Las culturas campesinas han sido reconocidas como sujetas de derechos por parte de un Gobierno que reconoce que es gracias a las luchas, las organizaciones y las resistencias de muchos de ustedes que se han preservado y mantenido saberes culturales fundamentales en la transformación social de un país y en el alcance de una verdadera paz en el país.
Como lo ha repetido el presidente de la república, este gabinete es un gabinete de paz, y por ello, nuestro mandato es el cumplimiento de los acuerdos de paz firmados en el Teatro Colón, como una de las altas partes contratantes, frente a la humanidad.
El Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes entiende su lugar en esta cumbre en varios sentidos y dimensiones que venimos trabajando desde que llegamos a la presidencia en 2022. La directora del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), Alhena Caicedo, y los viceministerios de los Patrimonios, las Memorias y la Gobernanza Cultural y de las Artes y las Economías Populares Culturales han entendido que su misión en este reconocimiento tiene que ver con decididas acciones de reconocimiento, a través de todas sus estrategias. La primera de ellas es la conceptualización de lo campesino, que no pretende, por supuesto, fijar una identidad inmóvil, sino más bien insistir en que aquello que no se nombra, no existe. Según el ICANH, la definición parcial, entonces, considera que las diez millones de personas que se autoperciben como campesinas en el país son «sujetos (sin distingo de edad, sexo y género) interculturales que se identifican como campesinos al involucrar en sus vidas el trabajo directo con la tierra y la naturaleza, inmerso en formas de organización social basadas en el trabajo familiar y comunitario no remunerado o en la venta de su fuerza de trabajo».
En sus dimensiones territoriales, los campesinos, continúa el ICANH, se definen como sujetos que «habitan fundamentalmente en zonas rurales, cuya red de vínculos sociales se expresa territorialmente en comunidades, veredas, corregimientos, minas, playones, entre otros, y se desarrolla en asociación con los ecosistemas, que articula a los espacios urbanos». Respecto a su dimensión productiva, se define como «un sujeto “multiactivo”, cuya producción se dedica al autoconsumo y a la participación en el mercado, cuya fuerza de trabajo se inserta en el mercado laboral, vinculado con su cualidad como productor de alimentos, trabajos del cuidado y otras formas de trabajo no remunerado». En su dimensión organizativa, el campesino se define como «un sujeto constituido en dinámicas, que procuran su reconocimiento y participación ciudadana, que han formado y forman parte activa de la vida política nacional. Un sujeto constituido en su relación social básica en la familia campesina, donde será fundamental la mujer campesina, así como las organizaciones sociales campesinas como las articuladas, entre otras, a las Juntas de Acción Comunal, las diversas formas de participación y de búsqueda de autonomía». Y, finalmente, en su dimensión cultural, se define al campesino como un sujeto «colectivo, de carácter intercultural en su configuración histórica», que se «vincula a todas aquellas prácticas y formas de expresión asociadas con memorias, tradiciones y formas de identificación. Remite a prácticas de carácter colectivo, dinámico, establecidas en una trama de saberes, concepciones y conocimientos campesinos transmitidos en las relaciones históricas con las características de cada territorio habitado».
Más allá de estas conceptualizaciones que, insisto, no son menores para que la política pública se construya desde allí, hay otras dimensiones a las que me quisiera referir brevemente y que considero que deben entenderse, sobre todo, desde la cultura. La primera de ellas, por supuesto, apelar a la cultura del cumplimiento, que la mayoría de las veces no ha operado en nuestra sociedad. Dicha cultura debe honrar los compromisos del acuerdo de paz y recordar, que desde el siglo xvii, cuando la Corona española incumplió los pactos con el cimarronaje, cuyo líder, Benkos Biohó, fue asesinado, se han producido históricamente diversos incumplimientos de pactos por la tierra. Baste recordar las insurgencias de los años cincuenta y sesenta como producto de esos pactos incumplidos; las reformas inconclusas de los años sesenta, y el arrasamiento que produjo la macabra alianza entre paramilitares, políticos y narcotraficantes despojando a millones de campesinos de sus tierras, y produciendo más de nueve millones de víctimas en el país. Dicha dimensión histórica de los incumplimientos se encuentra en la nuez misma del problema al desconocer una historia y sus organizaciones aquí presentes, como la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC).
El otro tema, que pensamos tiene dimensiones culturales, es el de la soberanía y la seguridad alimentaria, una larga lucha social de organizaciones y sujetos sociales que, desde la firma del TLC, ha producido pérdidas incalculables. Los saberes de las semillas, de las redes y los ciclos de producción, la comunicación a través de las vías terciarias, deben entenderse como mecanismos de circulación de la cultura familiar campesina y deben reivindicarse desde allí. Ordenar el territorio hoy, sobre todo, es un asunto cultural, y desde ahí también hay que pensar el tema de la diversidad regional de las culturas campesinas, desde aquellas asentadas en los sures del Caribe; las de la altillanura, los Andes, el Pacífico, entre otras.
En Colombia existen catorce zonas de reserva campesina, la mitad de ellas aprobadas en el mandato de Gustavo Petro a través de la Agencia Nacional de Tierras. Cada una de ellas, Sumapaz, Tuluá, Venecia, Togüí, La Tuna, Losada y Güejar, entre otras, representan una serie de asuntos, entramados, tensiones, historias y saberes culturales que este Ministerio quiere reconocer desde algunas de sus estrategias de gobernanza y ejecución presupuestal. Y con ello quisiera terminar. Una de estas estrategias es la Formación Artística y Cultural. Con la Federación Nacional Sindical Unitaria Agropecuaria (Fensuagro) y la ANUC hemos comenzado diálogos para crear, no solo escuelas de formación en el folclor y las expresiones artísticas, sino en el reconocimiento de los saberes campesinos para que los niños y las niñas de Colombia recuperen una relación que en muchos casos fue estigmatizada y hoy no se entiende del todo.
En 1947, Manuel Mejía Vallejo debió irse de su pueblo, Jericó, por la inminente violencia partidista que se ensañaba con el territorio y sus gentes. Publicó una hermosa novela, que fue la primera de todas las que escribió, llamada La tierra éramos nosotros: creo que debemos reconocer y aprender de ustedes hoy en nuestro país. Y repetir que la tierra éramos todos nosotros. Uno de sus personajes, el filósofo, nos recuerda: «Este pueblo es como aquella ceiba vieja: le nacen hojas, envejecen y caen. Luego salen más, y sigue, pero el tronco no cambia. Sí, padre, este pueblo es como aquella ceiba vieja».