La cultura de paz, es, en definitiva, una decisión de vida, una decisión que impacta desde el pensamiento hasta el accionar sin ser jamás un hecho conductivista, es una decisión ética y política que se expresa en valores, actitudes y prácticas que aportan visiblemente a la construcción de una paz estable y duradera, no es un gesto simbólico ni puede seguir siendo vista como un añadido amable del posconflicto: es una disputa política, entendiendo, por supuesto, la diferencia entre política y politiquería.
Allí donde el Estado no llegó, llegó tarde o solo apareció con violencia, las artes, culturas y saberes han sido las que han asumido el cuidado de la vida y la defensa de la paz, desde sus diferentes liderazgos y formas. Las artes y las culturas nunca han sido los que “acompañan” o “representan” la paz: son quienes la encarnan, la sostienen y la defienden frente al odio, el miedo y el olvido.
Se ha asignado a las culturas y a las artes un rol casi exclusivo de entretenimiento y, por tanto, pese a ser un derecho constitucional, la sociedad —probablemente de manera inconsciente— las ha considerado como algo de menor importancia, incluso reemplazable por un celular y las redes sociales. La decisión de confinarlas a este lugar ha sido profundamente política, o ¿politiquera? Pues la falta de acceso y de difusión de las artes, las culturas y los saberes limita también el acceso al conocimiento, al fortalecimiento de la sensibilidad y, por ende, al desarrollo del pensamiento crítico. Esta carencia se refleja en una sociedad apática, insensible, individualista y con escasa capacidad para la toma de decisiones.
Sin embargo, no basta con agregar palabras a las palabras para llenarlas de contenido. No basta con pensarse las artes y las culturas per se y creer que, por sí solas, pueden transformar territorios en conflicto, entendiendo la casa, el barrio, la familia, también como territorio. Hace falta, justamente, llenar de contenido las palabras, y ese contenido no depende únicamente de los colores o los sonidos. El contenido es una construcción colectiva de toda la ciudadanía y pasa por la resignificación de la palabra paz, donde comprendemos, con la ayuda de las artes, que la paz —que la cultura de paz— es un asunto de todas y todos; que nos necesita y que exige la implementación decidida de una cultura de paz, tejida por una sociedad convencida de que un mundo mejor es posible. Un mundo en el que, entre todas y todos, podamos “empujar la historia hacia la libertad”, mirándonos a los ojos, recuperando la confianza y contando el cuento que no se ha contado y que merece tener un lugar especial.
Hablar de cultura de paz implica asumir que no hay neutralidad posible, implica darle un lugar a las culturas y las artes más allá de los eventos, más allá del entretenimiento, implica la creación colectiva de un relato interdisciplinar, a diferentes voces con arraigo territorial que incluya a toda la nación. Apostar por la cultura de paz es aceptar que la paz no se decreta, se crea y crear es una decisión profundamente política. Y poética.
* Equipa de Paz del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.
