Hui de mi casa con la ropa que tenía puesta. Sentía algo raro, me chirriaban las tripas, me dolía el estómago. Lo dejé todo, incluido el estudio, iba en Octavo. Yo no había dimensionado a lo que me estaba arriesgando; ni siquiera sabía lo que era el dinero. Sin embargo, tenía una confianza total en que no me iba a pasar nada malo. Desde ese momento asumí mi masculinidad. Me corté el cabello y me empecé a vestir como un hombre, la gente me trataba como a un sardinito.
Yo tenía una noviecita en el barrio, se llamaba Yeimy. Una chica morena, con crespos. Era toda bella, era la que me salvaba siempre. Y esta vez también me salvó, me llevó a vivir a su casa. Los papás trabajaban todo el día, salían muy temprano y volvían muy tarde. Cuando llegaban en la noche, Yeimy me encerraba en el closet hasta que todos se dormían, entonces yo salía y me acostaba en su cama. Ahí estuve escondido como una semana, hasta que a ella le dio miedo que nos pillaran(…)Después ya me fui a caminar… Me enfrenté a la calle. A esa calle del centro de Bogotá que no conocía para nada. Empecé a trabajar vendiendo galletas waffer y maní en los buses, en las esquinas, en todas partes: “Muy buenas tardes, señoras y señores, vengo ofreciéndoles la rica y deliciosa galleta waffer, la traigo de chocolate, vainilla y limón. Para su mayor economía lleve tres en quinientos, siete en mil…” y así conseguía lo del día.
Solamente el primer día, cuando quedé solo y sin apoyo, me fui a dormir a un parque. La primera noche en la calle es una cosa aterradora. Ya después aprendí a pagar residencias del día a día. Unos lugares donde te alquilan una vaina para dormir esa noche, obviamente es un contexto de mucha pobreza. Yo no sé…, hay algo que pasa con el miedo en la calle…, como que uno aprende y se hace valiente(…) Entonces tú te vuelves así, un nómada. Coges tu mochila o tu maleta y ya. Dos mudas de ropa, tú no tienes más, una puesta y otra en la maleta. ¿Cómo lavas? En las noches en el lavamanos, uno siempre tiene su jaboncito para bañarse y mantener limpias sus cosas. El cepillo de dientes y la crema. No cargas nada más porque no puedes tener nada más. Hoy amaneces aquí y mañana no sabes donde, todo lo que tienes lo llevas contigo. Estoy hablando de dormir en una especie de hostales a los que incluso llega mucha gente a tener sexo. Uno escuchaba por las noches todo tipo de gemidos (risas)(…)Nunca tienes un espacio donde puedes descargar la mochila porque estás todo el tiempo con un ojo abierto esperando a ver qué pasa, quién se te va a meter por la noche… Yo sentía que dentro de mí había una fuerza que me llevaba a cuidarme mucho.
Poco a poco empecé a saber cómo era la jugada. Encontré los lugares donde duermen los mochileros, la gente que viaja barato, los extranjeros, los artesanos. En esos lugares es más costoso, pero menos hostil. Ya tú aprendes a vivir, a hacerte cargo de tu vida y te vuelves abeja, avispado. Yo no sé, hay una chispa en la sobrevivencia humana que hace eso. Y yo era abeja, trabajaba, vendía, me iba re-bien, ahorraba(…) Ahí comprendí lo que es hacerse cargo de uno mismo. Y gracias a la vida llegué siempre a lugares donde algo me protegió.
Yo me subía a los buses a vender galletas y pasaban muchas cosas: conocía gente, sucedían chascos, a veces me iba mal, a veces me iba bien. Pero siempre vivía lo que dice el refrán: “El que trabaja come”. La calle te da si tu actúas, pero si te quedas quieto te mueres de hambre. Uno se vuelve todero, aprende a hacer lo que toque, desde que no sea robar u otras cosas que atenten contra otra persona. Si tenías que vender, vendías; si tenías que pararte a repartir publicidad de políticos, te parabas a repartir publicidad…
En la calle vive todo el mundo: el ñero, el pandillero, el jíbaro, la prostituta, la travesti, el vendedor ambulante… Hay algo en común en la calle: la drogadicción. Tú ya sabías qué es una bicha, un bazuco, qué es la cocaína, qué un ácido, qué es un bareto. Yo veía esa decadencia a mi alrededor y tampoco me sentía parte de eso. Jamás probé el bazuco, ni la mayoría de esas cosas. Sólo probé la marihuana, el cigarrillo y el alcohol. Doy gracias al universo porque ya tenía una conciencia que me protegía: “Uy, yo no quiero terminar así”(…)
Conocí de cerca las llamadas ‘ollas’ en El Cartucho de Bogotá. La ‘olla’ no es la casa donde venden droga o donde van a fumar, no. La ‘olla’ es una olla, literalmente, muy grande en la que cocinan huesos de muertos, de NN que nadie reclama, mezclados con todo lo que no sirve: basura, escoria, etcétera y luego se fuman eso. Siento que en la calle yo como que trascendí algo. Cuando tú estás constantemente al borde de la muerte, hay algo que se transforma en tu interior.
En la calle empecé a conocer esas cosas y vi que la droga no es solamente algo físico, sino además como una fuerza oscura, ESE es el infierno. Esos lugares huelen a azufre, esos lugares huelen a mierda, huelen a abandono. Yo veía esos seres que se reunían a meter droga, carraqueando a las dos de la mañana porque el cuerpo les pedía más. Eran como seres sin alma, con la mirada perdida. Habían sido y continuaban siendo rechazados, muchos nacieron allá mismo, en el abandono, ignorados totalmente. De nuevo cuando vienen a mí esos recuerdos siento que siempre he tenido una protección, algo que me guarda. Yo andaba a las dos de la mañana en las ollas, les hacía mandados a las prostitutas, era amigo de las travestis; le ayudaba al cura: le llevaba sus remedios, sus encargos.
Y ese no es el único horror de la calle. Vi todo lo que llaman ‘limpieza social’. El sufrimiento de las prostitutas, los asesinatos de las travestis, la persecución, la guerra entre barrios. Los abusos de la policía y de otros entes del estado. Yo veía lo que sucedía a mi alrededor, compartía con todos ellos lo cotidiano(…) Entonces yo veía todo eso y decía: “Yo esto no lo quiero, no lo quiero, no lo quiero”. Y empecé a sentir ganas de salir de ese lugar.
A veces me sentía triste, solo, no me daban ganas de nada. Las depresiones se pasaban en una cantina con una rockola, un aparato en el que uno echaba monedas y ponía música. Me acuerdo que me iba con unos amiguitos que tenía y nos poníamos a tomar cerveza. Yo sabía que estaba deprimido cuando tomaba(…) En la calle no hay tiempo para la depresión porque en medio está la sobrevivencia. De los habitantes de calle aprendí a compartir, a trabajar, a ser humilde, a valorarlo todo más. A ser feliz con las cosas simples, con muy poco.
Yo fumé marihuana como catorce años de mi vida y siento que la marihuana me salvó de suicidarme. No era todo el día pegado al cacho, no. Era solamente antes de dormir, porque además me daban ataques de pánico. Era horrible. Hasta el día de hoy sigo superando todos esos traumas. ¿Qué hace uno con ataques de ansiedad y de pánico, sin un apoyo emocional psiquiátrico, médico? ¿Sin amigos, sin conocidos, sin familia? Pues uno tiene que buscar las formas de no hundirse del todo(…)
Y también en la calle conocí un personaje que fue muy importante para mí. Era negro, tenía sus cincuenta y cuatro años, le decíamos El Maestro. Había sido una persona estudiada que cayó en la droga. Era artesano y líder comunitario, cambiaba libros por vicio. Él vio mi talento para organizar la comunidad y juntos armamos una escuelita para los niños de la zona, donde está lo que se llama el Tercer Milenio que antes era El Cartucho. Ahí debajo hay huesos de mucha gente desaparecida. Por él aprendí a leer filosofía, (…) luego me llevó por lo social, y por lo social vi todas las tendencias políticas: conocí la anarquía, el comunismo(…)Era un personaje muy especial, se convirtió en mi protector y nos hicimos parceros, lo que se dice en la calle parceros, muy amigos. La comunidad lo respetaba, lo querían mucho(…) Yo era todo el tiempo detrás de él cuando no estaba trabajando, porque siempre me daba mucho ánimo y me decía que yo era muy especial(…)
Yo estaba tan lleno de indignación, de rabia, que solamente quería matar a todos los que atentan contra la gente más pobre. Pero él me dijo: “Ni un arma, ni una bala” y comenzó a hablar sobre Mahatma Gandhi y su teoría de la No Violencia. Siento que en ese tiempo yo como que trascendí algo. Cuando tú estás permanentemente en peligro, al borde de la muerte, hay algo que se transforma en ti.
Me empecé a cansar de esa vida, de estar pagando hoteles y todo el tiempo córrale pacá y pallá sin descansar, porque uno realmente no descansa. En un momento dije: “Me merezco algo mejor. Yo quiero un lugar donde pueda descansar tranquilo, donde pueda descargar la maleta”.
Hasta que un día me subí a un bus que iba por la décima y empecé a ofrecer mis productos: “Muy buenas tardes, señoras y señores, vengo ofreciéndoles la rica y deliciosa galleta waffer…” De pronto en el último puesto de atrás vi a una chica espectacular, le pasé las galletas y tuvimos un instante como de turbación, ella me daba las galletas… y no me las daba…, buscaba el dinero, muy nerviosa. “Cógelas, te las regalo”-le dije. Me miró fijamente –fueron segundos, porque en el bus todo eran solo segundos– “¿Tú necesitas trabajo?”-me preguntó. “Sí claro, yo estoy buscando trabajo” “Esta es mi tarjeta, llámame, de pronto podemos hacer algo”. Yo cogí la tarjeta, me la eché en el bolsillo de atrás, me bajé del bus y quedé súper enamorado(…) Todos los días tocaba la tarjeta y me preguntaba: “¿La llamo o no la llamo?”, hasta que decidí llamarla. “Listo, nos vemos en la Plaza de Bolívar, ¿la conoces? ¿vas solo…, sola…?”-me preguntó como dudando, porque yo me vestía como un hombre, pero mi voz, mi fisionomía y todo era de una chica. Llegué súper nervioso a mi cita con ella, empezamos a hablar, se llamaba Pilar: “en mi casa hay una lavandería y necesitamos una persona para que trabaje ahí. Te puedo ofrecer un mínimo”. Yo no lo podía creer. Mientras dudaba y sentía miedo de no ser capaz, mi mente me dijo: “Tengo que hacerlo, voy a darme esta oportunidad”(…) Pilar me presentó a su papá y su mamá. Ella estaba haciéndose cargo de ellos dos y de los negocios de su familia. Empecé a trabajar con las pilas puestas, y a ellos les empezó a gustar mi trabajo(…) El último tiempo nos había ido re-bien en la lavandería y me invitaron a pasar esa noche con ellos. Hacía mucho tiempo que yo no pasaba Navidad en una casa. Mis navidades eran con las trasvestis en la calle, en las rockolas oyendo música, llevándoles regalos a los niños más pobres…, esas eran mis navidades. Pero ese año fue diferente, compré ropa para mí y regalos para llevar. Y esa noche decidí decirle a Pilar que ella me encantaba. “Yo también siento lo mismo” –me respondió. Decidimos vivir ese amor, duramos ocho años juntos y yo terminé viviendo con ellos.
Un día decidí terminar mi bachillerato y me inscribí en una nocturna en Chapinero que se llama Manuela Beltrán, en la esquina se paraban todas las travestis a putiar. Me tocó matricularme como Yasmín porque aún no había hecho oficial mi cambio de nombre. Allá me llamaban Pollito y había más gente como yo. Estudiaba con gamines, con ñeros, con prostitutas. Estudiaba con todos los jóvenes que el sistema excluye, entonces no era el único trans. Uno vive la discriminación todo el tiempo, todo el tiempo. Tienes que volverte fuerte porque si no, colapsas, no puedes seguir. Aunque a uno le duele, no hay tiempo de pensar en eso.
En el colegio empecé a aprender mucho. Me gustaban sobre todo filosofía y sociales. Quería saber acerca de la libertad, siempre con un compromiso social por todo lo que había vivido, por lo que había visto en la calle. Yo decía: “¡Uy no!, ¿cómo se cambia esto? ¿cómo se construye una sociedad donde quepamos todos?”. Ese ha sido mi impulso en la vida. Yo sentía que era indispensable estudiar para que mi ‘yo esencial’ pudiera surgir(…).
Algún día en Chapinero yendo hacia el colegio, vi un letrero que decía: “Ayuda psicológica gratuita para personas LGBTI”. No lo podía creer: “¡Uao! ¿hay alguien que lo apoya a uno y lo puede entender?”. Llamé y pedí una cita que me programaron para el mes siguiente(…)Super tímido y ansioso llegué a mi cita con el psicólogo Alberto Duarte, un chico homosexual, un hombre muy chévere. Lo primero que me dijo fue: “¿Cómo quieres que te llame?”, “Martín” le respondí. De una conecté con él porque era la primera vez en mi vida que alguien me hacía esa pregunta. Estuve en terapia durante un año y literalmente transformó mi vida(…) Con Alberto saqué lo que había acumulado por veinti tantos años. Había vivido acumulando y callando. Por eso ahora es un momento donde yo saco para sanar. Alberto me conectó con Elsa madre de Jerónimo, un chico trans que me acogió y me presentó a su parche. Él tenía un grupo que se llamaba Transitando donde encontré mucha gente como yo(…)
Todo iba re bien en mi relación con Pilar hasta que le conté de mis hallazgos y un día la invité a una reunión de familias diversas: “Ven y me acompañas, quiero que conozcas el grupo al que pertenezco”. “No, yo no quiero saber nada de ese mundo” –me contestó. Ella siempre había estado enamorada de hombres, se sentía una mujer heterosexual y cuando le preguntaban si era lesbiana, entraba en shock. Aunque conmigo se dio la oportunidad de estar con una persona diferente, siempre andaba en ese dilema: “Yo no soy lesbiana, a mí no me gustan las mujeres, Yas es una excepción, además… no sé… Yas no es una mujer, Yas es también Martín.” Pero ¿cómo le iba a decir eso a la sociedad y al resto de la familia?
En Transitando me empoderaron, me hablaron de derechos y empecé a sentir unas ganas fuertes de hacer un tránsito hormonal y cambiarme el nombre para ser más masculino. Cuando me sentí seguro, tomé la decisión de contarle a Pilar.
—Quiero hablar contigo de algo muy importante para mí, espero me escuches y me entiendas… Definitivamente voy a hacer el tránsito— le dije
— ¡¿Qué?! no, pero ¿cómo así? Si yo me enamoré de ti así como eres.
—No, pero es que este no soy yo. No quiero seguir así, me siento ahogado, me siento encerrado y necesito permitir que ese que hay dentro de mí, salga a la luz— le respondí.
—Bueno, no te puedo acompañar en esto, no sé cómo hacerlo. Me duele, pero prefiero ser sincera ahora…— me dijo llorando.
—También me duele apartarme de ti, pero te entiendo. Sé que esto debo asumirlo solo.
A los pocos días acordamos nuestra separación. Me fui, obviamente hice mi duelo, pero en esa época yo no lloraba por amor ni nada de eso. En esa época no era tan profundo, ahora es que me volví todo cursi y trascendental (risas). Eso era sin dolor. Además, no había tiempo para llorar, tocaba trabajar y salir adelante(…).
Me vinculé a Transitando como voluntario. Íbamos a espacios de incidencia política, posicionamos los temas trans en muchos lugares. Hacíamos arte, teníamos un grupo de escritura y montábamos performances. Visibilizábamos la realidad de las personas trans a través del arte. Mis búsquedas en ese sentido se volvieron prioridad.
Empecé a postularme en agencias de empleo para conseguir trabajo, pero era difícil porque no podía ir como Martín, vestido de chico. Me tocó volver a ser Yasmín porque en mi cédula aún aparecía ese nombre y SEXO: F de femenino, aunque mi identidad de género ya era masculina(…) Cuando ya logré aparecer como Martín en la cédula, me aceptaban para el trabajo y todo iba bien, hasta cuando me hacían el proceso de entrada y se daban cuenta de que en el documento había una F, de femenino, y que yo era una mujer…, entonces… no me daban el empleo. Viví ese rechazo en muchos lugares. No conseguía trabajo y no conseguía trabajo(…)
Un día cuando estaba haciendo la fila para buscar trabajo, escuché a dos señores –que parecían los dueños– preocupados porque un empleado no llegaba. Me salí de la fila y les dije: “¿Les puedo ayudar en algo?” Me miraron sorprendidos: “¿Tiene tiempo?” Les contesté que sí y me entregaron un disfraz de oso: “Póngase este traje y nos acompaña. Tiene que bailar y repartirles bombas a los niños”. Era un traje amarillo, con una cabeza enorme de Osito Woodys. Ahí mismo en la calle me lo puse. Casi no podía respirar metido en ese muñeco y me tocaba alegrar a los niños que compraban un helado. Me empezaron a llevar a los distintos puntos de venta de Bogotá.
Al tiempo me dijeron que me querían contratar. Fue la primera vez en mi vida que trabajé en una empresa, con un sueldo y un contrato, eso era maravilloso. Me lo empecé a gozar. Me tocaba caminar por toda la séptima, desde un punto de venta en la plaza de Bolívar, hasta la 19 y me hice amigo de una muelita gigante que trabajaba en un consultorio odontológico repartiendo publicidad y de una vaquita de un restaurante de hamburguesas El Rodeo. Los tres salíamos a las 5 de la tarde y nos íbamos caminando disfrazados, cogidos de la mano, fumando marihuana por debajo de esos trajes, cantando y bailando. La pasábamos super rico. Me puse las pilas y me fue re–bien, pero después de un tiempo me cansé, entonces me pasaron a un punto de venta de helados en Galerías(…).
Cuando empecé a trabajar me encontré realmente con los géneros. Ahí me di cuenta de que la sociedad está organizada de una forma determinada. Hay un trabajo para hombres y otro para mujeres. Empecé a vivir lo que significa el género física y socialmente. Cuando tú ya tienes que ganarte el pan de cada día y vas a buscar un trabajo vestido de chico, siendo una chica, te rechazan porque eres raro. No te emplean porque inmediatamente eres criminalizado, eres sospechoso de algo. Y si eres una chica machorra y vas vestida de chica, también eres sospechosa. Entonces uno empieza a entender que no tiene un lugar real en la sociedad y a veces le toca actuar. A mí me tocaba actuar para no morirme de hambre. Aprendí a ser como el camaleón, hasta que un día dije: “No más, yo no tengo por qué fingir nada, no tengo que ocultarme, tengo que ser yo. Sé que alguna vez voy a salir adelante”.
Yo soñaba con ser una persona muy educada. Recuerdo que siempre quise ser profesor, siempre, desde chiquita, porque quería ser como mi abuelita, profesora. “Yo tengo que ser el mejor profesor del mundo”, ese era mi sueño. Siempre luché por eso. Y siempre hubo algo en mí, como una fe en que yo podía llegar a ser lo que quisiera. Sin embargo, recibí mucho maltrato, mucha discriminación. No me arrendaban un lugar para vivir, los hombres machistas me golpeaban. No sabía lo que me esperaba cuando salía a la calle. Creo que las personas trans vivimos eso: cuando salimos no sabemos si regresamos vivas. No sabemos lo que nos espera.








