Hace 11 años publiqué en la antigua Semana mi investigación sobre Rodrigo Torregrosa Melo, el delincuente que el General Maza Márquez puso para que “cuidara” la vida de Luis Carlos Galán Sarmiento cuando, en verdad, la misión era la de preparar su asesinato. Aquel escolta de la muerte había llegado de Estados Unidos, donde estuvo preso por narcotráfico. Ingresó al DAS con elogiosas recomendaciones de altos oficiales de la Policía y Después del magnicidio se fue a trabajar para Pablo Escobar. Por último, fingió estar muerto. Hay evidencias de que se fue a vivir en Venezuela.
Sugerir siquiera que el articulador del crimen fuera el todopoderoso director del DAS, el general Miguel Maza Márquez, rozaba la blasfemia. Hoy, la historia es otra: condenado por la justicia y con 89 años cumplidos, recuperó hace tres días la libertad de manera condicional.
El tema viene al caso debido a la libertad de Maza y también es una ocasión para deplorar aquel magnicidio de un hombre cuyos hijos hoy están dedicados a deshonrar su legado, aliados con las fuerzas que lo asesinaron, pero eso es otra historia
La investigación que publiqué en Semana es esta:
BOGOTÁ, 15 de agosto de 2015.- El caso del magnicidio de Luis Carlos Galán Sarmiento, cometido hace 37 años, se encamina hacia insospechadas revelaciones judiciales. La principal de todas ellas es que Jacobo Alfonso Torregrosa Melo, el misterioso ex oficial de la Policía Nacional que asumió a última hora la jefatura de seguridad del líder liberal días antes de su asesinato, no está muerto, como se ha dicho durante años, sino que, al parecer, vive en Venezuela bajo otro nombre.
Tras 12 años de ausencia absoluta, en entre 1973 y 1985, Torregrosa llegó a Colombia en silencio, deportado de Estados Unidos, donde estuvo preso por narcotráfico. Se reincorporó a la mafia, a los escuadrones de la muerte del narcotraficante Fidel Castaño Gil y trabajó allí hasta abril de 1989, cuando ingresó al Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, con extraordinarias recomendaciones de oficiales de la Policía Nacional (incluido el entonces coronel Luis Ernesto Gilibert Vargas, que luego sería director de la institución) y asumió, sin impugnaciones, la protección del hombre más amenazado en el mundo por las mafias de la cocaína.
Después del magnicidio, volvió a esfumarse, esta vez para siempre.
El DAS fue la policía secreta abolida por el Presidente Juan Manuel Santos debido a un cúmulo indefensable de corrupción y actos criminales consuetudinarios.
El paradero real de Torregrosa Melo, vivo o muerto, comenzó a ser buscado de manera intensa en 2013 por la recién creada Unidad de Contexto, de la Fiscalía General de la Nación, un órgano judicial que intenta sacar de la impunidad viejos y graves crímenes mediante el estudio de las marañas de hechos, noticias y situaciones extemporáneas y circunstanciales que los rodearon.
“No existe una sola prueba seria de la muerte de Torregrosa ni un solo testigo creíble que haya visto su cadáver”, aseguró a este periodista un investigador judicial que lleva cerca de un lustro descifrando el caso más serio y complejo de su carrera profesional.
La figura de este sombrío ex oficial de Policía se alza en las nuevas investigaciones como actor material fundamental entre los posibles responsables del magnicidio, en asocio con el entonces director del DAS, general de Policía Miguel Alfredo Maza Márquez, hoy en juicio en la Corte Suprema de Justicia por esos hechos.
A Torregrosa Melo hoy no se lo juzga porque, de todas maneras, se presume muerto.
Un informe reservado de inteligencia de la Policía Nacional (titulado El Caso Galán), copia del cual reposa en poder de este periodista, sostiene que el ex oficial de policía Jacobo Torregrosa Melo, último jefe de escoltas de Galán, diez meses después del magnicidio se fue a trabajar con el narcotraficante Pablo Escobar, su rastro se perdió y en el año 2000 y murió en la ciudad caribeña de Santa Marta, en circunstancias que no han sido esclarecidas.
La Registraduría Nacional del Estado Civil, en 2000 emitió la resolución No. 3156 por medio de la cual dio de baja, por muerte, la cédula de ciudadanía de Torregrosa Melo: 2911249. El reporte de esa decisión, advierte: “El ciudadano afectado por Cancelación de cédula de ciudadanía por Muerte, sin estarlo, deberá acercarse a cualquier Registraduría a fin de tramitar la reseña decadactilar, material que deberá ser remitido por el Registrador a la Oficina de Novedades de la Dirección de Identificación de la Registraduría Nacional del Estado Civil”.
La Fiscalía y la Procuraduría determinaron inicialmente que la esposa de Torregrosa Melo, Amparo Beltrán Niño, obtuvo, en 2004, pensión de jubilación de su esposo con documentos de defunción de ese año, expedidos en Santa Marta. Uno de ellos provino de la clínica El Prado, según el cual pereció como consecuencia de un infarto cardíaco fulminante.
“El acta la firmó un médico cubano sin registro legal al que nunca pudimos encontrar”, indicó uno de los investigadores judiciales que lleva años consagrado a escudriñar los misterios aun no resueltos del asesinato de Galán.
Varios años después del magnicidio, la viuda de Torregrosa Melo, Amparo Beltrán Niño (hoy de 63 años), fue localizada por el Cuerpo Técnico de Investigaciones -CTI- en un apartamento de clase media baja del conjunto Palma 1 Afidro, en la localidad bogotana de Suba. Con ella tuvo cinco hijos: una mujer -la mayor- y cuatro varones.
Beltrán Niño rehusó de plano hablar con los investigadores que trataban de localizar los despojos mortales de su esposo y siempre se ha negado a dar detalles sobre su muerte a cualquier otra instancia oficial o privada. No obstante, su tesis es la de que su esposo murió en 2000 y ella trasladó a Bogotá los restos y los depositó en un cementerio, no especificado, de Suba.
La documentación que Niño Beltrán aportó para reclamar la pensión de jubilación de su esposo Torregrosa Melo indica que este fue velado en la Funeraria La Fe, de Santa Marta, y luego sepultado en esa ciudad dentro de un mismo plan de pompas fúnebres. A partir de esta información, la Fiscalía General y la Procuraduría fueron a buscar la primera tumba del oscuro jefe de escoltas de Galán para tratar de confirmar su muerte. Para ello fue emitida una orden judicial de exhumación pero no pudo cumplirse, pues la funeraria alegó que, en realidad, no fue sepultado sino cremado, cinco días después de su muerte, y sus cenizas enviadas a Bogotá por medio de encomienda en el correo de Avianca. No obstante, de nada de esto hay constancia alguna.
“En la Secretaría de Salud de Santa Marta nunca se registró la muerte de Torregrosa”, reveló un investigador.
Un acta de defunción firmada por un supuesto médico cubano sin inscripción profesional y la cremación sin constancia oficial empujaron a los investigadores a excavar más hondo. Así que un hermano de Torregrosa Melo fue interrogado y depuso una versión desconocida e inesperada: fue sepultado en Ciénaga, Magdalena, donde había nacido el 21 de febrero de 1944 (hoy, si vive, debería tener 71 años). Empero, en esa localidad de la costa caribe no apareció rastro ni registro alguno del cuerpo o las cenizas del virtual difunto.
“Tenemos que la mamá de Torregrosa (Martha Melo Polo, hoy difunta) aseguró que su hijo Jacobo Alfonso fue sepultado en Santa Marta, en fecha no especificada; un hermano alega que los despojos están en Ciénaga pero no pudo probarlo y la esposa insiste en que descansa en un cementerio de Suba”, explicó uno de los investigadores consultados.
“Es, por lo menos, absurdo que en una misma familia existan tres relatos diametralmente distintos sobre el lugar en donde tienen sepultado a un ser querido”, opinó una fiscal que estuvo ligada al caso Galán.
Ninguna de las tres versiones tiene respaldo probatorio. El CTI y la Procuraduría examinaron todos los camposantos y osarios de la localidad de Suba y en ninguno figuran los restos de Torregrosa Melo. Tampoco hay nada en los archivos de Bogotá que llevan la cuenta de las defunciones y sepelios ocurridos en su jurisdicción.
Los investigadores judiciales optaron por escudriñar aspectos de la pensión de jubilación de Torregrosa Melo que obtuvo la esposa y el más llamativo fue que ella suele viajar a Cúcuta, donde cobra en ocasiones la mensualidad, pasa a Venezuela y allí permanece algunas temporadas.
Amparo Beltrán, en apariencia, carece de pariente alguno en Venezuela que no sea su presunto difunto esposo para el caso de que, en verdad, viva allí.
–A estas alturas, ¿qué creen que pasó con Torregrosa? –pregunté a un equipo de investigadores ligado al caso.
–Nuestra hipótesis es que está en Venezuela, donde vive con otra identidad –respondió uno de ellos.
–¿Cómo pueden comprobarlo?
–Bueno, estamos en eso. No es conveniente publicar qué estamos haciendo –agregó.
Con las diferencias crecientes de valor entre el robustecido peso colombiano sobre el depreciado bolívar venezolano, una pensión modesta de jubilación colombiana se convierte en una pequeña fortuna en Venezuela, observó una de las fuentes que trata de encontrar a Torregrosa Melo.
¿Quién es Torregrosa?
Jacobo Alfonso Torregrosa Melo nació en Ciénaga, Magdalena, el 21 de febrero de 1944. Vivió allí hasta los 18 años, cuando se hizo bachiller. En 1966 ingresó a la Escuela de Policía General Santander, en Bogotá, donde alcanzó el grado de teniente y estudió algo de inglés y manejo de personal.
Una funcionaria de la campaña política de Galán describió a Torregrosa como “ordinario, de tipo guajiro, fornido y de un metro con 77 centímetros de estatura”. Ella segura que, “donde lo vea, lo reconozco”.
Sus primeras funciones fueron administrativas en las instalaciones de la Policía situadas en el Centro Administrativo Nacional, CAN, en Bogotá. Fue retirado porque compañeros suyos lo acusaron de robarles dinero en las noches y los utensilios de aseo que cada uno guardaba en los dormitorios colectivos. También, fue investigado por el asesinato de un niño y su despido ocurrió antes de que terminara el proceso.
Enseguida, pasó a la abolida y corrupta Aduana Nacional, donde tuvo el cargo de teniente de aduanas, fue declarado insubsistente e ingresó a la Contraloría General de la Nación con funciones de revisor delegado. También fue declarado insubsistente.
Mantuvo estrechos lazos de amistad, entre otros, con el hoy ex director Nacional de la Policía, general Luis Ernesto Gilibert Vargas, desde cuando este fue comandante de la Policía Aeroportuaria, en Bogotá; el coronel Luis Camejo Puerta, quien llegó hasta la comandancia de la Policía Nacional en Bogotá y el coronel Marco Augusto Báez Báez, que desempeñó cargos relevantes en la Dirección General de la Policía Nacional. Estos tres le extendieron sendas cartas elogiosas de recomendación que él aportó en su registro de ingreso al DAS.
Adicionalmente, los funcionarios del propio DAS que Torregrosa citó como conocidos suyos y personas que daban fe de sus capacidades, fueron el coronel (r) Luis Germán León Briceño, jefe de la División de Policía Judicial; Manuel González Enríquez, jefe de la División de Orden Público y el mayor (r) Joaquín Téllez Posada, subdirector de Aquimindia, Academia de detectivismo del DAS en Suba.
No obstante, su más grande protector en el DAS, a quien guardaba probada fidelidad, fue el director principal, el general Maza Márquez.
Tras haber salido despedido de su último cargo en la Contraloría, Torregrosa Melo desapareció. “Pero ya se sabe, eso sí, que estuvo preso en Estados Unidos por narcotráfico”, indicó un investigador que le ha seguido los pasos. “Fue deportado hacia 1985 y llegó a Colombia a trabajar con la mafia”.
Ingresó al DAS en abril del 89 (cuatro meses antes del asesinato de Galán). En julio, el coronel (r) de Ejército Homero Rodríguez (jefe de Inteligencia de la División de Orden Público del DAS), por orden de Maza Márquez adiestró a Torregrosa como guardaespaldas en un curso rápido y accidentado. Con esa única preparación, en agosto pasó a dirigir el esquema de seguridad del candidato más amenazado de Colombia y con las mayores probabilidades de ganar la Presidencia.
En 2002, este periodista entrevistó al coronel Homero Rodríguez sobre el magnicidio. Entonces, manifestó que tuvo la oportunidad de recomendar, por escrito, que Galán no fuera a Soacha. Además, conceptuó que su esquema permanente de seguridad debería ser tipo “F-11”, con 17 personas: once escoltas, tres conductores para tres vehículos, uno de ellos blindado, y tres motos. Estas instrucciones quedaron en el papel.
Al referirse a Torregrosa, Homero Rodríguez, exclamó: “Ese tipo era una porquería”.
Recientemente, el coronel Rodríguez salió del olvido en este proceso para declarar en el juicio contra el general Maza Márquez. Pero enseguida recibió en su casa una amenaza de muerte con un chaleco antibalas embadurnado de sangre fresca. Fue lanzado por encima de la tapia de su casa, en Bogotá, erizada de rollos de alambres de púas, y corrió a asilarse en Estados Unidos.
En el libro Palabras Guardadas, Gloria Pachón viuda de Galán cuenta que horas antes de la muerte de su esposo ella asistió a una reunión para conversar sobre la peligrosidad que podría representar la manifestación política que iba a celebrarse en Soacha, donde fue sacrificado su esposo. “Estábamos en aquella reunión cuando, intempestivamente, agitado y hablando duro, entró el nuevo jefe de la escolta del DAS, Jacobo Torregrosa. Aseguró que no había por qué preocuparse, pues la policía tenía totalmente tomada la plaza, y él garantizaba la seguridad. Por unos minutos nos quedamos en silencio. Torregrosa era el personaje que más nos inquietaba en esos días y el que menos confianza nos daba”.
