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Alicia Dussan, una mujer sin tiempo

El fin de la gran guerra europea generó una época de fe en el futuro para la gente de los países de occidente: los “felices” años veinte. Las nuevas formas de producción inventadas por Ford, junto con el descubrimiento del crédito generalizadoy de las ventas a plazos, y una bonanza económica en Estados Unidos por sus negocios en la guerra, crearon la ilusión de un futuro donde todo parecía posible. Sin embargo, en Europa y América Latina, a pesar de la emergencia vigorosa del consumismo, la falta de confianza en los gobernantes y de su capacidad para buscar el bienestar de todos los ciudadanos reforzaban unas condiciones políticas y sociales inestables y riesgosas, lo que se agravó con la crisis de 1929. Un país marginal como Colombia recibía los impulsos tardíos de la rueda de la historia europea y de los Estados Unidos. Apenas llegaban los primeros automóviles con motor a gasolina a las ciudades de Colombia y el presidente Pedro Nel Ospina había contratado a Edwin Walker Kemmerer y su equipo para que le diera orden a las finanzas y la administración pública. Pero los movimientos sociales y los trabajadores vivían una época difícil: en 1927 ocurrió la masacre de las bananeras, un hecho más de la violencia oficial en respuesta a las demandas de los trabajadores, los arrendatarios rurales y los artesanos. Este panorama creó las condiciones para la Revolución en Marcha de López Pumarejo en 1934, que consistió en un conjunto de decisiones para disminuir la presión social y las tensiones políticas. Los años treinta del siglo XX precedieron a la violencia de los cuarenta y cincuenta.

En ese mundo nació, en 1920, Alicia Dussán Maldonado, quien hoy, cien años después, sigue pensando en el país con la misma preocupación de su juventud, como lo evidencian sus conversaciones con su hija Helena y con algunos amigos cercanos a quienes pregunta por detalles de la ciencia, la política y la sociedad de América Latina. Su padre, Agustín Dussán Quiroga, un comerciante huilense, hizo una fortuna llevando sombreros de Suaza, un pueblo de artesanos del Huila, a Chicago, donde eran muy apreciados por su parecido con los sombreros Panamá. La educó sin las limitaciones de género impuestas entonces a las mujeres y le dio lo necesario para que aprendiera a vivir en libertad. Su madre, Lucrecia Maldonado Parra, sobrina nieta de Aquileo Parra, descendiente de una familia importante del pueblo de Chocontá en el norte de la Sabana de Bogotá, le transmitió su carácter liberal y católico. Esa formación fue fortalecida en el Gimnasio Femenino, un colegio de la elite bogotana que apenas iniciaba sus labores, donde se implementaron métodos novedosos de educación en las ciencias, las artes y la política, temas hasta entonces lejanos para las mujeres; también allí Alicia descubrió que el racismo y el clasismo no reñían con el liberalismo y los discursos incluyentes. En 1934 viajó a Berlín en compañía de María Vieira, pero la situación de Europa no estaba para quedarse. Fue una de las primeras mujeres en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia donde se destacó, como cuenta Alfonso López Michelsen, hasta que, en octubre de 1939 conoció en una feria artesanal a Gerardo Reichel-Dolmatoff, quien sería su esposo y compañero de trabajo hasta su muerte.

Alicia Dussán se convirtió a la etnografía en el grupo de estudiantes que Paul Rivet organizó en Colombia. Tras un curso de cerca de un año, Rivet los envió a hacer investigaciones arqueológicas, descripciones lingüísticas, informes etnográficos y fichas biológicas que incluían tipos de sangre y medidas antropomórficas de comunidades indígenas apartadas. Así se inició un proyecto coherente y sistemático de investigaciones diseñado y ejecutado por Alicia y su esposo, el cual les tomó muchos años. Publicaron juntos varias decenas de artículos y libros producidos en un intercambio de opiniones y observaciones; discutían sus hallazgos y preparaban los reportes para hacerlos más claros y precisos. Crearon juntos el Instituto Etnológico del Magdalena y el Museo en Santa Marta, instituyeron la primera cátedra de antropología médica en América Latina en la Universidad de Cartagena. Convirtieron su hogar en Cartagena en un puerto de llegada obligatoria para todos los científicos y estudiosos que vinieron a América Latina o viajaron a través de sus fronteras. En ese equipo que logró reconocimiento de la academia internacional, Alicia asumió además la responsabilidad por la organización del trabajo de campo, una tarea muy compleja en un tiempo en el que las comunicaciones eran difíciles y la incertidumbre obligaba a responder a muchos problemas sobre la marcha.

Alicia Dussan
Alicia Dussan

Se propusieron estudiar, comprender y explicar la historia de los seres humanos y sus culturas en el Caribe colombiano como un aporte al cubrimiento de una necesidad fundamental para construir una sociedad distinta. Iniciaron sus investigaciones con la búsqueda y excavación de lugares de vivienda de los primeros seres humanos en estos territorios; buscaron pruebas de la manera como domesticaron plantas y animales que hoy son la base de nuestra alimentación; reconstruyeron y estudiaron el arte manifiesto en la pintura y escultura sobre cerámicas de tecnologías variadas y explicaron la importancia del color, el olor, la textura, en objetos de piedra y de metal; recuperaron e interpretaron sistemas filosóficos complejos y fascinantes y sus relaciones con las ideas sobre la vida, la naturaleza y la humanidad; vivieron en una comunidad en transición para describir los comportamientos, los vacíos y opciones en esos períodos de cambio; estuvieron seis años al este del río Magdalena, en el Cesar, Magdalena, Guajira, en la Sierra Nevada de Santa Marta, en los pueblos del río. Luego estuvieron otro tanto al oeste del río, con base en Cartagena, para terminar otros diez años de trabajo entre las comunidades del Atrato, en las selvas del Chocó y en las costas del Pacífico.

Alicia Dussan junto a los Arqueólogos y esposos Betty Meggers y Cliford Evans. Foto de Gerardo Reichel-Dolmatof.
Alicia Dussan junto a los Arqueólogos y esposos Betty Meggers y Cliford Evans. Foto de Gerardo Reichel-Dolmatof.

La estadía de un año en Aritama, nombre ficticio para la población de Antánquez, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, fue una fuente de ideas y ejemplos para entender la transición en la que estaba sumida Colombia y América Latina. Descubrieron formas de solidaridad y reciprocidad en los intercambios de comida y la repartición de alimentos que publicaron en 1953; hicieron un diagnóstico detallado de la salud y el complejo de medicina popular propio de una sociedad que se abre al mundo (1959) y basaron en este trabajo sus sugerencias para los médicos y administradores, describiendo las concepciones de la enfermedad y el funcionamiento del organismo, la etiología de las enfermedades y los mecanismos de tratamiento preventivo, las profilaxis, formas de diagnóstico y terapéutica y la función social de la enfermedad. Alicia demostró a través de su estudio sobre la mochila de fique (1960) que los problemas de comprensión de la cultura y la organización social frustran los anhelos diseñados desde la lejanía para el “desarrollo” local, describiendo el fracaso de un proyecto para convertir a los constructores de mochilas en industriales de los sacos para la exportación del café. Dos modelos del mundo en colisión silenciosa.

La cercanía del nacimiento de su primera hija le impidió subir con su esposo a vivir un período entre los indígenas Kogi, así que se estableció en Taganga, una comunidad de pescadores cuyas mujeres comerciaban el pescado en la ciudad de Santa Marta. Explicó, en su trabajo sobre la personalidad masculina y femenina (1954) en Taganga, que las mujeres eran agentes transformadoras que entraban en contacto con la ciudad y las formas del mercado capitalista y producían cambios impensados en las formas de producción local. Un temprano trabajo sobre la relación local/global y una primera lección de la necesidad de aplicar una perspectiva de género para entender el mundo en movimiento.

Alicia Dussán vive su vida por fuera del tiempo; se hizo investigadora de campo, con todas sus implicaciones, algo impensado entonces para las mujeres; publicó trabajos sobre temas que no eran del interés de nadie, pero que explicaban el alma del país y describían sus maneras profundas; creó una escuela de antropología en Colombia y buscó que la sociedad de Colombia entendiera el valor político y educativo de los museos; se integró a las academias de ciencias y fue invitada a ser la única mujer de América del Sur en la Academia de Ciencias del tercer mundo; en el siglo XXI, demuestra que cien años de edad no son un obstáculo para seguir pensando y planeando investigaciones que considera necesarias y no pierde oportunidad para tener experiencias nuevas: celebró su cumpleaños 84 volando en parapente sobre Piedecuesta, cerca de Bucaramanga. Fue la esposa de Gerardo Reichel-Dolmatoff y la madre de Alex René (artista), Inés (antropóloga), Elizabeth (antropóloga) y Helena (Bióloga).

Alicia Dussán sigue construyendo una huella en la vida de Colombia y es un ejemplo de entereza, entrega y seriedad en el difícil arte de vivir la vida. Una mujer libre que no termina de aprender de todo lo que observa.

Alicia Dussan preparándose para volar en Parapente. Piedecuesta. Santander.
Alicia Dussan preparándose para volar en Parapente. Piedecuesta. Santander.