En Colombia hay dos modelos de educación: a uno de ellos accede un muy pequeño sector de la población, en el que se prepara a los estudiantes para gobernar Estados y entidades públicas, así como para crear, organizar y dirigir grandes empresas y multinacionales. Este modelo se caracteriza por el multilingüismo y las acreditaciones internacionales, siendo ejemplos de ello el Anglo, el Cambridge, el Gran Bretaña, el Nueva Granada y el Alemán, entre otros. En el otro modelo se encuentra la gran parte de la población de estratos 1, 2, 3 y 4, a la que se prepara para ingresar a ser parte de un modelo económico impuesto y se la adoctrina para asumir un papel de siervos. En este cruel sistema llevan una vida medianamente cómoda, pero agobiados por las deudas con el sistema financiero por el pago de la hipoteca, el préstamo del carro, los colegios, las universidades de los hijos, los tributos, etc. Sin embargo, mantienen la esperanza de poder acceder a posiciones laborales y salarios más altos, para los cuales las posibilidades reales son verdaderamente nulas, puesto que estos están exclusivamente reservados para los del primer modelo de educación.
Este panorama se refleja en la educación superior, en la que los primeros optan por prepararse en universidades de países del denominado “primer mundo” o en las universidades de élite del país, con algunas excepciones mínimas tales como: “Ser Pilo Paga” del gobierno Santos y “Generación E” de Duque, en los que se les daba la oportunidad a personas de estratos bajos de ingresar a universidades de renombre del país a partir exclusivamente del mérito académico. Esto, per se, es un gran problema frente a los derechos de los ciudadanos y consolida una relación asimétrica entre las personas de una y otra población. Esta situación se mantiene hoy en casi todos los países de Latinoamérica y viene desde hace décadas; parece una de esas atávicas instituciones que nos dejó arraigadas la época de la colonia.
Para el caso colombiano, no se ha visto en ninguno de los gobiernos de las últimas siete décadas ningún interés político real de entrar al fondo del asunto; es decir, cambiar esa educación bancaria a la que se referían Paulo Freire (Brasil) e Orlando Fals Borda (Colombia), destinada a oprimir, donde el único que sabe es el profesor, por una educación centrada en la liberación humana, con conciencia crítica y dialógica, en la que prime el análisis y la reflexión sobre el conocimiento y la realidad. El gobierno Petro intentó acercarse a estos postulados cuando habló de la educación como derecho y no como privilegio; desafortunadamente, puso al frente de esta política a un incompetente: Daniel Rojas Medellín, más seducido por el poder y el dinero que el cargo representa, quien se dedicó más a maltratar a los empleados del sector que a posicionar una demanda social imprescindible.
A esta situación —de por sí crítica— se le sumará una inminente ideologización criminal dirigida a las personas del segundo modelo —los del primero ya lo practican desde temprana edad—, en la que se enseñará a odiar todo pensamiento diferente a la extrema, recalcitrante y ortodoxa derecha, fundamentada en doctrinas religiosas irracionales y dogmáticas. En estas no caben nociones como género, libertad, autonomía personal, opinión, vida digna, moralidad pública o derechos; en fin, nada que tenga origen en las libertades liberales de la Ilustración. No en vano el presidente electo lo ha señalado de manera categórica, sino que, además, instaurará esa política de suyo nefasta a través de reaccionarios como Viviane Morales (ministra de Educación) y Camilo Noguera (viceministro). La primera es conocida por su triste paso por la Fiscalía General de la Nación y su sectarismo religioso; el segundo, porque en sus escritos académicos se dirige a quien piensa diferente (o permite que otros lo hagan) como: “lacra”, “masa servil”, “plaga devastadora”, “pantano infecto”, “víctimas de la podredumbre”, etc.
Este nuevo modelo de educación que entrará en ejecución una vez se posesione el nuevo presidente, llamado en Colombia “batalla cultural” o “la contrarrevolución cultural”, corresponde a un movimiento ideológico mundial que busca eliminar de la región toda forma diferente de pensar, arropados bajo la égida de hacer frente a un inexistente socialismo latinoamericano.
