La traición

30 Marzo, 2024

Por LUCERO MARTÍNEZ KASAB*

 De niña en mi ciudad, en mi barrio de amplios jardines que ya no están, algunas costumbres se iban perdiendo, sin embargo, alcanzamos a vivir unas muy lindas, como la de ir los domingos en la mañana a misa, bien vestidos, las mujeres usando chalina sobre la cabeza al entrar a la iglesia, una prenda que siempre ennoblece hasta los rostros más despiadados. O la de ir al cine en la mañana como aquél domingo de sol y de brisa en Semana Santa a ver una película de la época de Jesucristo.

Una película larga, intensa, con un contenido humano profundo entre lo sublime y lo despiadado, con escenas irrepetibles dentro de la historia del cine, actuaciones soberbias, una gran banda sonora, un actor, Charlton Heston, dueño de un rostro anguloso, varonil, con una frente amplia, su nariz aguileña, su mandíbula marcada y una expresión sincera en sus ojos nacido para encarnar un personaje adorable por sus buenos sentimientos, un judío en el imperio romano, Judah Ben-Hur, de donde la película toma su nombre; originalmente, es una novela escrita por Lewis Wallace que tuvo mucho éxito cuando se publicó en 1880.

La mezcla de una época llena de fe, de esperanza en la llegada de un Redentor, de miseria y compasión en medio de la esclavitud de las galeras, aquellas embarcaciones movidas por los remeros en agotadoras jornadas y de un paisaje desértico donde, de pronto, aparece la figura de un hombre misericordioso dando agua y después, clavado en la cruz atrapan al espectador que contiene a cada rato el aliento hasta el fin.  La trama se desarrolla a partir de uno de los actos más viles que pueda hacer un humano, traicionar los afectos, como lo hace Messala, el amigo de la niñez de Judah y de su familia. De todas las traiciones de las que uno ha conocido incluyendo la de Judas con Jesús; la de Brutus contra César; la Efialtes contra el rey de Esparta es la de Messala contra Ben-Hur una de las más dolorosas por la tierna historia de ellos cuando niños, por la gran bondad de Ben-Hur quien sufre por él mismo, por su madre y por su hermana, todos caídos en desgracia a manos del miserable Messala. 

El dolor de Ben-Hur por la traición de su amigo Messala tiene una pasión que no la tiene la de Judas contra Jesús, porque, Jesús es sereno, resignado a su Destino, en cambio, Ben-Hur, es ardoroso, por eso, lucha por vengarse, sufre visiblemente por su madre y por su hermana sobreponiéndose a la esclavitud, al trabajo forzado, al hambre y a la sed. Jesús es un ideal, Ben-Hur es terrenal, eso hace que el espectador se identifique tanto con ese gran personaje de Charlton Heston.

Los traidores tienen destinado el último círculo de los Infiernos según el célebre Dante Alighieri cuando escribe la Divina Comedia porque, el traidor, primero ha de hacer creer al otro que lo quiere sosteniendo un engaño abrazo tras abrazo, beso tras beso, confidencia tras confidencia desarmando al otro fríamente. Traicionar un ideal o un afecto sentimental, amistoso, familiar, político es voltearse, mostrar de pronto el verdadero rostro que antes era apacible ahora lucirlo cruzado por la codicia, con un ojo más alto que el otro, las cejas desdibujadas, la boca descolgada por una de las comisuras como una vieja cicatriz, las orejas crecidas, la mirada turbia…, un ser cercano no se lo entrega al bando contrario impunemente, el rostro de la traición cambia, se desfigura, deja de brillar y aquella risa fresca se convierte en un rictus que amarga aún más ese  semblante envilecido; en cambio, los ojos gentiles que quisieron ahumar los villanos mantendrán su dulzura de siempre…, la placidez de quien creyó en la bondad del otro.

Hablemos de pecados en tiempos de Semana Santa, el de engañar a todo un pueblo que busca mejorar su vida, que mira a la mujer o al varón líder de la política como quien mira a un Cristo que llega para redimirlo de su gran pobreza, de tanta esperanza a ese pueblo cansado de luchar le es muy difícil ver que esos políticos hombre o mujer, son realmente unos villanos. Mientras los líderes verdaderos quieren redimir honestamente al pueblo de tanto sufrimiento, quitarle los clavos, como dicen unos versos populares españoles en Semana Santa, ¿quién me presta una escalera/ para subir al madero/ para quitarle los clavos/ a Jesús el Nazareno?, el corrupto, por el contrario, le clava al pueblo mucho más los clavos de la miseria no sólo robándose los dineros del Estado sino, además, destruyéndole procesos comunitarios donde otras personas nobles han construido caminos hacia la reivindicación de los derechos que conducirán a un mundo más justo; esa traición, ese pecado, no tiene perdón.

La traición, que era en épocas pasadas un tanto extraña entre las relaciones humanas, en Colombia, en nuestro tiempo, se ha extendido por todas las esferas; mucho más en la política por el deseo voraz de la gente de quedarse con el tesoro público sin mayor esfuerzo. Ya son traidores sin ningún reato de conciencia desde expresidentes, ministros, senadoras, concejales y simples militantes de los partidos que engañan, mienten, embaucan, intrigan, maquinan se llenan los bolsillos de dinero y siguen opinando en las redes, en sus clubes o paseando tranquilos por sus ciudades y pueblos a la vista de todo el mundo y hasta le piden a Dios milagros. Unos, hacen parte de la élite colombiana que se cree con derecho a robar porque es blanca, descendiente de algún conquistador español y, otros, siendo del mismo pueblo, por resentimiento social traicionan a los de más abajo; ambos bandos han sido incapaces de sostenerse por sí mismos mediante un trabajo constante y honesto.

El traidor no lo sabe, pero él o ella se va colocando un lazo en su garganta que, en la medida en que engaña a la otra persona o al pueblo, se le va ajustando en su propio cuello hasta que termina por ahorcarlo; nadie lo socorrerá porque, como sucedió con Stalin, quien era tan perverso, dejaron que la naturaleza tomara la decisión de llevárselo de este mundo.

Judah Ben-Hur vence a Messala en la carrera de caballos más épica alguna vez filmada; el bien debe luchar contra el mal hasta el final, no conformarse con la injusticia, sobreponerse a las traiciones, rodearse de aquellos justos, continuar de cara al sol como el que nos esperaba aquél domingo a la salida del cine Metro al medio día, rumbo a comernos unos conos de helado con mi padre respondiendo mil preguntas.

Para los tiempos aciagos de búsqueda de justicia social como está hoy Colombia, como estuvieron los esclavos en el imperio romano, los versos rebeldes de Antonio Machado en la estremecedora voz de Joan Manuel Serrat: ¡Cantar de la tierra mía/ que echa flores/ al Jesús de la agonía/ y es la fe de mis mayores/ ¡Oh, no eres tú mi cantar! / No puedo cantar ni quiero/ a ese Jesús del madero/ sino al que anduvo en el mar.

 

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