Corren días extraños. En el mundo, en el país, en la ciudad, en la barrio, en la vida. Así podría empezar el horóscopo de este mes para los nacidos bajo el signo Escorpión. A decir verdad, para los nacidos bajo cualquier signo. Corren días extraños. Suena a horóscopo pero, más allá de lo esotérico, es verdad. Corren días extraños.
Un presidente habla de poner en venta el Amazona, pero una mujer colombiana decide emprender un proyecto para comprarlo y protegerlo; Trump insiste en la construcción de un muro para separar dos países, pero en Canadá vuelve a ganar el joven que se ha hecho famoso por acoger refugiados; en Chile, los milicos traen a la memoria los días más oscuros de la dictadura, pero la gente se resiste con valentía a la posibilidad de que vuelva a regir el miedo; el gobierno ecuatoriano elimina el subsidio al diesel y a la gasolina, pero la determinación de los indígenas moviliza al pueblo hacia Quito; el Evo que hace trece años era la imagen de la dignidad y el cambio ahora es acusado de fraude electoral, y el mismo pueblo que lo llevó al poder amenaza con no reconocer su triunfo; las imágenes terroríficas de la guerra en Siria empiezan a ser paisaje en las redes sociales para el momento en que se logra un alto al fuego por parte de Turquía; el Vaticano no deja de sorprender a sus fieles con otro de sus escándalos (dinero de las limosnas usado para comprar casas de lujo), pero el Papa Francisco es el primero en pedir una investigación; condenan a 13 años de cárcel a líderes de Cataluña pero, gracias a la convocatoria del Tsunami Democràtic, la gente inunda las calles pidiendo una salida política y no judicial al asunto; algunos no creen que el eje de rotación de la Tierra está cambiando por el deshielo en Groenlandia, mientras otros aprenden a vivir generando menos basura y comiendo menos carne.
Corren días extraños. Suceden cosas duras, tristes, desesperanzadoras. Pero también se sabe de proyectos solidarios, humanos y constructivos. Los malos persisten en sus mentiras, trampas y manipulaciones, pero los buenos se vuelven aún más perseverantes en sus luchas. El negocio de la guerra sigue entronado, como el nuevo emperador de Japón, pero se sigue sumando la gente que cree en salvar el aire y el agua. Hay cientos de pobres encerrados en fábricas para producir ropa muy barata para ser vendida muy cara, y a la vez hay compañías desarrollando proyectos de inteligencia artificial y máquinas que lo harán todo mejor que el humano.
Correrán días aún más extraños cuando esas máquinas tengan una inteligencia superior a la de nosotros. Ya muchos autores y directores se han encargado de mostrarnos ese posible futuro y lo que sucedería en caso de que esos sistemas no estén alineados con los valores humanos.
El filósofo Nick Bostrom, director del Instituto para el Futuro de la Humanidad y el Centro de Investigación de Estrategia de Inteligencia Artificial de la Universidad de Oxford, advierte que con cada nuevo avance técnico crece también el potencial destructivo que los humanos podamos darle. Porque somos así: somos creadores y destructores. En nosotros habita la dualidad, el negro y el blanco, y, también, toda la gama de grises que hay en el medio.
Desde hace mucho tiempo, las máquinas se han tomado el control de cadenas de producción y automatización de determinadas tareas. Hay máquinas por todas partes. Elon Musk, fundador-CEO de Space X y CEO de Tesla, asegura que si no queremos ser irrelevantes, todos deberemos fusionarnos con las máquinas. Bill Gates, por su parte, asegura que los robots reemplazarán casi en su totalidad la fuerza de trabajo humana para la década de 2030, y habla de que las máquinas deberán asumir las mismas responsabilidades fiscales que tenemos los humanos.
Corren días extraños. Tal vez, como dicen algunos, la llegada de los robots y el hecho de que la inteligencia artificial tenga, en algún momento, un nivel muy superior al de la humana, no sea del todo malo. Puede suceder que ese movimiento permita que, efectivamente, los humanos nos liberemos de la carga del trabajo y la producción. Así podríamos dedicarnos a tareas más bellas y necesarias como proteger el Amazonas, derrumbar el muro que Trump construya en la frontera con México; ayudar a que los refugiados que hayan llegado a dónde vivimos vuelvan a sus países y sientan el nuestro como propio; acabar con los milicos represivos de Chile y de todo el mundo; recordarle a Evo cómo era de bonito hace trece años; reconstruir Siria y todos los lugares que ha borrado la guerra; lograr que las limosnas del Vaticano vayan a parar a dónde deben; detener el deshielo en Groenlandia; que todos seamos saludables y felices. Esos sí que serían días extraños.