La comunicación política postpandemia

02 Noviembre, 2023
  • Reproducimos aquí un capítulo del libro “Ganar es una decisión” (“El tiempo es la vida que tenemos”), del famoso publicista y estratega político colombo-argentino Ángel Beccasino y de su hija Luciana, quienes han sido artífices de decenas de triunfos electorales en América y, principalmente, Colombia.


Por ÁNGEL Y LUCIANA BECCASSINO

 ---Tendremos que desarrollar una nueva narrativa, un nuevo guion, un nuevo tono, estilo, sentimiento, humor, una nueva estética, una nueva forma de ‘estar’ en el mundo. Tendremos que iniciar un empujón global, una insurrección espiritual. Tendremos que utilizar la creatividad para destruir el viejo mundo, la vieja estética comercial y dar a luz un nuevo sentido de la belleza”. Una nueva estética, en Meme Wars, 2012, libro editado por Adbusters.

¿Crees que la pregunta correcta te conducirá a la verdad?”, pregunta un personaje en Chernobyl, la serie de Craig Mazin para HBO. Y anticipándose a su respuesta, sentencia: “No hay verdad”. Es el mensaje que más circula en estos días, negando la posibilidad de esa verdad que siempre se asoció con el bien. Pero la sabiduría acumulada en nuestro ADN nos dice que no hay motivos para dudar de que aun los malos tiempos son buenos si sobrevivimos. Porque la oportunidad de cambiar está siempre abierta.

Lo que denominamos “el mundo” se mueve sin cesar, mutando de los transistores al chip, del fax al internet, de la mula al dron, y donde solo parecería permanecer cierta banca detergente que no deja de lavar, mientras apoya el deseo de poder de este o aquel. El declive del entusiasmo por la política, el desinterés creciente por sus manifestaciones, la apatía ante la democracia de las elecciones, el debilitamiento de los partidos y gobiernos “representativos”, cada año son más extremos. El hecho de que se gobierna para el mercado, para los intereses empresarios, financieros, y no para la sociedad, así como la validez de las burocráticas instituciones del Estado que entorpecen la vida del ciudadano, son temas que se evita encarar.

Y también se evita hablar de la pérdida de coherencia en el voto popular, la degradación del componente ideológico en la decisión de ese voto, la volatilidad de las militancias, los cambios radicales de preferencia que se dan de una elección a otra, el predominio de factores de corto plazo en esa decisión, la atracción que ejercen temas emergentes, como el ecologismo o el animalismo. Tampoco se habla de las distorsiones que implican algunas nuevas o crecientes modalidades de delegación del poder, la privatización de los servicios públicos, de la riqueza pública, la impunidad de alto nivel, las escandalosas conductas depredadoras de las elites financieras, el culto al acceso a prostitutas más sofisticadas y bebidas más añejas.

A la política le ocurrió lo mismo que al fútbol, que se desplazó del estadio a las pantallas. Se fragmentó en mil pedazos de encuadre, se alejó del cuerpo a cuerpo, de la emoción compartida, del visceral deseo de cambio, del grito de indignación caliente. Se volvió videopolítica, y al hacerlo emergió una distancia cuya resultante es que, en los que aun participan con su voto, nada es firme. Las decisiones de por este o por aquella se concretan solo en los días o las horas que preceden a la votación, por conexión con una imagen, porque un nombre va creciendo más que otros en las encuestas, y no por compartir una visión de las cosas, del sentido de la vida, ni por una mínima afinidad con lo que se propone para gobernar o legislar.

Entonces lo que queda asociado a la política es la imagen del saqueo, de los depredadores buscando sacar la mayor renta posible en el menor tiempo, sin importar la estela de destrucción que van dejando, la contaminación, la muerte del futuro plasmada en niños hambrientos. Lo que queda es un Estado cada vez más lejos de la gente, y más cerca de la ceguera que gobierna a los intereses financieros, y la patología de los acumuladores de riqueza.

En el marco de la crisis del cambio climático y en general del medio ambiente atropellado por la búsqueda de rentabilidad a toda costa por parte de las corporaciones empresariales, una crisis más amplia está en movimiento, empujada por la locomotora de las crisis de la legitimidad y gobernabilidad en desarrollo cada vez en más países. Una crisis que se profundiza por la creciente incapacidad de generar plusvalía a partir de la sobreacumulación de capital, lo que instala al mundo ante la urgente necesidad de poner en juego un nuevo sentido común, antes que un nuevo modelo de crecimiento.

Si antes los partidos políticos eran núcleos con la fuerza necesaria para liderar procesos de cambio, atrayendo a tejidos sociales como sindicatos, asociaciones profesionales, estudiantes, hoy las militancias que emergen en la sociedad no se sienten representadas en ninguno de ellos. Cada una va por su lado, oponiéndose a la presencia de anabólicos y antibióticos en las carnes para consumo humano, a las criminales fumigaciones con glifosato, al uso de semillas transgénicas o al uso de esos plaguicidas en los cultivos que nos instalan en la sangre venenos tremendos desde la savia de los vegetales que comemos.  

En países que pudieron vivir otra historia, como Brasil o Colombia, se continúa asesinando sistemáticamente a los defensores del medio ambiente o los derechos humanos, como parte de un proyecto que busca eliminar todo posible liderazgo que pueda organizar a la gente en la lucha por vivir una realidad diferente. Nadando en la sangre de esos líderes de pequeños pueblos y comunidades, países en los que las mayorías sobreviven día a día, cada año con menos margen de maniobra, conservan en algunas zonas de sus ciudades una clase media angustiada por la incertidumbre que le produce su incapacidad de acceder a un pequeño incremento en la porción de la plusvalía que generan con su trabajo en vía de extinción por el avance de la inteligencia artificial, y la automatización. Una clase media que se deprime, que se aferra al mundo tomando ansiolíticos, pero que sigue siendo una de las pocas esperanzas de nuevos protagonismos que puedan ser capaces de encontrar el camino para salir del laberinto. Aunque siga eludiendo hacerlo, entreteniéndose cada día en las pequeñas pantallitas, intentando olvidar lo que se le está viniendo encima. Una clase media que gana tiempo siguiendo el patrón del funcionamiento económico dependiente del endeudamiento, que se da por igual en pequeñas empresas y familias. Endeudamiento que cada mes hace crecer más el tsunami de intereses que se deben, y que se sostiene en la creencia fantástica de que, mientras pagamos intereses apalancándonos en nuevos préstamos, en el futuro habrá ingresos como para que las deudas sean saldadas.

“Los ancianos viven demasiado y esto es un riesgo para la economía global”, afirmó Christine Lagarde durante su gestión como directora del Fondo Monetario Internacional. Como obedeciendo la sugerencia, y aunque no se llevan estadísticas confiables de esto, las ciudades están más repletas de ancianos suicidas esperando el momento de la audacia final, para saltar al agujero negro. La mayor parte son adultos que aprendieron aquel uso de la mentira cuando niños, para no complicarse, para evadir problemas, y por eso cuando fracasan en el intento dicen que es porque no querían ser una carga para sus hijos, ocultando el drama más profundo, de la soledad, el ser excluidos, el sinsentido de la vida, el desamparo absoluto. Y hay fondos para investigar por qué la tasa de suicidios consumados en el mundo es más alta en hombres que en mujeres, en tanto sucede lo contrario cuando se refiere a intentos. Pero nadie piensa en actuar sobre las causas que conducen a la decisión de suicidarse.

Si aceptamos la trascendencia, la importancia de las herencias, tenemos que concluir que no estamos en el mundo para olvidar, sino para construir memoria. Entonces podemos dejar correr la mirada por la certeza de que la tarea que nos toca es la de recrear cada día el amor, la solidaridad, el afecto, la dignidad, la cultura, porque todo eso es la vida en sociedad que vivimos, el viaje del yo al nosotros. Lo otro es el conformismo, la resignación, la desesperanza. O la fe. El minimalismo del rezo.

Como un grafiti ingenioso, podemos decir que lo importante es cada vez más urgente, y lo urgente cada día más importante. Y en esa medida es urgente replantearnos el sentido de lo que hacemos, aclararnos el para qué lo hacemos. Más que el qué proponemos y por qué lo proponemos, es necesario definir primero para qué, qué sentido tienen en este momento del planeta y de la sociedad los programas, los proyectos, los cambios que se proponen. Porque solo entonces será de utilidad la conversación política electoral, las palabras potentes para abrir luces en medio de las saturaciones de discurso y presencias de los que buscan participar en las listas o en la fiesta, y de los pocos que aun sueñan con un lugar en la historia. Solo entonces.

Ser conscientes de la urgencia de lo importante, dejar atrás el camino de las quejas, los reproches, las acusaciones, y tomar el de la sensatez, la imaginación y el compromiso con propuestas que signifiquen posibilidades de algo mejor para todos y cada uno. Tomar decisiones que articulen intereses conscientes de la fragilidad del presente y la vulnerabilidad del futuro. Decisiones que se sepa comunicar para que sean comprendidas, aceptadas y compartidas por la más inmensa mayoría posible. Decisiones que hagan posible que los países vuelvan a ser mucho más que la mezquindad que veía Tony Blair en la política, cuando la definió como la coincidencia de mercados, sinergias y oportunidades para hacer emprendimientos. Que las ciudades vuelvan a ser las zonas de encuentro que en otros tiempos fueron, y faciliten otra dimensión en las sinergias, una de realidades humanas que al mezclarse se conviertan en algo sorprendentemente diferente, abriéndonos el muro por horizonte que estamos viviendo, sacándonos de la mentalidad del uno más uno, esa mentalidad estrecha de la globalización del comercio.

Hubo un tiempo en que a los niños les hacían memorizar en los colegios aquella frasecita atribuida a Lincoln, definiendo la democracia como el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Hoy lo que hay en los países y en las ciudades es el gobierno para el mercado, y a eso se lo vende como el gobierno para el pueblo, en medio del desinterés del pueblo, de su indiferencia ante la posibilidad de participar, de su desinterés en ser gobierno, de su insistencia en buscar culpables y regodearse con los escándalos de corrupción que presentan cada noche los noticieros. Cambiar este estado de las cosas es la revolución con que soñó cada generación que entendió su tiempo y su lugar en el mundo como un llamado a la consciencia.

En su discurso al recibir el Premio Nóbel de Literatura, en 1958, Albert Camus, dijo: “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podría hacerlo, pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan revoluciones fracasadas, dioses muertos, ideologías extenuadas, y en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión, esta generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de sus amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir.”.