Es activista política y tiene 28 años. Llegó refugiada a Bogotá huyendo de amenazas de muerte pues a su padre lo iban a asesinar por haber creado un sindicato universitario. Lidera a una generación interesada en la paz, la justicia y la concordia. Gran activista de la próxima consulta anticorrupción y enemiga del proceso iniciado por Álvaro Uribe para hacer trizas el Acuerdo Final de Paz y llevar de nuevo al país a un baño de sangre y fuego.
Las tensiones que desde siempre han agobiado la región del Catatumbo impidieron que María Fernanda Carrascal viviera completo el paraíso amniótico. Dos meses antes del nacimiento, su familia tuvo que salir hacia Bogotá hostigada por las amenazas y las intimidaciones. Su padre, un estudioso líder cívico, había sido creador del sindicato de la Universidad Francisco de Paula Santander y uno de los organizadores del paro campesino nororiental de finales de los ochenta. Algunos no corrieron con la misma suerte imprecisa de los Carrascal. Los mataron.
En medio de tales condiciones se asomó a la vida esta joven activista, ocañera de origen, bogotana por desplazamiento, que influenciada por las causas que inspiraron a su padre, inició desde su época de colegiala la defensa de unos ideales que no son más que la protección de la vida, los derechos fundamentales y las libertades. Mafe, prefiere que la llamen así, no necesitó todos sus veintiocho años para entender que los problemas hoy de los labriegos del Catatumbo, de Tumaco, o de cualquiera otra región de Colombia sin Dios ni ley, son los mismos desde hace décadas: falta de oportunidades, de escuelas, de hospitales o de vías para sacar sus productos.
Llamar la atención sobre las injusticias de uno de los países más desiguales del mundo ha movido siempre las fibras de esta relacionista internacional de la Universidad del Rosario, artífice de distintos movimientos que convocan a variopintos grupos, especialmente de jóvenes que -valga recurrir al calificativo desdeñoso de un excandidato presidencial para los votantes de Gustavo Petro- son una plaga. Pero como las de los ciclos biológicos, María Fernanda dice pertenecer a una plaga necesaria para la transformación; una plaga de juventudes, ciudadanía, intelectuales, artistas y académicos que solo quieren que la mies sea mejor, que Colombia sea mejor, que la vida sea mejor.
Tres meses atrás, ella y un nutrido grupo de congéneres se dieron a la empresa El país primero, una que hasta último momento abogó para que los candidatos Humberto de la Calle, Sergio Fajardo y Gustavo Petro se postularan a una consulta popular que eligiera a uno de los tres como candidato de cara a la primera vuelta presidencial. Mafe se presentó ante cada uno, les llevó una franja de la bandera de Colombia y les pidió que la unieran; sin embargo, no la unieron y cada cual braceó por su cuenta en las aguas de los comicios del 27 de mayo. No hubo pola con De la Calle ni guacamole con Petro ni café con Fajardo; aunque sí con las candidatas Clara López Obregón y Ángela María Robledo. Café del que no bebió Claudia López por temas de agenda.
Luego, desde que solo Petro quedó en contienda para la segunda y definitiva vuelta, la tarea de esta muchachada acuciosa consistió en buscar el respaldo de quienes habían optado por los candidatos de la Coalición Colombia y del partido Liberal; una labor con visos quijotescos, más cuando los dos líderes, cautivos en su despecho poselectoral, decidieron desmarcarse de los candidatos en contienda y, de cierta manera, darle la espalda al país, sobre todo, a las víctimas del conflicto armado interno.
Pero más allá de la intención de conseguir prosélitos, el mérito de este colectivo, que bien podría desentenderse de los problemas del país y llevar su vida normal y tranquila, incluso en el exterior, está en el hecho de apostarle a un trabajo pedagógico con simbolismos y charlas y encuentros impulsados por su ánimo renovador. En esa misión de cuestionar a los corruptos, de apoyar el proceso de paz o de buscar un cambio en el poder, María Fernanda y su enjambre -metáfora de las abejas revolucionarias- se han ideado varias campañas que no se cimientan en mentiras ni propaganda negra sino en el sueño de una mejor nación, moderna e incluyente. Una nación con derecho a reconciliarse a partir del conocimiento de la verdad.
Llevaron a cabo la Corzotón, solidaridad satírica con el parlamentario al que años atrás no le alcanzaba el millonario sueldo para pagar la gasolina del carro; organizaron una guerra de almohadas para apoyar el fin del conflicto con las FARC; le llevaron serenata a Claudia López para buscar su respaldo a la campaña de la Colombia Humana. Seguro las músicas de César López, el inventor de la escopetarra, tocaron a la vehemente senadora y alcanzaron el cometido.
Al margen de las diferencias ideológicas, Mafe Carrascal piensa, como el eslogan de su causa, que hay que converger en lo que une y apuntar a que las discusiones no se reduzcan meramente a si se es de izquierda o de derecha. Es necesario evaluar otros matices como el de estar a favor de la vida o de que los jóvenes pobres sean carne de cañón en la guerra; o el de rechazar la corrupción o ser connivente con ella. Lo importante, responde a quienes la creen incongruente por ser de izquierda y estudiar en el Rosario, es que la educación superior, los servicios de salud o el empleo digno dejen de ser privilegio de pocos.
Precisamente el ingreso a la universidad reafirmó sus convicciones. Allí coincidió con estudiantes de distintos perfiles, muchos de ellos hijos de familias cercanas al poder, que además de cuestionarla por la buena marca de sus prendas, le vaticinaban que pronto se le acabaría el embeleco de querer cambiar el mundo. Esas represalias, por el contrario, la convencieron de sus propias posturas.
A pesar de los ímpetus de su juventud, María Fernanda ha tenido momentos de desencanto. En uno de esos, viajó a Argentina, donde justo se encontró con una niña, casi tocaya y afín a sus convicciones: Mafalda.
Mientras participaba con su hermano en un proyecto de digitalización de la célebre historieta, Mafe confirmó que lo único que la diferenciaba del personaje de Quino era el gusto por la sopa. Cada momento de su vida le ha indicado que escogió el camino correcto; desde que se daba licencia de escribir y debatir con sus profesores del Colegio del Rosario de Santo Domingo lanzó señales de que iba a ser una líder. Así lo advierte su trayectoria.
Hoy, cuando los resultados de las elecciones del pasado 17 de junio señalan el regreso inminente de Álvaro Uribe Vélez al poder, esta vez más totalitario, Mafe Carrascal no apaga su espíritu; por el contrario, continuará trabajando en las calles y las regiones con y para las nuevas ciudadanías, haciendo pedagogía, leyendo la letra menuda de leyes, normas y decretos para hacer la traducción correspondiente a esa sociedad afectada en sus derechos. Una compleja sociedad silente, impasible, temerosa y pasiva. Pero resulta que la pasividad no es asunto de Mafe Carrascal ni de la gente que la acompaña. Asegura que no obstante las agresiones y la estrategia de la mentira y la manipulación que suele utilizar el partido Centro Democrático, no los callarán.








