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Sonata con Manuela

El general José María Córdova, quien había conquistado el título en pleno campo de batalla cuando frente a un grupo de hombres lanzó una orden perentoria que después de hizo famosa, entró en la habitación donde lo esperaba una misión que para él sería definitiva.

-General- le dijo con voz pastosa el secretario que acababa de llegar de la lejana y brumosa Santa Fe de Bogotá-, el Libertador ha decidido encargarle a usted su vida misma. Debe partir al alba, al mando de veinte soldados para llevar a la capital a doña Manuela Sáenz, que va en tránsito desde Quito. Sobra decirle que usted es responsable de la seguridad e integridad de esa dama, a quien el genera Bolívar piensa encomendar el cuidado de la casa que le acaba de entregar la República como agradecimiento por sus servicios.

 Córdova no dijo nada. Con gesto inexpresivo fijó una larga mirada en el candil que chisporroteaba sobre la mesa, se cuadró militarmente y salió.

Cuando atravesaba el vano de la puerta, lo detuvo en seco la voz del secretario:

-No entiendo- replicó Córdoba con sequedad- por qué han nombrado un inspector. Conozco perfectamente mis deberes.

-No se trata de una inspección –dijo don Enrique, cuyo genio ligero le hizo subir los colores a la cara-. Se trata simplemente de darle a la entrada de doña Manuela a Santa Fe una representación distinta. Si lo hiciera rodeada únicamente por su servidumbre, sería una mujer más que va a hacerle compañía al Libertador. Su presencia y la mía tratarán de darle un leve tinte oficial al asunto… si es posible.

Córdova lo miró. Al frente vio a un hombre mayor, quizá de 70 años, cuya presencia juvenil se conservaba intacta. Seco, elegante, vestido a la manera inglesa de antes de la guerra, con ojos que en la oscuridad brillaban como dos carbones encendidos y con unos bigotes de desafiantes puntos hacia arriba, hablaba con un leve tinte irónico, que asomaba a veces en una sonrisa imperceptible, de grandes dientes manchados por el tabaco. La noche anterior, antes de conocerlo, uno de los soldados, el capitán Germán Espinosa, célebre por su intemperancia y por su obediencia bovina ante las órdenes de sus jefes, se lo había descrito en una sola palabra.

“Es un intelectual –le dijo-, uno de esos vagos de gabinete que creen que las batallas se ganan escribiendo libros de pacotilla”.

De manera que Córdova, a quien le interesaban de verdad todas las cosas que tuvieran que ver con la historia y la literatura, y que había leído y memorizado largos pasajes de Cervantes y algunos de los transparentes poemas de don Luis de Góngora, le preguntó a quemarropa:

– ¿Qué escribe usted?

-Muchas cosas –contestó don Enrique-. En este momento acaba de aparecer mi último libro. Lo editó Hoher. Y nos fue bien: en una semana vendimos todo el tiraje.

Y luego entusiasmado por un buen trago de whisky que alguien le pasó “para aflorarlas coyunturas”, le contó de un solo tirón algunos pormenores que hacían la vida doméstica de una ciudad como Santa Fe, arriscada y opaca, que sin embargo mantenía una vida cultural intensa, donde se discutía de filosofía, se coleccionaban las obras de Baltasar de Figueroa, y se colgaban en las paredes frente a unos gusanos cósmicos imaginados por un jovenzuelo apellidado Maigret, o Lebret, o Negret.

-Sí –dijo-, escribo como una forma de defensa. Usted es un militar, pero al mismo tiempo un hombre inteligente. Sería de los nuestros.

“En este momento nos sentimos acorralados. Los oficiales se creen dueños de la vida, honra y bienes, y como no tienen oficio definido, creen que su campo de acción se reduce a la política. Ahora, actúan en ella con voz de mando y disciplina de tropa en campo de batalla. Si seguimos así sólo podremos encaminarnos hacia una dictadura”.

– ¿Y usted qué hace para evitarlo? –preguntó Córdova súbitamente interesado.

-Ya se lo dije: escribo. Acabo de publicar Relatos de tierra fría, un libro donde cuento episodios históricos del siglo XIX y del XX.

-No se puede escribir historia sobre algo que aún no ha sucedido –replicó Córdova con viveza-. Eso sería literatura.

-No –contestó don Enrique-. El historiador es un visionario que vive día a día un drama impresionante. Estoy cansado de la historia, de seguirle la pista a un personaje a través de publicaciones muchas veces ilegibles, en pésimos papeles, libros de los cuales se editaron mucho quinientos ejemplares. Fíjese usted en López de Mesa: sus obras fundamentales aparecieron en tirajes mínimos.

– ¿López de Mesa? –preguntó el general-. Jamás he oído hablar de ese individuo.

-Ya oirá, general, ya oirá –contestó enigmáticamente don Enrique-. Y ahora vámonos, que parece que está a punto de salir la señora.

En efecto, alrededor de la tienda de Manuela se notaba un movimiento inusitado. Cuando ellos se acercaron pudieron verla: estaba esplendorosa. Los grandes bucles negros caían sobre sus senos que se veían opulentos y que ella hacía notar con sabiduría. Pero lo que más destacaba en esa figura que en ningún caso pasaría inadvertida, eran dos detalles de la indumentaria. El primero, que vestía pantalones para montar, en contra de la moral que consideraba sacrílego el que una mujer luciera prendas de hombre. Y el segundo, que no llevaba mangas. Cuando Córdova le besó la mano, todos notaron que se había puesto rojo como una granada. Para disimularlo, se preocupó de inmediato en dar voces de mando.

Esa noche, luego de una jornada sin problemas, salvo la aparición de una enorme serpiente que asustó a la señora y que fue eliminada de un pistoletazo, los tres se reunieron a tomar una copa de brandy.

-Me dice el general que usted escribe –dijo Manuela con su encantador acento de Quito dirigiéndose a don Enrique-. Me apasionan los versos. ¿Escribe versos?

-No, señora –contestó él lamentando por un momento no ser Byron o, siquiera, “el Tuerto” López-. Escribo historias y algunas ficciones.

– ¿Ficciones? –anotó Córdova-. No me lo había dicho.

-Sí –respondió él-. De mi libro Historia económica de Colombia, se han agotado varias ediciones. Lo mismo de América, una equivocación, y de Incienso y pólvora.

-Títulos, por lo demás, muy poco novelescos –dijo Manuela.

-Son novelas. La historia económica llega hasta 11960 y pico. Es una física y llana novela, una crónica sobre lo que habrá de suceder en el futuro.

-Qué interesante –dijo Manuela, mientras su mirada envolvía a Córdova perplejo-. A mí me gustaría escribir, pero pienso que aparte de algunas cartas, no sería capaz de nada más. Me fastidia el estudio.

-No es necesario estudiar mucho –dijo don Enrique tratando de ser gentil-. Sólo imaginar, soñar un poco.

– ¿Usted qué lee? –preguntó Córdova, sabiendo que en caso de apuro llevaba en su morral dos dramas de Shakespeare que podría comentar con fortuna.

-De ficción, poca cosa –dijo don Enrique-. El género que a mí me ha apasionado desde joven es el de las biografías. Si me tocara hacer una selección de ellas, comenzaría por hablar de Los cuatro evangelios, que narran aspectos de una trascendencia humana formidable, con una simplicidad y objetividad que mueve a envidia. Enumeraría también el Talleyrand, de Duff Cooper; el Voltaire, de Jan Orieux; el Metternich, de Raoul Auernheimer; una gran biografía, pequeñísima, de Napoleón, escrita por Merejkovsky; María Antonieta y Fouché, de Stefan Zweig, y Disraeli de Maurois.

-Me hace usted sentir como una ignorante –dijo Manuela-, y no sé si le suceda lo mismo al general. De toda esa gente sólo he oído mencionar, claro, al tirano Napoleón, y tal vez a Fouché y a María Antonieta. Pero de los demás sé poco o nada.

-Muchos de ellos no han nacido –explicó don Enrique-. Todo eso es pura ficción. Pero fíjense ustedes, la ficción es cosa fácil. A mí me encanta y me descansa. Uno inventa algo y lo echa a andar por donde le viene en gana. No sucede así con mi último libro. Rastrear a Etelvina, la amante de don Alejandro Bilbao, no fue cosa fácil. Ése fue un amor por completo secreto, que se alimentó bien, económicamente hablando, gracias al tesoro de Barreiro que los dos encontraron en el torreón habitó el chapetón poco antes de ser ejecutado. Mientras tanto, imaginar lo que habrá de suceder en 1988, por ejemplo, es delicioso. Consiste en acumular un poco de chismes sobre un personaje o una situación imaginarios. En alguna ocasión discutí con García Márquez la diferencia que hay entre un historiador, que no podría inventar que entre ustedes, si me disculpan, se presentó un gran romance, y un autor de novelas que podría escribir lo que quisiera sobre lo que aquí mismo sucede en este momento.

– ¿Quién es ese García Márquez? –preguntó Manuela, quien ante la ilusión retiró suavemente la mano que había olvidado entre las de Córdova.

-Ah –exclamó don Enrique-, es mi autor preferido. Él es nuestro auténtico libertador en lo que a literatura se refiere. No trató de parecerse a don Juan Varela, no imitó a Valle Inclán. Para mí es el escritor por encima de todos los mares y las montañas. Me parece un fenómeno. Pintó un mundo de guajiros a quienes les dan epidemias de amnesia, donde aparecen una muchacha que come cal, otra que es tan bella que se eleva hacia los cielos envuelta en una sábana, una papa que viene en canoa comiendo plátano por los ríos indóciles del trópico, unas puticas (perdón) que lo son de balde pero anotan en la cabecera de la cama, con navaja, cuántas veces ha ido el cliente. Todo eso, en mi opinión, convierte su literatura en nieta de los cronistas de Indias, que por haber salido de España cuando se vivía el auge de los libros de caballería, llegaron a América a ver fantasmas, indios de tres metros, ojiazules, con una sola pata, tribus donde los hombres se alimentaban del aire, de orquídeas, indígenas con un solo ojo o con orejas de perro, amazonas…

-Apenas lleguemos a Santa Fe tiene que presentármelo –dijo Córdova levemente celoso del interés demostrado por Manuela.

-Y a mí –añadió ella.

-No vive en Santa Fe –contestó don Enrique-. Odia a esa ciudad y la describe siempre como un sitio lleno de lloviznas y de campanas.

-Pero debería conocer a Bolívar –dijo Manuela-. A mí me parece que él da para una novela.

– ¿Qué más lee usted? –preguntó Córdova visiblemente molesto.

-Bueno, algunas novelas. En mí han influido El enano, de Lagerkvist, un joven francés llamado Marcel Proust, Fñaubert, con su Madame Bovary, cuya prosa es de una perfección impresionante, y últimamente Marguerite Yourcenar. Para escribir las Memorias de Adriano se necesita estar penetrada íntimamente de la Roma imperial.

– ¡Mujeres que escriben! –exclamó Manuela-. ¡Cómo cambian los tiempos! Y los hombres que escriben sobre mujeres. Si ese Flaubert es perfecto, me gustaría conocerlo. ¿Podría conseguirme un ejemplar de Madame Bovary? ¿Cómo es ella?

-En muchos aspectos es usted y en otros muchos su antítesis. Pero no hay ejemplares. Flaubert es un mocoso: tiene apenas cinco años.

-No nos tome del pelo –dijo Córdova-. Mejor dejemos descansar a la dama. Vamos, lo invito a otro trago.

Esa noche, después de una larga vigilia en la que Córdova habló enigmáticamente de los amores imposibles, compartieron la tienda de campaña. Con la última copa de brandy colocada dócilmente sobre el pecho, don Enrique le contó de Azorín; de Eça de Queiroz (“habrá u tiempo en que no le dirá nada a nadie, pero en mi época me conmovió profundamente”), de Ortega y Gasset, de Valle Inclán. Sentía que en alguna forma el general, apenas un muchacho, era terreno abonado para oponerse a la dictadura que se veía venir encima. Durante el día lo había observado con atención para descubrir su impetuosidad, su ánimo fogoso, y al mismo tiempo el trato gentil que daba a todo el mundo. Era indudablemente inteligente, casi brillante. Por eso, antes de conciliar el sueño, le habló de aquellas cosas que él consideraba interesantes para sacarlo del mundo de los cuarteles. Le contó de Relatos de tierra fría.

– ¿Por qué de tierra fría? –preguntó Córdova-. Por lo que usted cuenta ese García Márquez es un escritor del trópico, Adriano fue un emperador apasionado, María Antonieta fue degollada y la sangre tiene siempre una connotación calidad. Y pese al entusiasmo por ellos, usted se sienta a escribir y desde el título lo pone a uno en la necesidad de una prenda de lana que lo proteja del congelamiento.

-Bueno –contestó don Enrique-. Yo soy de tierra fría y la conozco a través de la vida, mientras que la tierra caliente es sólo una referencia, un sitio de veraneo. Florentino Suescún, ¿sabe usted quién es?, dice, como lo transcribo en mi libro, que sus tías le enseñaron que sudar es un acto de mala educación, y que la tierra caliente es una enfermedad que hincha los pies y da fiebres y sudores. Algún día Miguel Antonio Caro se enorgullecerá de no haber salido jamás de Bogotá. Puedo imaginar lo que escribirá este descendiente de las apasionadas Ibáñez. “Pienso morir, Dios mediante, sin conocer el mar”.

Y luego habló de muchas cosas. De Bogotá, que es un fraude al trópico; de Suaita, donde nació su padre, en la que alguien montó una fábrica de helados, una chocolatería y unos molinos de trigo; de los trozos novelados (¿o al revés?) de la Historia económica, del gasto de inconsciente que se da en la ficción; de la forma como logró conservar el ánimo, o el ánima, hasta su madurez; de su hacienda en Sopó, donde ya en su vejez, hacía obras “para dentro de 20 años, compuertas que no veré nunca”, y de los pleitos interminables en los que se empeñó, “que apenas están floreciendo”. Hasta que, poco a poco, como quien no quiere la cosa, entró de lleno al futuro de la Nueva Granada. Córdova lo seguía con atención. Hablaron hasta las dos o tres de la madrugada, sobre la dictadura, sobre el comportamiento militar, sobre los héroes sin oficio, sobre la democracia, sobre la presencia de Bolívar. Pero don Enrique, como todos los viejos, era inagotable.

De pronto oyó que Córdova daba un bote en la litera vecina.

– ¿Duerme usted? –preguntó.

-Manuela –fue lo único que obtuvo como respuesta.

Dos días más tarde llegaron a Santa Fe. Entraron de noche, cuando ya las buenas señoras de misa y olla habían rezado su último rosario y descansaban soñando en charreteras que propiamente no eran las de sus respectivos maridos. El desfile se hizo en silencio hasta San Carlos.

En la puerta, Bolívar los saludó a todos con un gesto:

-General –dijo-, ¿alguna novedad?

-No, excelencia.

-Don Enrique, le quedaré siempre agradecido.

-A sus órdenes, excelencia –contestó don Enrique.

-Buenas noches a todos.

Las grandes puertas se cerraron con suavidad detrás de los amantes. Esa noche, mientras ellos se dedicaban con furia a las delicias del amor y mientras don Enrique volvía a su hogar forrado de libros hasta el techo, Córdova, el héroe Ayacucho, el hijo mimado de aquel a quien nadie llamaba “Padre de la Patria”, como lo ordenó por decreto, tomó una resolución irrevocable, y optó por la libertad en contra de Bolívar.

Fernando Garavito Pardo (“Juan Mosca”), periodista, escritor, poeta y abogado (nunca ejerció). Es uno de los grandes cronistas colombianos. Nació en Bogotá en 1944 y murió trágicamente el 28 de octubre de 2010 en Nuevo México, Estados Unidos, donde vivía asilado desde cuando Álvaro Uribe Vélez, en 2002, le envió dos sicarios fallidos a la universidad bogotana donde daba cátedra de literatura. Se distinguió por su formidable cultura literaria y su pluma espléndida, llena de ingenio y humor.

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