China no es como la pintan: lo que descubrí en sus calles

30 Septiembre, 2026

Por ING. YERLY MOZO

 El primer semáforo en rojo que crucé en China me hizo detenerme en seco. No por el tráfico, sino por el silencio misterioso de cientos de autos y motos allí.

Esperaba el ruido aturdidor de bocinas, motores, el caos habitual de cualquier ciudad de millones de personas. En cambio, lo único que rompía la calma era alguien estornudando fuerte, varias veces seguidas, de ahí que la consigna de salud, dinero y amor se quedara corta, y una señora hablando por celular como si su interlocutor estuviera al otro lado de la calle. Los carros y las motos eran eléctricos, y quizás por eso el silencio era aún más sorprendente.

Ahí entendí que venía con el manual equivocado.

Antes de viajar cargaba la misma imagen que casi todo Occidente: un país en blanco y negro, antiguo, triste, oscuro, uniforme, militar, pero la China que encontré en realidad es un país de colores. Color en sus calles, en sus parques, en sus flores, en sus templos, en sus mercados, en sus ciudades y, sobre todo, en su gente.

Volví con otra certeza. Una certeza construida calle por calle, observando cada detalle y hablando, a través de un traductor, con las personas en su día a día que encontraba en el camino.

China no es perfecta, ningún país lo es, pero la caricatura con la que muchas veces la miramos tampoco le hace justicia.

A medida que fui recorriendo China y conociendo apenas una parte de este enorme país, entendí que China no se explica solamente por lo que construye, sino también por los valores que hay detrás de lo que construye. Y, precisamente por eso, me quedé con ganas de conocer mucho más.

Y entonces encontré una manera de resumir mi experiencia en cinco palabras:

Confianza. Humildad. Innovación. Naturaleza. Armonía.

Cinco palabras que, juntas, forman el nombre de una civilización milenaria: CHINA.

 

Confianza

Las ciudades parecen sostenidas en calma, pero esa calma no es solamente tecnológica; descubrí que también es social, de gente pujante y muy trabajadora.

La gente confía en sus autoridades y respeta el conocimiento de quienes estudian, de quienes trabajan y de quienes gobiernan, de los padres, y valora la experiencia de las personas mayores.

En nuestro continente, donde la desconfianza institucional es casi un reflejo, encontrar una sociedad que confía en sus estudiantes, en sus funcionarios y en el conocimiento que construyen sus académicos me hizo pensar en cuánto nos cuesta, en Colombia, confiar en nuestras propias instituciones.

 

Humildad

China sacó a 800 millones de personas de la pobreza en medio siglo. Elevó la esperanza de vida de 67 a 78 años de los años 80 a la actualidad. Y, aun así, en ningún lugar encontré el discurso triunfal que uno esperaría de semejante hazaña.

Lo vi, en cambio, en los números fríos. En la ciudad de Fuzhou, un trámite que antes podía tomar un año o más para conseguir los 130 sellos hoy se resuelve en dos días.

Lograron que una empresa o una fábrica solo necesita dos días para empezar a ser operativa después de una campaña de hacer las cosas de inmediato, hacerlas bien y con eficacia; con resultados, en 5 años alcanzó una tasa de crecimiento económico anual del 20 % del PIB.

No hay corte de cinta, hay resultado. Se evalúan los resultados, no los procesos.

 

Innovación

Vi un país que compite por altos estándares de calidad y ya no por cantidad. Y como ingeniera, hubo algo que inevitablemente me detuvo: sus trenes de alta velocidad.

Al cierre de 2025, China contaba con 50.400 kilómetros de red ferroviaria de alta velocidad y había hecho  2.862 kilómetros nuevos durante ese año, pero más allá de las cifras, hay algo que se siente al viajar: una infraestructura tan precisa, sin vibración y nuevamente sin ruido que por momentos se olvida que se viaja a cientos de kilómetros por hora.

También existen minas subterráneas donde un solo inspector trabaja directamente en la mina, apoyado por tecnología y una de las cifras que señaló un profesor y más me ha impactado: 120.000 doctorados y 3 millones de maestrías graduados cada año.

Ahí la reflexión trasciende a que innovar no es solamente construir máquinas, también es construir conocimiento, es construir país.

 

Naturaleza

¡Qué país tan impresionantemente verde!

Sinceramente, no me lo esperaba.

Después de cientos, o más bien miles, de kilómetros recorridos por aire y por tierra, prevalecía el verde de bosques y ríos, aunque gran parte del territorio occidental es desierto, pero activan con tecnología solar y muchas otras.

Su biodiversidad es muchísimo menor comparada con la de Colombia. Me sorprendió cómo, en la planeación urbana, prevalece el cuidado de cada árbol y su entorno natural, pero además una empresa que antes podía representar el 15 % del PIB en una ciudad y contaminaba, hoy puede ser castigada severamente por hacerlo y vetada de por vida.

El desarrollo trabaja activamente en mejorar la calidad de su aire. China todavía tiene enormes desafíos ambientales, pero ha reconocido la importancia del cuidado ambiental, que aparece incorporado al plan quinquenal 2026-2030.

Porque construir no debería significar necesariamente destruir, y sí una oportunidad de fortalecer y mejorar su biodiversidad de aves, fauna en general y bienestar animal.

 

Armonía

Hay algo que se respira en las ferias, en las tardes de té compartido, en los negocios de barrio que son también encuentros de familia: una cultura que enamora y construye comunidad sin necesidad de discursos.

El objetivo declarado de China, una y otra vez, y que se repite tanto en las grandes mesas como en una humilde venta ambulante, es la paz y el beneficio mutuo en cada conversación: “Paz y armonía”.

Su fundamento filosófico, el confucianismo, ha marcado profundamente esta civilización: primero se cultiva uno mismo, luego la familia y solo así se gobierna el país y se busca traer la paz al mundo.

Es una lógica que, viniendo de una potencia de 1.420 millones de habitantes, casi 30 veces la población de Colombia, uno no esperaría encontrar tan explícita.

Y quizá por eso, durante este viaje, hubo un momento que me tocó especialmente. En una universidad tuve la oportunidad de hablar con jóvenes y decirles algo que he repetido muchas veces: que los sueños de cada uno sí se pueden hacer realidad, más de lo que imaginamos, y que, con trabajo, pasión, alegría y disciplina, esos sueños serán realidad y que eso nunca la inteligencia artificial se los podrá arrebatar.

Mientras hablaba con ellos, pensé que quizá ese también es uno de los grandes aprendizajes de viajar: descubrir que, aunque vengamos de lugares diferentes, los jóvenes de todo el mundo tienen algo en común: tienen sueños, quieren imaginar un futuro y necesitan encontrar la manera de construirlo, pero también necesitan motivación.

Y entonces pensé en todo el camino recorrido que después de 24 horas de vuelo para llegar a China, uno podría pensar que el camino es demasiado largo. Hoy, que escribo estas palabras en mi país, ya de regreso, pienso lo contrario: 24 horas no son nada cuando al otro lado te espera una cultura milenaria por descubrir.

Tomarse y compartir un té. Caminar por sus parques naturales y sus montañas. Subirse a un tren que atraviesa cientos de kilómetros en unas horas. Recorrer sus ciudades, conversar con su gente y dejarse sorprender por lo que uno creía conocer. A veces, viajar tan lejos no es alejarse del mundo. Es acercarse a él.

China no es como la pintan.