Colombia, después de más de doscientos años, ha logrado reunir una multitud en torno a ideas progresistas, impulsadas por una mística que resistió profundos sufrimientos, hasta el genocidio de un partido. Heredero de esos desvelos es Gustavo Petro, quien alcanzó la Presidencia de la República y es ahora el líder de esa colectividad. Para su triunfo fue determinante una organización política que, con sus logros y desaciertos, asumió por primera vez en la historia del progresismo en el país la dirección de la mayoría de las instituciones del Estado y, al mismo tiempo, la conducción de su propio funcionamiento, un reto enorme.
Un partido político es una de las organizaciones humanas más complejas. Tiene liderazgo, jerarquías, grupos y subgrupos, comunicación formal e informal, egos, conflictos, reconocimiento, lucha por el poder, mecanismos de admisión y exclusión y, uno de los fenómenos más llamativos: el inconforme, alguien que da una señal de alarma con una información valiosa anunciando una falla, un abuso, una decisión equivocada, muy seguramente, sin que los lideres se percaten de esos aspectos.
Alberto Moravia, el escritor que criticó la burguesía italiana a comienzos del Siglo XX, escribió una novela fascinante, El conformista, ambientada dentro del fascismo, teniendo como personaje central a Marcello Clerici, obsesionado desde joven con ser normal; cargando culpa por su sensación de diferencia. Sin embargo, en vez de asumir esa condición hace todo lo posible por parecerse a los otros buscando una posición social respetable. Renuncia a su singularidad para obtener aceptación, seguridad, sentido de pertenencia. Clerici, encuentra en el fascismo una estructura que le ofrece, precisamente, esa posibilidad de integración.
Por contraste, el inconforme, asume el riesgo de quedar por fuera. No se acomoda al pensamiento o a las acciones del grupo. Es una persona valiente. Su gran necesidad no es ser aceptado, sino que la colectividad ponga a consideración lo que él o ella consideran equivocado. Ahí donde el grupo piensa de manera homogenea, el inconforme, se pregunta si, acaso, estarían equivocados. Es, desde la lucidez del inconforme, arriesgando en muchos casos su propia vida como las organizaciones humanas han logrado mejorar la existencia de todos. Dentro del Pacto histórico hay inconformes que piden ser escuchados y hay quienes creen que él o ella deben callar para no entorpecer el curso de los acontecimientos; eso es un error. Es todo lo contrario, el proceso se detiene si se calla al inconforme porque, él o ella son la correa de transmisión para los procesos de crecimiento de las organizaciones.
El Pacto histórico es, fundamentalmente, un colectivo humano que se reúne en torno a un propósito político, por lo tanto, es susceptible de guiarse por la psicología organizacional para madurar su funcionamiento. Puede establecer mecanismos para escuchar a los inconformes utilizándolos sanamente como fuente de inteligencia colectiva y, con base en la argumentación, asumir sus propuestas o rechazarlas. El valor del inconforme está en que introduce la diferencia, rompe la uniformidad que ahoga la imaginación que lleva al florecimiento de la meta en común.
La psicología organizacional ha estudiado ampliamente cómo funcionan los grupos humanos: cómo se construyen las jerarquías, cómo circula la información, cómo se forman los subgrupos, cómo aparecen los conflictos y cómo ciertas dinámicas de poder pueden hacer que la organización deje de percibir aquello que ocurre en sus propias entrañas. El problema está, muchas veces, no en el conflicto en sí, sino en que el conflicto no encuentra cómo ser tramitado. Dando comienzo, eventualmente, a la activación del núcleo paranoide, que puede llegar a confundir la discrepancia con la deslealtad, vivenciando a quien critica como alguien que persigue y, no es así, es lo contrario; el inconforme, al no ser escuchado, insiste en exponer sus argumentos.
La madurez del Pacto histórico está en comprender que, para ganar las elecciones, para construir mayorías, para enfrentar la oposición necesita, primero que todo, saber conducirse a sí misma como organización humana. Sus líderes deberían ser conscientes de que la ruta no puede depender exclusivamente de la voluntad o la intuición de ellos y ellas, que se necesita de formas permanentes y confiables de escucharse entre todos, para transformar el inconformismo en un procedimiento de renovación de la arquitectura interna del Partido. Así las propuestas, un conflicto, o una determinada información no se pierden en medio de mensajes o en las conversaciones informales. Logrando que cada asunto tenga una ruta definida de quién lo recibe, a quién se remite, quién lo responde; es decir, una trazabilidad de las interacciones para evitar las exclusiones o la acumulación de problemas. Es importante crear mecanismos permanentes para saber qué ocurre con las bases en los territorios. Definir encuentros virtuales y presenciales de los líderes con sus comunidades utilizando las plataformas digitales de manera óptima. Es crear un sistema físico y virtual capaz de escuchar, procesar, argumentar, responder y aprender de una forma ascedente; donde la gente no se conforme con tal de pertenecer al Pacto, sino que pertenezca con su singularidad.
Alberto Moravia retrató en El Conformista al hombre que renuncia a su diferencia para ser aceptado. Una organización política como el Pacto histórico si renuncia a escuchar y, no somete al análisis las inconformidades, acepta la uniformidad de pensamiento y de unos procesos en detrimento del bien común que se supone, persigue, ese partido. El inconforme es alguien que percibe lo que afecta al colectivo, que piensa y siente más allá de sí mismo, que piensa por todos, como ha sido Gustavo Petro, quien es hoy en día, la luz frente a la oscuridad del fascismo en el mundo.
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