El plagiador que se ufanaba de escritor

01 Septiembre, 2021

Por NORVEY ECHEVERRY OROZCO

 Posa de escritor. Cigarrillo en la mano y gafas redondas en el rostro. Piel morena. De Cartagena. Se hace llamar Julio Macott. Vaya nombre de escritor. Alguien con poco conocimiento en las letras diría que es un reconocido académico de Estados Unidos. Yo no lo quisiera llamar como se llama. ¿Qué tal le queda El Plagiador? Alias El Plagiador. En una revista de poesía aseguran que nació en 1994, que es editor y fundador de Acento. Ya no sé si creer en esas palabras. Fue capaz de engañar con sus supuestos artículos a un centenar de editores en América Latina, que pasaron de corrido por sus textos sin preguntarse si tanta belleza era cierta. A Julio Macott le llegó la fama y la vergüenza y el desprestigio al mismo tiempo: el 22 de agosto de 2021, cuando un grupo de periodistas en Colombia descubrió lo que realmente era: ni poeta, ni columnista, ni cuentista, ni cronista, ni entrevistador: un aborrecido plagiador. Era tan brillante en su oficio, que a los artículos firmados con su nombre no les cambiaba ni una coma. De pronto el lugar donde sucedían y el género del personaje. Así lo hizo con un perfil de Nicanor Parra. Pasó una descripción hecha en un pueblo costeño de Chile llamado Las Cruces a San Juan de Nepomuceno. Su mínimo esfuerzo consistía en pensar un nuevo título, de forma tal que sus supuestas creaciones intelectuales anduvieran desapercibidas en medios tan prestigiosos como El Espectador. Así cambiaba títulos: de “El año del desastre” a “El vivo anhelo de levantarse”. Leila Guerriero, Martín Caparrós, Mattia Tarantino y Ricardo Silva Romero fueron algunas de sus víctimas. Muchos de los artículos firmados con su nombre ya no están en la red. Ahora aparecen los anuncios de 404, problemas técnicos, o lo que busca ya no existe. ¿Cuántas veces te ufanaste de escritor con las creaciones de otros, Plagiador, en los bares y teatros de Cartagena? ¿Cuántas veces recibiste aplausos de multitudes por creaciones que no eran tuyas? ¿Y qué sentías, cuando por dentro una vocecilla te decía que lo hecho estaba mal? Soy escritor. Bueno, intento serlo. Algunos dudan de mí por ser tan joven. Todos los días me levanto y me acuesto pensando lo que voy a llevar al papel. No tengo la dimensión de renombrados escritores como los que has plagiado, pero creo que tengo el derecho a opinar como alguien que se dedica a este arte. Me he desgastado bastante escribiendo textos. Los pienso. A lo largo de meses les doy forma en la mente. Camino, corro y viajo en bus con ellos. Los textos son la causa de mis trasnochos y madrugadas. Pego los párrafos como ladrillos, con el rigor que se necesita para que no se derrumben. A veces encajan perfecto, pero otras no. Dudo de ellos todo el tiempo. Son hijos a los que les invierto días. Algunos han salido del vientre antes del tiempo, siendo masacrados por la crítica o por el olvido. Los he ido soltando al mundo, sin saber si les irá bien. Uno quiere que no queden chuecos, ni cojos ni defectuosos. Cuando les va mal, uno se siente mal. Pide uno que su destino no sean las manos de un plagiador. ¿Cómo llegas vos, Julio Macott, a saltarte el proceso? Deben de ser muchos por ahí como vos, que andan al acecho. Para todos ellos: ¿ustedes creen que ser escritor es oprimir control y uve en un computador? Se jodieron, mediocres. Las creaciones intelectuales no solo se aprecian, se respetan.