Cuando se habla de geopolítica se piensa, de manera casi inmediata, en ejércitos, tratados, fronteras y estrategias. Se piensa en mapamundis que nuestros cuerpos observan, pero no ocupan. Se piensa en decisiones que se toman en salas cerradas, en diferentes idiomas y se ejecutan sobre territorios ajenos, lejanos y hasta desconocidos. Casi nunca se piensa en las artes, en las culturas, en los saberes, no hacen parte del discurso. Y ese olvido no es casual: es profundamente político.
Durante años nos han dicho que la cultura acompaña, que sirve para “reconstruir” tejidos sociales deshechos, “sensibilizar” los conflictos conseguidos por quienes deciden la guerra, por quienes la ejecutan y se benefician de ella. Nos asignaron un lugar cómodo: el del espectáculo, la memoria “bonita”, lo “simbólico” amable, la celebración inofensiva, el divertimento necesario, la distracción, que debería ser obligatoria. Y aceptamos estos espacios, muchas veces, no porque quisiéramos, sino porque nos hicieron creer que no había otro lugar posible.
Pero nuestras músicas cruzaron fronteras antes que los tratados. Nuestros cuerpos ocuparon escenarios que el poder nunca nos quiso conceder. Nuestras lenguas, danzas, escenas, comparsas y rituales sostuvieron la vida allí donde la política oficial solo produjo abandono. En Palestina, por ejemplo, vemos el juego sostener la vida, las cuerdas de las guitarras mantener niños y niñas desahuciados por el mundo, sin embargo, esto, que no es más que una cultura de paz dando primeros y únicos auxilios, es banalizado por el mismo mundo que desahucia y resulta que todo esto también es geopolítica. Y quizá la más efectiva.
Lo que conocemos como imperialismo —aunque incomode nombrarlo, aunque parezca viejo, anticuado, “sesentero” dicen— no busca solo tierras o recursos. Busca cuerpos obedientes, mentes colonizadas, culturas despojadas de su potencia.
Por eso no nos temen cuando cantamos: nos temen cuando entendemos y entienden lo que ese canto significa.
“Hace más de cinco siglos
Que los vagos del gobierno
Arribaron del infierno
En los barcos de un pirata
Con lepras, curas y ratas
A llevarse sin pagar
Oro, plata y Reficar
Agua, tierra, pan y leche
Y a lavar con Odebreche
Las lucas en Panamá” Edson Velandia
Les asusta que sepamos que somos poder cultural. Que comprendamos que nuestras culturas no son “folklore” ni identidad blanda, sino conocimiento estratégico, memoria activa y posibilidad de futuro. Les aterra imaginar que nuestras danzas puedan desarmar sus jerarquías, que nuestras voces desorganicen su orden, que nuestras narraciones disputen el sentido del mundo.
Entonces vale decirlo sin rodeos: sacar a las artes y a las culturas del discurso político nacional e internacional es una forma de despojo. Usar la cultura como escenario, pero no como argumento, es una manera sofisticada de silenciamiento. Nos invitan a ocupar tarimas, pero no mesas de decisión.
Disputar el lugar de las artes, las culturas y los saberes es disputar el corazón mismo del poder. Es recuperar el derecho de los pueblos a narrarse, a nombrarse y a proyectarse. Es asumir que la soberanía no termina en las fronteras, porque también se defiende en la memoria, en el lenguaje, en el cuerpo y en la creación. Es una cultura de paz viva y tomando posición.
Porque la batalla que atravesamos es cultural. Y esta vez, a diferencia de otras, tenemos todas las formas de ganarla, porque nuestra soberanía, también es cultural. Porque donde no hay poesía, no hay vida.
* Coordinadora equipa de Paz - Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.
