I
“Avianca informa a los pasajeros del vuelo 671 con destino a Bogotá, que el aeropuerto de Eldorado está cerrado debido al mal tiempo. Por consiguiente, el vuelo se retrasará durante tiempo indefinido”.
Hablaba la operadora de radio del aeropuerto Gómez Niño, de Bucaramanga, y le escuchaban menos de treinta personas, las únicas presentes en el aeropuerto de esa ciudad a las seis de la mañana. Al oír la información, tres o cuatro pasajeros, reunidos en las proximidades de la cafetería, expresaron su mortificación, pues habían adquirido pasajes para el primer vuelo, precisamente porque tenían interés especial en llegar a Bogotá lo más temprano posible y no les servía el avión de las ocho y media de la mañana.
“Es demasiado tarde para mí”, dijo Luis Pulido Benavides, un ingeniero de la Texas Petroleum, quien debía viajar de Bogotá a Territorio Vásquez, en vuelo privado, a las nueve de la mañana.
La demora, sin embargo, no fue muy considerable. A las seis y quince de la mañana volvió al micrófono la operadora para llamar a bordo a los veintitrés pasajeros del vuelo 671, avión HK- 1408, jet José Antonio Galán, de Avianca.
Al borde de la escalinata, el auxiliar de vuelo, Jorge Carrizosa recibió a los pasajeros. Cuando subí al avión –yo era uno de los veintitrés pasajeros- noté que nadie nos requisaba, y me extrañó especialmente la omisión, pues el día anterior había presenciado un problema en el aeropuerto de Bogotá, entre un policía de turismo y un pasajero que portaba revólver sin salvoconducto. Entré de primero al avión y me instalé en el último asiento; entre tanto, ingresaban a la nave los compañeros de viaje.
A las seis y veinte minutos el avión se aproximó a la cabecera de la pista e inició el viaje con inusitado vigor en el despegue, pues el aeropuerto de Bucaramanga es bastante pequeño. Unos segundos después, la nave hizo la maniobra para cambiar el rumbo sobre los cerros de Palonegro, al oriente de Bucaramanga. Tomamos rumbo hacia el sur, destino Bogotá, y el cielo se mostraba completamente despejad. El viaje prometía ser muy tranquilo, pues difícilmente se divisaban algunas nubes.
El secuestro
De repente, cuando observaba las luces sobre cinturones de seguridad y esperaba que se apagaran de un momento a otro, vi una escena irregular. Detrás de la azafata, Clemencia Nieto, entró a la cabina de la nave un hombre cuya apariencia se salía un poco de lo corriente… Detrás de ellos, la puerta se cerró con cierta violencia.
A los pocos segundos, a las seis y veintitrés de la mañana, la azafata salió de la cabina completamente pálida y con peso apresurado se dirigió hacia el extremo de la nave. Cuando llegó allí dijo, en voz baja, a su compañero de trabajo, el otro auxiliar de vuelo: “Hay un hombre en la cabina… con dos revólveres… me empujó… quiere ir a Cuba… tiene ojos claros… el vestido habano… es joven… yo grité y cuando los pilotos se voltearon hacia mí, él les dio orden de cambiar de rumbo…”
Pocos instantes después, todos los pasajeros nos habíamos enterado de lo que sucedía. En realidad, fuera de un poco de sorpresa y algo de desagrado por los cambios de planes de cada uno, nadie manifestó temor ni indignación en esos momentos. La primera reacción general fue de expectativa sobre el desarrollo de los acontecimientos.
Los 5.000 dólares de Avianca
Pero, 30 segundos después, la situación cambió completamente. El gerente de Avianca en Bucaramanga, Guillermo Arias, decidió proponer a los pasajeros que intentáramos un plan para controlar al secuestrador. Le secundó en la idea el doctor Gerardo Vesga Tristancho. En ese momento, la mayoría de los pasajeros reaccionamos contra cualquier intento de esta naturaleza, mientras la nave estuviera en vuelo. Algunos guardaron silencio y las mujeres miraban con temor lo que sucedía, sin abandonarse al pánico.
Me acerqué a la parte delantera del avión y participé en el siguiente diálogo:
-Bueno, ¿somos santandereanos o no? ¿Nos vamos a dejar de un solo tipo? ¡Qué vergüenza! –dijo Arias.
-Eso no es valor sino temeridad –replicó Jorge Colmenares, director operativo del ICA en Bucaramanga.
-Si la gente no sintiera miedo, esos tipos no podrían mantener ese negocio absurdo –insistió Arias.
-¿Y qué quiere? Cambiamos la vida de 29 personas por los 5.000 dólares que ahorra Avianca si la nave no viaja a Cuba –dijo Julio Montaño, un ibaguereño de 39 años.
-Yo tengo revólver, me le puedo enfrentar –dijo Vesga, funcionario del Ministerio de Gobierno.
-Yo también tengo… -agregó Arias.
-Ustedes no pueden decidir solos sobre la vida de 29 personas. Ese hombre está dispuesto a todo. Se juega entero. O Cuba o la muerte. Tengo a mi señora y a mi hija en este avión. Si usted intenta entrar, le rompo la cara de una trompada. Y mire bien mis puños. Usted no pasa a la cabina mientras yo esté aquí –dijo Arturo Meléndez, ingeniero especializado en petroquímica, quien a las diez de la mañana pensaba viajar a Houston en vuelo de Braniff.
-Miren, seamos sensatos –dije al grupo “conspirador”-. Las compañías aéreas norteamericanas han estudiado este problema con el espíritu objetivo de los estadounidenses. Al fin y al cabo pierden mucho dinero con los secuestros semanales. La conclusión es irrefutable: no tiene sentido arriesgar la vida de los pasajeros. Un secuestrador puede hacer una locura en cualquier momento. Las circunstancias entre él y nosotros son totalmente desiguales. La experiencia indica que estos vuelos van y vuelven sin problemas. ¿Para qué crear un riesgo donde no existe?
-Pero si cuatro hombres, por ejemplo, no somos capaces de dominar a uno solo, ¿no creen ustedes que estamos perdidos? ¿Quién entra conmigo a la cabina? –preguntó Arias nuevamente.
-¿Usted quiere ser héroe? –le pregunté-. Bueno, deje sus ímpetus para un heroísmo que valga la pena. Pero no los despilfarre en una aventura que pone en peligro la vida de veintinueve personas. Cualquier disparo en esta nave, con cabina presurizada y los tanques llenos de gasolina, significa, ni más ni menos, la explosión del avión o, por lo menos, un consumo exagerado y peligroso de combustible que nos impediría llegar a Cuba aunque haya reabastecimiento en cualquier sitio.
-Sí, eso es cierto. Estallaría como una bomba de caucho cuando la pinchan con un alfiler –opinó Vesga, quien comenzaba a ver la situación de otra manera.
-No. Insisto en que es preciso ser machos, dominémoslo… no sean cobardes.
-Yo no soy cobarde, y si es por eso, camine mi querido amigo y nos jugamos el todo por el todo –respondió un pastuso de aspecto muy sólido.
-Mire, señor: de esa clase de machos está lleno el cementerio –dijo Rodolfo García.
-Pero, ¿qué puede pasar? –insistía Arias.
-Bueno, si no volamos en mil pedazos, por lo menos la vida del piloto corre gravísimo peligro –expresé claramente.
-No importa, en ese caso quedaría el copiloto.
-Pero, ¿usted sí comprende lo que acaba de decir?
-Hagamos algo práctico –decidió Arias-: examinemos las cédulas de todos los presentes. De tal modo sabremos cuántos somos y quiénes somos…
¿Otro secuestrador?
Así, mientras desconocíamos todavía lo que pasaba en la cabina, los pasajeros nos dedicábamos a facilitar los datos personales, nombre y cédula, al gerente de Avianca en Bucaramanga. Al terminar el recuento, el balance era el siguiente: éramos veinticuatro pasajeros, dos auxiliares de vuelo, piloto y copiloto y un secuestrador. Sin embargo, había nuevos motivos que permitían sospechar la existencia de un cómplice. En un instante, Guillermo Arias abrió la portezuela y alcanzó a ver al secuestrador con una pistola en cada mano, colocadas sobre el cuello del piloto, y la cabeza del copiloto, mientras daba la espalda al resto del avión. Se dedujo, inmediatamente, que el secuestrador contaba con algún respaldo en la cabina de pasajeros; de lo contrario no actuaría con tanta indiferencia sobre lo que sucedía a sus espaldas.
Aquí no pasa nada
En los primeros 15 minutos de vuelo, la tranquilidad inicial desapareció completamente. El auxiliar de vuelo Jorge Carrizosa –tolimense, seis meses al servicio de Avianca- se paró delante de la cabina para impedir el acceso a cualquiera, mientras no se tuviera algún indicio de la opinión del piloto.
Atrás, la cabinera Clemencia Nieto –huilense, también seis meses en Avianca, con la experiencia de una salida de la pista hace un mes en el mismo avión al llegar a Bucaramanga- insistía en que nada debería intentarse hasta tanto el piloto no hablara a los pasajeros y no se encendiera una luz roja sobre el tablero de control, vecino a la puerta de salida.
Conflicto de generaciones
Todos los pasajeros nos mirábamos entre sí con algún recelo, pues parecía evidente la existencia de un cómplice del secuestrador dispuesto a respaldarlo si se presentaba cualquier conato de “rebelión”. Los adultos, inmediatamente, comenzaron a sospechar de todos los jóvenes y nos observaban con cierto aire inquisitorial. Nosotros correspondimos con una mirada semejante, pues parecía que, de un momento a otro, los más adultos desencadenarían un tiroteo dentro de la nave. En la parte delantera del avión, el abogado Rodolfo García –fiscal en Bucaramanga- intentaba toda suerte de argumentos para calmar a Guillermo Arias y a Gerardo Vesga. Atrás, un joven especialista en cine, Gustavo Umaña, y un pastuso, Eduardo Canal, ambos barbudos, eran los primeros sospechosos, por su apariencia, a juicio de Arias y Vesga, pero, pocos minutos después, quedó en claro que no tenían absolutamente ninguna relación con el secuestrador. El uno, con una colección de Mozart debajo del brazo, no asumía ninguna actitud de secuestrador; además, era amigo de Arias y se reconocieron en pocos instantes. El otro, con su cara nerviosa y la mirada un poco extraviada hacía pensar, sobre todo a las señoras Cecilia Múnevar de Pulido, Raquel de Ordóñez y Sara Gómez de Serrano, que de un momento a otro sacaría su revólver para presentarse como aspirante de las milicias de la revolución cubana.
Pastusos con barbas en Cuba
Pero la primera conversación del joven con su vecino de asiento despejó cualquier sospecha. El vecino, Javier Canal –veterano de otro secuestro de un DC-4 en San Andrés-, también pastuso, le decía:
-Mire mijo: ¿ahora sí se convence del peligro de sus barbas?… Fíjese que todo el mundo lo mira y lo cree secuestrador… Se me afeita en La Habana, pues…
El muchacho, estudiante de cuarto semestre en la Facultad de Química de la Universidad Industrial de Santander, sólo respondía:
-Mira, papá, los que han intentado entrar a la cabina han provocado el pánico… Sí, lo prometo, lo juro: en Cuba me quito las barbas, aunque parece irónico que lo haga… Pero fíjate, seremos los primeros pastusos que llegan a La Habana, cómo te parece, pues…
Un pasajero nervioso
Una vez se cumplió todo el inventario de nombres y cédulas, en la parte delantera del avión, en asiento vecino al motor izquierdo un pasajero se convirtió en el centro de interés general, pues insistía con mucho nerviosismo en que nadie entrara a la cabina, la cual permanecía completamente cerrada.
Se trataba de un hombre joven –a lo sumo 28 años- de baja estatura, delgado, de apariencia campesina y tez blanca. Portaba un revólver calibre 38 largo, larguísimo, que parecía más grande y más largo precisamente por el pequeño tamaño de su portador. Tenía una mirada de confusión y de angustia, excesivamente notoria. Colocaba sus manos nerviosamente sobre los muslos y las hacía correr –en movimiento repetido- de la mitad del muslo hacia la rodilla, ida y vuelta. No podía tener la cabeza quieta y estaba completamente bañado en sudor… miraba con temor hacia la cabina y, abajo, por la ventanilla, hacia la tierra…
Gerardo Vesga se le acercó y se desarrolló entre los dos el siguiente diálogo:
-Este señor –y Vesga miró a Arias- es el gerente de Avianca en Bucaramanga. Entréguele el revólver; es la autoridad del avión, además del piloto.
-No, no se lo doy, porque a un veleño sólo le quitan el revólver cuando está muerto –respondió.
-¿Usted es el compañero del secuestrador? –preguntó Vesga.
-No… no lo conozco… -contestó el hombre.
-Entonces, ¿por qué no nos entrega el revólver? –volvió a inquirir Vesga.
-Porque no se lo entrego a nadie, en ningún caso y por ningún motivo –dijo el sujeto.
-Si intentamos sorprender al secuestrador en la cabina, ¿usted nos ayuda? –propuso Vesga.
-Bueno, pero usted se irá adelante y yo detrás –dijo el veleño.
-Déjeme ver su cédula –le pidió Vesga.
-Sí, aquí está.
-La cédula fue expedida en Vélez –comentó Vesga a quienes lo rodeábamos-. El señor es de apellido Herrera.
-¿Usted trabaja en Vélez? –preguntó Vesga.
-Sí, con los Escamilla, en transportes –contestó.
-¡Hijuelita! Hombre –afirmó Vesga-, eso me tranquiliza; yo los conozco… y yo que sospechaba de usted. Pero dígame, ¿por qué está nervioso?
-Porque es la primera vez que monto en avión –contestó.
-¿Y por qué monta en avión, si va para Vélez? –preguntó Arias con gesto de escepticismo.
-Porque tengo una diligencia en Bogotá y mañana viajo a Barbosa –le respondió.
-¿Y qué hacía en Bucaramanga? –le interrogó Vesga.
-Viendo a una muchacha que quiero mucho y estoy tragado de ella…
-¿Y por qué va armado? –volvió a preguntarle.
-Usted sabe que un veleño sin revólver es un veleño empelota –contestó con energía.
-Dígame, ¿qué pasaría si alguien disparara en este avión?
-Hijuelita, pues si alguien dispara el avión estalla y volaríamos todos –respondió.
-¿Usted va a disparar?
-Cómo se le ocurre, yo aprecio mi vida… pero… ¿por qué conoce a los Escamilla en Vélez? –interrogó el hombre.
-Estuve de juez durante dos años en esa región –contestó Vesga.
En este momento –eran las siete y treinta de la mañana y el avión mantenía rumbo hacia el norte- el secuestrador entreabrió la portezuela de la cabina. Su mirada dura y fija parecía la de un demente… Como había poca luz, sólo vi, de primer momento, un hombre de 35 años, algo moreno, con el cabello liso y completamente echado hacia atrás; vestía de sport… A los pocos segundos volvió a cerrar la portezuela.
Lo que ocurría en la cabina
Adentro, el piloto y el copiloto, capitanes Carlos Méndez y Álvaro Gómez, se ocupaban de la tarea de calmar al secuestrador…
-A Cuba y no intenten nada… -fue lo primero que dijo cuando la nave apenas sobrevolaba el municipio de Girón. Tras un minuto de vacilación, con un revólver colocado sobre la sien derecha y otro amenazando la yugular del copiloto, el capitán Méndez dio una vuelta completa al avión para tomar rumbo hacia el norte del país…
-Mire, señor, cálmese; si usted quiere ir a Cuba, lo llevaremos, pero cálmese… -le dijo a Gómez.
-No tengo nada contra usted, capitán –dijo el secuestrador-, pero yo subí a este avión sabiendo que voy a morir, en cambio usted no; por eso, no intente nada, no me engañe en ningún momento porque le doy candela…
-No se preocupe, confíe en mí –contestó Méndez-. A mí me interesa ante todo la vida de los pasajeros de este avión; estoy dispuesto a ir a Cuba, pero cálmese, porque su nerviosismo me puede confundir. Empiezo por advertirle que la gasolina no alcanza.
-Sí alcanza –respondió el sujeto-. Y no mienta porque le doy candela…
-Hombre; fíjese: salimos de Bucaramanga con 600 galones… Para viajar a Cuba desde este sitio se necesitan por lo menos mil galones… Es preciso reabastecernos.
-No le creo –gritó el secuestrador.
Gasolina para 240 kilómetros
-Pero, ¿no comprende que este vuelo sólo tenía como destino Bogotá? –replicó Méndez-. Escasamente una hora de vuelo, y usted pretende que volemos cuatro horas con el mismo combustible… Le repito, es inevitable descender en Barranquilla o Santa Marta, o en fin, escoja usted el sitio; pero, en todo caso, así no podemos seguir hacia Cuba. Nos mataremos con absoluta seguridad; esta nave no tiene salvavidas y sus posibilidades para flotar en el mar son nulas en el caso de un amarizaje, a 200 kilómetros de Barranquilla, la máxima distancia a la que podremos llegar con este combustible.
-En Barranquilla no paramos… A mí no me repiten la jugadita de aquel tiroteo en otro secuestro… porque aquí se muere todo el mundo conmigo –afirmó el secuestrador.
-Bueno, entonces espérese pregunto si hay combustible adecuado en Santa Marta… Aló, Bogotá, vamos para Cuba… Sí, un secuestro; queremos saber si en Santa Marta hay gasolina para Avro…
-Afirmativo, en Santa Marta hay combustible para Avro.
-Bueno, señor, ¿qué opina: Barranquilla o Santa Marta?
-Pensándolo bien, vamos a Barranquilla, pero no avise todavía en el aeropuerto de Soledad; sólo cuando falten 15 minutos para aterrizar… Y cuidado, porque le doy candela…
-Hombre, despreocúpese, por favor; es su vida, es la mía y la de veintisiete personas más.
Tranquila, muñeca
Era evidente que en Barranquilla se vivirían momentos decisivos. Antes de llegar, el secuestrador abrió la portezuela y llamó a la azafata…
-¡Tranquila, muñeca! –dijo el secuestrador-. Vamos para Cuba… Los señores quieren tinto, tráiganos tres.
La muchacha regresó a la cabina de pasajeros. Su comentario fue lacónico:
-Creo que el secuestrador es hermano del hombre sentado cerca del motor izquierdo, son muy parecidos físicamente…
Después, la cabinera llevó los tintos y al entregarlos a cada uno –piloto, copiloto y secuestrador-, el secuestrador le quitó al copiloto el vaso y le entregó el suyo, una vez éste tomó el primer sorbo… Sin duda alguna, el hombre sabía lo que estaba haciendo y se cuidaba de cualquier riesgo.
Un poco más sereno, el secuestrador dijo al copiloto Gómez:
-Diga por radio que un pasajero muy especial le envía un saludo a la señorita Gloria Rodríguez… Usted sabe, siempre hay una mujer en la vida de todo hombre y… bueno, yo tengo la mía.
Al iniciar el descenso hacia Barranquilla, el copiloto Gómez comunicaba al aeropuerto de Soledad:
-Vamos a aterrizar. Por favor, cumplan al pie de la letra las instrucciones. Este hombre tiene dos revólveres y en cualquier momento se puede presentar una tragedia.
-No se preocupe, capitán, aquí haremos lo que usted diga –contestaron desde Barranquilla.
El avión hizo un aterrizaje perfecto. El capitán Méndez quería tranquilizar a los pasajeros y procuró la mayor comodidad del vuelo.
¿Les doy candela?
El secuestrador ordenó entonces al piloto:
-Que ningún pasajero se mueva de su sitio, o les doy candela.
La orden se comunicó a todos.
Mientras tanto, Vesga y Arias estaban decididos a integrar la “conspiración”. Lo primero que harían sería desarmar al cómplice y luego intentarían caer sobre el secuestrador con la ayuda de algunos de los demás pasajeros.
Tres niñas de cuatro y cinco años recorrían el pasillo del avión absolutamente inocentes.
Cuando el avión se detuvo en Barranquilla, el secuestrador abrió la portezuela y llamó a su cómplice, mientras amenazaba con el revólver a todos los pasajeros. Especialmente apuntaba hacia Vesga y Arias. Lógicamente, nadie pudo intentar nada. Eran las once horas y dieciocho minutos de la mañana. Comenzó entonces el verdadero drama.
II
En Barranquilla, una vez se detuvo el avión a 600 metros de la torre de control, los secuestradores se colocaron estratégicamente en la nave. El secuestrador B se dirigió a un extremo del avión mientras que el A, desde el otro extremo, controlaba a los pilotos con un revólver en cada mano.
-El avión no va a plataforma, la gasolina se la proporcionan aquí en la pista… y si alguien hace algo, cualquier movimiento, por leve que sea, les doy candela a todos… -dijo el secuestrador A mostrándose muy nervioso nuevamente.
El copiloto Gómez comenzó el diálogo con la torre de control desde la pista:
-Por favor, traigan inmediatamente la gasolina… No intenten nada que pueda provocar recelos en el secuestrador.
-Tranquilo, compañero, ya vamos para allá… -respondieron.
-Tienen 10 minutos –dijo el secuestrador-. De lo contrario, partimos con la gasolina actual del avión y a mí no me importa lo que ocurra.
A lo lejos, en la pista, aparecieron dos carros de bomberos y un jeep.
-Ya salimos para el extremo de la pista, espere tranquilo… En el DAS quieren saber cómo es el secuestrador… Descríbalo, páselo al micrófono… -respondieron en la torre.
-No quiere pasar por ningún motivo al micrófono… no les puedo describir nada, manden la gasolina… -insistía Gómez.
-A mí no me engañan, nos vamos ya, sin gasolina… no me importa, aunque nos matemos todos –repetía el secuestrador mientras crecía el nerviosismo minuto a minuto.
-Espere, por favor y confíe en mí… Yo le llevo a Cuba, pero no dificulte la operación –decía Méndez.
“Defiéndase como hombre, capitán”
Los pasajeros sólo veíamos tres cosas: en el extremo del avión, el secuestrador A con dos revólveres en sus manos, los hacía girar sobre el dedo índice con nerviosismo, mientras intentaba silbar algo incoherente y golpeaba el piso con los pies con regularidad irritante; en el otro extremo, el secuestrador B con el revólver montado, listo a disparar en cualquier momento y muchísimo más angustiado que el otro; y afuera, en la pista lateral del aeropuerto, los mismos vehículos se movían de un extremo a otro, sin que hubiera señal alguna del carrotanque de la turbosina.
Transcurrieron cinco minutos y el secuestrador A se desesperó. Entonces le ofreció un revólver al capitán Méndez diciéndole:
-Tome, capitán, defiéndase…
Méndez respondió:
-Ningún santandereano humilla a nadie –dijo el secuestrador A-. Nos enfrentaremos de igual a igual. Reciba el arma y defiéndase como hombre.
Con este “código de honor”, propio de los campesinos santandereanos, el secuestrador A buscaba decidirlo todo de una vez, y como Méndez se negó, intentó el duelo con Gómez en la misma forma. Tampoco obtuvo respuesta del copiloto.
Entre tanto, se repetía el mensaje de Gómez, cada vez con más angustia:
-Por favor, les ruego, envíen la gasolina y confíen en que nuestras órdenes deben cumplirse al pie de la letra… Si demoran el envío, ustedes serán responsables de cuanto ocurra.
En la cabina de pasajeros, la tensión crecía a cada instante. El calor aumentaba simultáneamente y comenzaba a sofocarnos a todos, sobre todo al secuestrador B, quien miraba hacia el interior con gesto de alucinado… Su revólver permanecía montado y, por consiguiente, podría dispararse en cualquier momento.
Cuba o… el mar
Con ojos cada vez más desorbitados, el secuestrador A se acercó a los pilotos de nuevo. Colocó las armas sobre sus cabezas y les dijo:
-Partimos inmediatamente y no acepto ninguna discusión… a Cuba, o al mar… Ustedes lo han querido así.
El capitán Méndez trató de ganar tiempo mientras estudiaba la posibilidad de alguna alternativa cuando la nave estuviera en el aire nuevamente. Entre tanto, Gómez seguía el diálogo con la torre:
-¿Qué pasa…? Este hombre está dispuesto a todo. Les repito por millonésima vez… ya no concede plazos y es imposible dialogar con él… Partimos sin combustible suficiente…
-Esperen, por favor, allá va el carrotanque –respondieron en la torre de control.
Irritado, el secuestrador gritó:
-Nos vamos, y lo que ha de suceder, que suceda…
El piloto Méndez, concibió, entre tanto, la siguiente idea, como la única fórmula que ofrecía alguna esperanza en esas circunstancias. La nave partiría en busca de nubes, para ocultarle la tierra al secuestrador. Permaneceríamos relativamente cerca de la costa colombiana de modo que al llegar el momento decisivo, cuando se agotara el combustible, orientaría el avión hacia la tierra, para descender en las proximidades de cualquier playa, la que fuera… Sólo así habría, por lo menos, alguna posibilidad de salvación, pues una vez en el mar todo estaba irremediablemente perdido.
El avión –que no había detenido sus motores ni un solo instante- empezó la maniobra para llegar a la cabecera de la pista. En ese momento apareció en la distancia –muy lejos- el carrotanque, y el secuestrador A aceptó que la maniobra de despegue se suspendiera. Méndez y Gómez suspiraron aliviados.
Perezosamente, el carrotanque se acercó al avión. Hubo una discusión, y el secuestrador A ordenó que sólo se aproximaran dos personas, y al fin hubo un acuerdo: un mecánico de Avianca y un trabajador que colocara la gasolina.
En la distancia, los pasajeros veíamos varios obreros trabajando cerca de la pista, indiferentes a cuanto sucedía. Al verlos pensé –pudo ser una tontería pero lo pensé- que resultaba impresionante ver cómo dos grupos de personas vivían, a tan escasos metros de distancia, situaciones radicalmente distintas… Parece, insisto, una tontería, pero en esos momentos sólo se puede pensar que el destino sí existe y que cada persona depende inexorablemente de él.
Un instante para morir
El reloj marcaba las ocho y treinta y dos de la mañana. Yo estaba en una de las sillas del extremo posterior del avión. El segundo secuestrador colocó de pronto el revólver sobre el espaldar de mi asiento, a escasos centímetros de mi cabeza. El sudor de él y el mío aumentaron simultáneamente. Yo no veía el revólver; pero sabía que estaba allí. Cierta hipersensibilidad de la sien izquierda me indicaba la cercanía del arma; lo que yo sentía lo encuentro ahora como algo muy parecido a una calambre latente en los músculos de esa zona de la cabeza… No era dolor, sino cierta tensión muscular concentrada en esa parte del cráneo.
Entonces pensé: “Aquí sólo hay dos alternativas, o sobrevivo o me matan. Si sobrevivo, mi obligación principal será redactar una narración periodística completa, como debe hacerla el primer periodista que vive una experiencia de esta clase. Para ese propósito –pensé- debo observar la totalidad de los detalles, los gestos, las frases, las reacciones voluntarias e involuntarias de casa pasajero, de los secuestradores y, sobre todo, mis propios sentimientos y reflejos”. Entonces decidí voltearme poco a poco para observar perfectamente al secuestrador B.
La mano derecha del secuestrador tenía las venas brotadas y el vello era rubio. Un poco de pelo le caía sobre el lado derecho de la frente. Las gotas de sudor se le acumulaban en la nariz, sobre las cejas y en la parte superior de los labios. Vestía camisa deportiva. El saco le quedaba un poco grande, parecía ajeno. Las aletas de la nariz estaban dilatadas y respiraba aceleradamente. De vez en cuando tragaba saliva con cierta dificultad. El revólver estaba todavía montado, en peligro de dispararse a la menor fricción, y la mano derecha le temblaba. Miraba con inquietud hacia todas partes. La cabinera, Clemencia Nieto, serena en medio de su preocupación, estaba a su lado y él le ordenó que permaneciera quieta. No le gustó que yo lo observara demasiado y frunció las cejas mientras apuntaba el revólver hacia mi cabeza. Pero no era capaz de sostener la mirada. Hubo un momento en el cual se volvió hacia atrás y examinó el baño del avión y la bodega, donde había algunos muebles empacados. Unos segundos después se acercó de nuevo y me interrogó con la mirada.
Entre tanto yo escribía, sin ver el papel, todo cuanto estaba sucediendo y de vez en cuando miraba el reloj los leves movimientos de cabeza, casi imperceptibles, afectaron un poco la posición de mis anteojos, los cuales comenzaron a rodar por el lomo de mi nariz, hasta que quedaron en una posición incómoda. Me sentí un poco ridículo, pero, en vista de la quietud total de los pasajeros, del nerviosismo creciente de los secuestradores y de la irritabilidad que provocaba el ambiente caluroso de la cabina, pensé dos veces –lo confieso- si movía el brazo derecho para colocar los anteojos en su lugar. Mientras tanto, insistía en mirar el rostro y las manos del secuestrador B. El revólver “pavonado” lucía realmente hermoso, completamente nuevo. Pero la mano del sujeto temblaba demasiado. Cuando alcé el brazo, el secuestrador se sobresaltó y su reacción inmediata fue dirigir el revólver hacia mí; en ese momento, me sacudió un corrientazo que recorrió todo mi cuerpo.
Pasé saliva con un poco de trabajo y en ese momento mi compañero de silla, el niño Fernando Acosta, de cinco años, se despertó. Desde Bucaramanga dormía profundamente, ajeno a todo lo que sucedía. En Barranquilla preguntó: “¿Dónde estamos?”
El gesto del niño descargó un poco la tensión del secuestrador B. Traté de explicarle, le dije que no se moviera y que se estuviera tranquilo. Preguntó por su padre y le dije que se hallaba en un puesto vecino y que no se preocupara. El niño quiso salirse al pastillo. En ese momento, era peligroso cualquier movimiento. Al fin decidí decirle que íbamos para Cuba y sonrió un poco incrédulo.
Cadena de preguntas y… angustia
Pasaron minutos eternos hasta que el carrotanque llegó junto al avión. Un obrero aproximó la batería de tierra para asegurar el encendido de los motores una vez terminara el reabastecimiento. El secuestrador A ordenó su retiro y no dejó que se acercara. Transcurrieron varios segundos y el carrotanque no se movía. El secuestrador A ordenó su retiro y no dejó que se acercara. Transcurrieron varios segundos y el carrotanque no se movía. El secuestrador A preguntó:
-¿Qué pasa?
La pregunta llegó a la torre de control. De ahí pasó al “Bomberos Tres” y del vehículo de bomberos a un jeep y del jeep al carrotanque.
-Mientras los motores permanezcan encendidos no podemos echar gasolina –contestaron lacónicamente.
-No los apagan por ningún motivo –dijo el secuestrador-, y si no pueden hacerlo de otro modo, nos vamos así.
-Hombre, comprenda el peligro. Si colocamos la gasolina en estas condiciones el avión estalla. ¿No ve que los gases de la turbina están a una temperatura superior a los 500 grados centígrados? El contacto con la gasolina provocaría la explosión –dijo el copiloto Gómez al secuestrador para convencerlo sobre la necesidad de apagar los motores.
Méndez propuso:
-Entonces apaguemos uno, mientras el otro permanece encendido, y luego, cuando aprovisionen al primero, volvemos a prenderlo para apagar el segundo y llenar el tanque respectivo.
El secuestrador aceptó. Eran las ocho y cuarenta minutos.
Se procedió la maniobra. Méndez y Gómez tenían una preocupación fundamental. Los aviones Avro poseen un sistema de encendido lento, la batería de los motores se descarga con facilidad cuando se detienen en tierra y el encendido puede complicarse.
Si se apaga un motor, es posible que sólo se le pueda reactivar con la batería de tierra, pero el secuestrador A no aceptó de ninguna manera el uso de esas baterías, pues sospechaba que hubiera algún intento para inutilizar el avión.
Cuando terminó la primera fase, al presionar el botón que ordenaba el encendido del motor, éste respondió instantáneamente. Quedaba la incógnita del segundo motor, que acababa de ser apagado.
En la cabina, el secuestrador B iba de un extremo al otro y cada vez se mostraba más nervioso. La dilatación de sus pupilas lo presentaba con aspecto impresionante.
Al secuestrador A le temblaban las manos mientras repetía sus movimientos de impaciencia y angustia. De pronto, el secuestrador reaccionó a levísimos movimientos de algunos pasajeros, y nos dijo: “Quietos, no me pongan nervioso porque les doy candela”.
A plena luz, el secuestrador tenía ojos claros, cabello rubio y nariz aguileña.
Los pasajeros nos interrogábamos con la mirada mientras procurábamos imaginarnos lo que sucedía. Todos sabíamos que si el avión partía en esas condiciones, sin combustible, jamás llegaríamos a Cuba. La llegada del carrotanque nos tranquilizó un poco; sin embargo, nadie entendía por qué se apagaba un motor mientras el otro permanecía encendido. Además, para todos era evidente el conflicto entre el secuestrador A y los pilotos, por el ir y venir intermitente del sujeto y por su mirada desequilibrada, alucinante e imprecisa.
“Allá tenemos amigos”
Al fin, a las ocho y cuarenta y ocho minutos de la mañana, terminó la operación y se retiró el carrotanque. La nave probó sus motores y se fue al extremo de la pista. Centenares de personas, en la plataforma y en la terraza del aeropuerto, contemplaban la escena. Nos vieron partir con miradas atónitas, completamente quietos. Hubo alivio inmediato en toda la nave y se descargó la tensión existente. El secuestrador B se fue a la cabina. Su nerviosismo no disminuía a pesar del ascenso constante del avión, rumbo a Santiago de Cuba, a las ocho y cincuenta y dos minutos de la mañana. Llegó a la cabina tembloroso, apuntó el revólver a la cabeza de los pilotos mientras los miraba con terror, y les dijo:
-No intenten nada, o disparo; si aprecian sus vidas, no nos traten de engañar. –Luego miró con curiosidad todos los instrumentos de la nave.
Aliviada un poco la tensión, el piloto Méndez preguntó al secuestrador A:
-¿Para qué quieren ir a Cuba?
-¿No temen salir defraudados? –agregó el capitán Gómez.
-Nos vamos porque tenemos amigos allá. Nos han prometido ayudarnos y en Colombia estamos perdidos –respondió el secuestrador A; entre tanto, se acariciaba la barbilla con uno de los revólveres, mientras apuntaba el otro hacia los pasajeros.
Unos segundos después, estábamos sobre el mar, y poco a poco, la costa colombiana se empequeñecía más. El tiempo era espléndido y los pilotos se ocupaban en la tarea de revisar el nuevo plan de vuelo, para llegar a Santiago de Cuba, en la provincia de Oriente de ese país.
III
Volábamos hacia Santiago de Cuba a las nueve de la mañana. En la cabina de pilotos los dos secuestradores, Luis Amadeo y Álvaro Hernández Herreño, examinaban el plan de vuelo para asegurarse de que la nave iba con rumbo a Cuba. Como no conocían absolutamente nada, el piloto Méndez y el copiloto Gómez procuraban darles explicaciones, con la mayor sencillez, a fin de calmarlos.
Atrás, en la cabina, Gerardo Vesga Tristancho, santandereano, funcionario del gobierno y con un don de gentes proverbialmente reconocido en Bucaramanga, hacía observaciones humorísticas para facilitar la serenidad a los pasajeros.
A punto de traición
Vesga y García, por ejemplo, comentaban un episodio curioso. Como ya conté en las crónicas anteriores, Álvaro Hernández, el cómplice del secuestrador, quiso ocultar su carácter de tal hasta Barranquilla. Incluso ofreció apoyar a Vesga en un intento para dominarlo. No lo hizo por astucia sino por miedo. Pensaba que su hermano Luis Amadeo podía fracasar y él no se hundiría con él. Entonces –contaban Vesga y García-, con la misma ingenuidad con que mostró su cédula a Vesga, parado en la puerta de la cabina de pilotos, el cómplice le preguntó a García si dispararía contra su propio hermano. El gesto y la intención de presentarse como ajeno a la acción de Luis Amadeo, resultaban, más que ingenuos, inefables…
A la media hora de vuelo, ya convencidos sobre la sinceridad de los pilotos, los secuestradores aún temían alguna rebelión de los pasajeros. Luis Amadeo abrió la puerta de la cabina y llamo a Guillermo Arias. Le colocó el revólver en el pecho reclamándole la lista de pasajeros… Arias se negó inicialmente y Luis Amadeo levantó el revólver a la altura de la barbilla, mientras Álvaro miraba nerviosamente a los pilotos.
Arias no tuvo alternativa y regresó al asiento, con una sonrisa un poco nerviosa, un poco irónica. En la cabina, la puerta se cerró otra vez.
Éste es el mar
A mi lado, el niño Fernando Acosta, de cinco años, miraba por la ventanilla.
-¿Toda esa cantidad de agua es el mar? –me preguntó.
-Sí –le respondí-. ¿No lo conocías?
-Es muy grande, yo nunca creí que fuera tan grande… ¿El hombre del revólver regresará? ¿Por qué tiene revólver? –me interrogó.
-No, no regresará, y aunque regrese, eso no tiene importancia –le contesté.
Sobreprecio de Avianca
Arias se acercó al extremo del avión y dijo: “Bueno, señores, Avianca les cobrará sobreprecio por este viaje, aunque quien lo desee bien puede pedirme reembolso en Santiago de Cuba… Los señores de la cabina como que van a cobrarlo… Bueno, al fin y al cabo no los llevamos a Bogotá…”
En esa forma renació el diálogo entre los pasajeros y se tranquilizó el ambiente en el avión. Al rato –iba una hora de vuelo- el secuestrador principal ordenó a la cabinera la repartición de bebidas y dulces a los pasajeros.
Unos minutos después –por turno- el piloto y el copiloto salieron a la cabina de pasajeros y era muy fácil leer en sus rostros la gravedad de los episodios vividos en las últimas horas.
Intento de lectura
La mayoría de los pasajeros trataban de dormir para aparentar tranquilidad. Agotadas las posibilidades de apuntar más informaciones y ante la pausa en los acontecimientos, decidí intentar la lectura de uno de los libros que llevaba en un maletín. Pero no pude engañarme; tuve que leer cuatro veces el mismo párrafo para entenderlo. No podía concentrarme… era un texto muy sencillo de El porvenir del hombre. El libro del padre Teilhard de Chardin decía:
“…apretados los unos contra los otros por el aumento de su número y la multiplicación de sus relaciones, juntos entre sí por el despertar de una fuerza común y el sentimiento de una angustia común, los hombres del porvenir no formarán en cierta manera más que una sola conciencia”.
Leí seis o siete páginas y sentí un poco de sueño… Me despertó, 10 minutos más tarde, la voz del secuestrador: “Señores, quiero enviar a Bogotá un mensaje, quiero decir que todos ustedes están tranquilos… ¿eso es correcto? Se sienten bien… bueno, gracias, señores…” Y regresó a la cabina de pilotos.
La inusitada gentileza del secuestrador, cuando faltaban 20 minutos de vuelo, despertó otra vez el diálogo entre los pasajeros.
Algo sobre dignidad y libertad
Roberto García y Álvaro Acosta –el padre del niño de cinco años, médico en un hospital de Florencia- iniciaron una discusión muy especial. Acosta comenzó:
-Bueno, esto ya está más tranquilo, pero estos sujetos han atropellado nuestra libertad y nuestra dignidad.
García respondió:
-Eso es relativo. La libertad es una entelequia. Durante más de 15 años, mediante el artículo 121 de la Constitución, en Colombia estuvieron suspendidas las libertades y las garantías constitucionales, a discreción de los respectivos gobiernos. Hubo atropellos a diestra y siniestra. Yo no creo que pueda compararse el nivel intelectual de los altos funcionarios con el de estos campesinos. La responsabilidad es proporcional a la preparación. Este episodio es una tontería al lado de lo que vivimos. Manifestaciones públicas anuladas, censura de prensa, genocidios y mil atropellos más…
Acosta insistía:
-De ninguna manera esto es loable…
García replicó:
-Yo no sé, estos hombres se han jugado la vida por sus creencias.
Acosta refutó indignado:
-Qué cuento de creencias, estos tipos son simples hampones, no sublimice un delito vulgar… Qué idealismo puede haber en quien pone en peligro la vida de los cinco niños que van en este avión… Qué idealismo puede haber en quien atropella a los demás en circunstancias tan desiguales. Si hubiera dignidad en estos sujetos, las cosas se plantearían de igual a igual.
Cuba a la vista
A las once y cuarenta de la mañana, apareció Cuba en la distancia y el avión inició un descenso apresurado. Ganamos varios minutos durante el recorrido, cerca de media hora, pues, según comentó el piloto en el almuerzo, hubo “viento de cola”.
Lo primero que vimos fue la sierra Maestra, vecina a la costa, en la provincia de Oriente. No es, de ningún modo, una cordillera o algo parecido. Son variaciones orográficas moderadas. Alguien comentó que eso explicaba, de cierta manera, la supervivencia de la guerrilla de Castro contra la dictadura de Batista. “El ambiente de la sierra Maestra no se puede comparar con el rigor de nuestras selvas y de nuestras montañas. Así como fracasó el ‘Che’ en Bolivia, hubiera fracasado, de seguro en Colombia”.
El avión le dio una vuelta completa al aeropuerto Antonio Maceo de Santiago de Cuba. Alcanzamos a sobrevolar unos silos, un molino y una refinería, y luego, a las once y cuarenta y cinco minuto, suavemente, el avión descendió sobre la pista.
En la distancia, mientras el avión cumplía el “carreteo” hacia la plataforma, vimos varios militares que comenzaban a caminar hacia nosotros. La sede del aeropuerto tiene un tono rosado en la fachada y una bandera cubana flota sobre el techo, vecina a la torre de control. Había varios centenares de personas sobre la terraza, y tres aviones de la Cubana de Aviación parqueados en la plataforma.
Cuando el avión se detuvo, había cerca de treinta militares –hombres y mujeres- esperándonos. Así mismo, un automóvil Oldsmobile, modelo 1959, color café. Bajaron de él dos personas de traje civil.
“Capitán… gracias”
Los secuestradores se despidieron de los pilotos:
-Capitanes, muchas gracias, que estén bien…
Empezaron entonces a caminar hacia la puerta de salida…
-Adiós, señores, feliz viaje de regreso… -dijo el secuestrador e hizo un gesto un tanto tímido, como si le intimidara la forma como lo observamos. No faltó la señora que dijera:
-Fíjense, es bien plantado ese tipo…
“¿Y ustedes qué…?”
Los secuestradores bajaron a tierra e hicieron una especie de saludo militar a los cubanos… Un teniente les preguntó:
-¿Y ustedes qué…?
-Hombre, pues resolvimos venirnos –dijo el secuestrador.
-Pasen a ese vehículo –ordenó el teniente.
Los secuestradores entregaron sus armas a un oficial y entraron al automóvil, acompañados por los dos individuos vestidos de civil. Inmediatamente, el vehículo partió hacia Santiago de Cuba.
A los pocos minutos entró en la nave una mujer –teniente del Ejército cubano, doctora en medicina- y detrás de ella otro oficial.
-¿Alguien se siente mal? ¿Alguien está nervioso? ¿Los niños tienen teteros suficientes? ¿Toman leche de vaca o en polvo? ¿Desean alguna atención médica? –preguntó sucesivamente, con el tono de una persona que repite casi en forma rutinaria el interrogatorio.
Nos ordenaron bajar del avión. No había ni un solo barbudo entre los recepcionistas. Gente joven en su totalidad. Nadie con más de 35 años, nadie con menos de 25. Vestían traje militar de dril, verde oliva. Gorras de campaña y botas negras.
Recorrimos 200 metros hacia la sede del aeropuerto. La televisión y la prensa tenían varios representantes en el aeródromo. Nos filmaron y nos fotografiaron.
“Mira, chico, ¡qué bateadores!”
Un militar nos dijo:
-Y bien, ayer les ganamos en béisbol. Flojo el equipo de ustedes, nueve carreras contra tres: mira chico, ¡qué bateadores los nuestros!… ¿Te gusta el béisbol?
-No soy muy aficionado. En el centro de Colombia se juega poco; en la costa sí, y por eso actualmente somos campeones mundiales –le dijo uno de los pasajeros.
-¿Qué tal el viaje? –dijo otro cubano muy sonriente-. ¿Siempre hubo algún susto?
-Sí, no falta el peligro…
-Bueno, sigan por allí.
Así llegamos, por entre un semilaberinto, hasta una sala especial. En la sala había un retrato del “Che” y otro de Antonio Maceo, varios escritorios y archivadores. Era notorio que la sala de recepción fue improvisada apresuradamente.
“Bienvenidos a Cuba”
-Bueno, señores y señoras, bienvenidos a Cuba… Lamentamos cualquier incomodidad. Ustedes comprenden que nosotros no compartimos estas cosas, pero no podemos evitarlas. A veces los refugiados políticos no tienen otra solución. Veremos que su estadía sea lo más cómoda posible. Estamos a sus órdenes. Ya comenzaron los trámites para el regreso del avión y es muy posible que sea autorizado esta misma tarde; a través de la embajada suiza y mediante comunicación con México se adelantan los detalles pertinentes –dijo un joven de 30 años, trigueño, cuya facilidad de expresión era evidente e impresionante.
“Estoy contra mi voluntad”
-Por qué recibieron con tanta amabilidad a esos sujetos… Yo estoy aquí contra mi voluntad y deseo regresar inmediatamente –dijo el ingeniero de petróleos, Luis Pulido, quien cargaba en sus brazos a una de sus hijas.
-Hombre, pues los recibimos como a todos los secuestradores. No podemos obrar de otro modo, le repito. Tres clases de personas hacen estas cosas: guerrilleros o refugiados políticos; delincuentes y personas en busca de aventura. Eso lo investigamos cuidadosamente, aquí y en el país de origen. Si son refugiados, los protegemos; si son delincuentes, los devolvemos o van a la cárcel en Cuba. Si son aventureros, estudiamos la posibilidad de capacitarlos políticamente para que regresen a sus países a contribuir a la revolución.
-Repito que estoy aquí en contra mi voluntad –insistió Pulido.
-Eso es problema suyo, señor, y siento mucho que sea así –replicó el cubano.
“Qué batazo… qué carrera”
-Y bien, señores, les ganamos en béisbol, ¿verdad? Ese error del pitcher de ustedes fue increíble, dejó de llenar las bases y luego, qué batazo. Nuestros muchachos son cosa seria. Somos imbatibles –agregó el cubano.
SOBRE EL AUTOR. Luis Carlos Galán Sarmiento nació en Bucaramanga el 29 de septiembre de 1943 y en agosto de 1989 fue asesinado en Soacha, Cundinamarca, siendo candidato liberal a la Presidencia de la República. Su muerte es uno de los grandes magnicidios de la historia de Colombia. Fue abogado, economista y periodista. Esta crónica memorable la escribió siendo periodista de El Tiempo, de Bogotá. Él fue uno de los pasajeros del primer avión colombiano que fue secuestrado y llevado a Cuba, experiencia que narró en cinco entregas. No solamente es un testimonio personal sino el fruto de una investigación que hizo primero que las propias autoridades.








