieron buscar refugio en lugares estratégicos donde pudieran esconderse y reinstalar sus laboratorios de procesamiento de cocaína.

María Jimena Duzán, periodista y politóloga, nació en Bogotá en 1960. Ha trabajado en El Espectador, El Tiempo y la Revista Semana, donde es columnista desde 2008. Además, ha colaborado con diversos medios fuera de Colombia, entre ellos The Wall Street Journal, Newsday y Marie Claire. Hoy dirige el programa político de debate ‘Semana en Vivo´, en el canal Cablenoticias. Comenzó a escribir a los 16 años,cuando se estrenó en El Espectador con una carta póstuma a su padre, Lucio Duzán, quien escribía en ese diario una nota semanal llamada Hora Cero. La que ella mantuvo después en el mismo diario se llamó Mi Hora Cero. Estudió Ciencias Políticas y perteneció  al equipo de investigación de El Espectador. Fue amenazada de muerte varias veces por sus opiniones. Fundó en la Universidad de los Andes el primer postgrado de periodismo del país y lo dirigió durante cinco años. Obtuvo la beca Nieman, en la Universidad de Harvard. En 1990, paramilitares asesinaron en Cimitarra, Santander, a su hermana, también periodista, Silvia Duzán, quien contaba 30 años de edad. Fue abatida con otras tres personas que la acompañaban en la elaboración de un informe para BBC de Londres sobre la violencia política en la región del Magdalena Medio. Entre sus libros figuran “Crónicas que matan”, del cual tomamos esta nota para incorporar la a nuestra sección Grandes Cronistas.