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La muerte de la jueza Polanía, de Cúcuta, pone sobre la mesa las condiciones infrahumanas en que se debaten las mujeres en el sistema judicial

La muerte de Vivian Polanía no puede quedar en el rumor ni en el juicio moral; debe marcar un punto de quiebre que impulse el silencio roto en la Rama Judicial, políticas reales de cuidado y el reconocimiento de que la autoridad no cancela la condición humana de una mujer.

La noticia se deslizó por los pasillos de los juzgados con la frialdad de una providencia que no admite recursos: murió Vivian Polanía, jueza de Cúcuta. Afuera, en las redes sociales, el ruido fue inmediato. Adentro, en la Rama Judicial, el silencio pesó más que cualquier titular. Un silencio denso, incómodo, cargado de preguntas que nadie quiere formular en voz alta.

Para quienes compartieron con ella audiencias, turnos interminables y expedientes que se apilan sin tregua, la muerte de Polanía no es solo una pérdida personal. Es el síntoma de un sistema que exige dureza, productividad y neutralidad absoluta, mientras castiga cualquier desviación del molde. A ella se le juzgó más por su imagen, su maquillaje o su vida privada que por sus valientes decisiones judiciales. Su temple en los estrados parecía incompatible, para muchos, con el derecho a seguir siendo mujer.

Desde la Asociación Colombiana de Mujeres Jueces (ACMJ), el duelo se mezcla con indignación. No se trata de idealizar a una funcionaria ni de blindar a la justicia de la crítica legítima. Se trata de reconocer que detrás de cada despacho hay una persona sometida a una presión constante: cargas laborales desbordadas, decisiones que afectan la libertad de otros, amenazas reales y un escrutinio público que rara vez distingue entre la función y la intimidad. Esto es todavía peor cuando se trata de una mujer.

La tragedia vuelve a poner sobre la mesa una discusión que incomoda: la forma en que se administra la justicia también puede enfermar a quienes la sostienen.

Mientras el presupuesto privilegia las cúpulas del sistema, en los juzgados municipales —la base donde se tramita la vida cotidiana del país— las soluciones llegan tarde, mal o por apenas unos días. Juezas que son, además, madres, proveedoras y cabezas de hogar, enfrentan jornadas que no terminan al cerrar el despacho y una cultura que les cobra caro cualquier gesto de humanidad.

“Algún día tendremos que hablar de esto sin pudor”, dicen voces del sector judicial. Hablar del desgaste emocional, del acoso mediático, del castigo social a la mujer que no encaja en el estereotipo de sobriedad aséptica. Hablar de la soledad detrás del estrado.

La muerte de Vivian Polanía no puede reducirse al rumor ni al juicio moral. Debe convertirse en un punto de inflexión. Un llamado a romper el silencio dentro de la Rama Judicial, a exigir políticas reales de cuidado y salud mental y a que la sociedad entienda que la autoridad judicial no anula la condición humana de una mujer.

Si la justicia pretende ser garante de derechos, debe empezar por proteger a quienes la administran. Que este duelo no se archive como un expediente más. Que sea, al menos, el inicio de una conversación impostergable sobre dignidad, género y humanidad en los tribunales de Colombia.