Nos vamos a quedar sin enemigos

28 Mayo, 2026
  • A través de un campesino de Caquetá, el autor contrasta la dura realidad de la Colombia invisible con el ego de la polarización política en redes. Una crítica que invita a mirar la calle en lugar de las tarimas de campaña.


Por JOSÉ ALEJANDRO GONZÁLEZ

 Al mediodía, en Belén de los Andaquíes, Caquetá, caminaba con mi cámara buscando personas para hacerles un retrato. A lo lejos, por una calle sin pavimentar, se acercaba un señor jalando un caballo cargado de los alimentos que había sembrado hacía meses. Venía cansado, después de caminar cinco horas, tratando de llegar cuanto antes al mercado para vender su cosecha. Había llovido; su ropa estaba desalineada, su bigote mal arreglado, llevaba un sombrero con más de treinta años de vida y un mal genio evidente. Sin embargo, cuando lo saludé, fue muy amable. Me contó que no le iban a dar mucho por sus productos, pero que tenía que cumplir con la tarea. Me dijo que vivía solo en una vereda sin carreteras y que estaba muy enfermo, pero que allí no había médicos. Finalmente, se despidió porque se le hacía tarde. Ese día le tomé la foto en mi cabeza. El señor siguió su camino y yo me quedé con él en el corazón.

 

Nadie iba a darle un like por ese viaje.

Se acercan las elecciones en Colombia. Faltan unos días para elegir a nuestro próximo presidente o presidenta, y no olvidemos que esta vez asesinaron a un candidato. Lo menciono porque a Colombia esas cosas se le olvidan.

Algo ha cambiado. La política se abrió: ahora cualquier persona puede ser ministro y, por primera vez, hay un ojo puesto en los más desfavorecidos. Eso no es poco. Sin embargo, aterra el nivel del discurso de ambas partes hacia el contrario; queda en el aire la sensación de que un país es uno y el otro es uno muy diferente. Según nuestra historia política, resulta extraño creer tener tanto la razón, anular al otro y salir a las redes a atacarse, mostrándose tan correctos y tan acertados en el camino que se debe tomar. Es una pelea a muerte entre la izquierda y la derecha, algo que tiene sentido si miramos nuestra historia, pero que supongo deja a mucha gente afuera, mirando con desprecio esa batalla que promete arreglarle la vida a todos, mientras se entera de los muertos, de las malas noticias y de las subidas de impuestos por televisión. La gente está ocupada viviendo. Yendo en bus, camión o bicicleta por todo el país; cumpliendo con su deber y haciendo su parte sin ningún privilegio ni reconocimiento, sin likes ni comentarios. Ellos, desde su vida privada, esperando que las condiciones se den, van recibiendo de la actualidad un montón de miedo que no les permite ver más allá de sus propias cabezas, concentrados solo en tratar de que todo vaya bien.

Móntense en un bus y lo podrán ver. Bajen la ventana de sus camionetas y miren hacia la calle. Bájense de las tarimas y caminen solos, en silencio. Observen.

Lo podrán ver en las personas: están demasiado ocupadas tratando de salvarse. Eso es lo que hacen, en lo personal, algunos políticos: salvarse diciendo que van a salvar a otros, diciendo que son los buenos, que su pensamiento es la solución.

Colombia sí necesita un cambio. ¿Pero es posible ese cambio con tanto odio presente, con tantos años de desunión? Ambos lados están en pie de guerra e invalidan a su contraparte para poder existir. Aun así, el país ya brilla. Brilla a pesar de sus malas prácticas políticas; brilla y sobresale. No se deja enterrar del todo. Los políticos tienen suerte de tenerlos a ellos como ciudadanos.

Al otro no lo escuchan, como si se les olvidara que son la mitad de ellos mismos.

Y mientras tanto, saludo a los personajes que se inventaron en las redes sociales, con sus caricaturas correctas y sus verdades absolutas. Les falta algo, eso que a lo mejor es la verdadera grandeza: lograr liderar contemplando al otro.

Nos vamos a quedar sin gente para aniquilar. Y cuando todos pensemos exactamente igual, nos tendremos que inventar un enemigo para así sobresalir en esta absurda batalla por tener la razón absoluta.

Mientras tanto, saludos al señor del caballo. Ahora vuelve sin su carga y con unos pocos pesos en el bolsillo, llevando de regreso a su vereda una bolsa con alimentos que le regalaron en el mercado. Se van cuidando entre ellos.

Saludos a todos.