Te conocí lejos de mi infancia, lejos del mar, lejos del puerto, Valencia, también estabas lejos de tus montañas, lejos de tus cafetales, nos conocimos en medio de los cañaduzales, sintiendo el olor a miel, el olor a azúcar, en ese valle interminable, no habías visto el mar, no conocías la magia de un puerto, me preguntabas por el mar en las noches de nostalgia, me dejabas decir cosas, todas las que quisiera, y yo hablaba con gusto, porque me gusta mucho el mar, por el mar vino mi padre, cuando tuve uso de razón me contó que se bajó de un barco de vapor en medio de un aguacero, para dar una vuelta por el puerto, solo una vuelta, y subir de nuevo al barco para seguir hacia el sur, más al sur, donde le habían dicho que tendría una mejor vida, pero mientras caminaba por el muelle bajo la lluvia torrencial, empezó a ver negros, negros descamisados, que descargaban el barco y, luego, al terminar el muelle, negros y negras que vendían pescado frito y patacones y yuca y aguapanela con limón y más allá negros que atendían a otros negros y a unos pocos blancos en los bares, negros que se parecían tanto a los vecinos y a los amigos que había dejado atrás, en la isla más grande de las Antillas, negros como él, fuertes, bulliciosos, vio tanto negro que se sintió en casa, vio tanto negro que no subió de nuevo al barco y se metió en una posada para pasar la noche y pensar en iniciar una nueva vida, una vida respirando aires de puerto, conociendo nuevos amigos y nuevos amores y nuevas alegrías, eso me dijo un día en que caminábamos por el mismo muelle, con la misma lluvia, me dijo, llueve mucho aquí, llueve mucho Apolinar, en mi tierra, en mi mar, no llueve tanto, tampoco en otros lugares que recorrí después de salir de mi patria, eso me dijo, no había visto un mar y una tierra donde lloviera tanto, una tierra donde el cielo no descansara o descansara muy poco, en ese muelle me contó su vida en el puerto, día tras día, en las tardes, después de que salía de la escuela y me iba a acompañarlo, me hablaba cuando paraba de descargar un barco, mientras descansaba entre barco y barco, sentado en una banca en los alredederes del muelle, mirando el mar, siempre mirando el mar, me contó primero cómo conoció a mi madre, no hacía mucho que habia llegado al puerto, quizás seis meses, ya había conseguido una habitación cerca a la casa de mi abuela, una habitación grande de cama con toldillo, con una mesita de centro y cuatro sillas, con una vieja nevera a gasolina, con un pequeño estante para acomodar su colección de discos de 78 revoluciones y algunos vinilos que recien salían al mercado, allí lo sorprendieron unas fiebres intensas que lo doblegaron por días y estando en esas llegó mi abuela para auxiliarlo, era la yerbatera del barrio, en su huerta los vecinos encontraban la ruda, reina de las plantas medicinales, el apio, el paico, la artemisa, la hierbabuena, la retama, el bledo, el achiote, la salvia, también había lavanda, sauco, siempreviva, verbena blanca, culantro, pringamosa, zarzaparrilla, poleo, yerba mora, adormidera o vergonzosa, lino de río y matarratón, de esas me acuerdo, pero había más, muchas más, la ruda es lo mejor, unas cuantas tazas de agua de ruda y unos baños lo levantarán de la cama, le dijo la abuela a mi padre y mi padre asintió, al tercer día cuando, ya estaba mejor, llegó mi madre a llevarle la infusión, ahí fue cuando empezó todo, de atrevido le acaricié la cara, solo para agradecerle, solo para decirle que nunca se habían preocupado tanto por mí, pero ella se estremeció, lo sentí en mi mano, lo sentí en todo el cuerpo, me dijo mi padre, la abuela la vio llegar con el tazón en la mano y supo que no era la misma, que los escasos veinte minutos que estuvo en la habitación del negro, la habían cambiado, le advirtió entonces: no te metas con ese negro, está de paso por este puerto, tendrás un fugaz nido de amor y un largo desengaño, eso me dijo mi madre muchos años después cuando ya mi padre se había embarcado hacia el sur, me lo dijo sin rencor, solo para contrariar a mi abuela, solo para asegurarme que la abuela se había equivocado de cabo a rabo, que el amor había sido largo y grande y ella se aseguraría de que el desengaño fuera breve, el amor de mi padre hacia mí también fue largo e intenso, pero el olvido ha sido eterno, me hizo falta, mucha falta, en la adolescencia, me hizo falta en la juventud, Valencia, aún ahora me hace falta, me enseñó a ser negro, eso se lo debo a mi padre, a veces, cuando quiero perdonarle el abandono, digo que con eso basta, no necesito más, pero luego, cuando la vida me golpea, cuando vienen las desgracias, que no han sido pocas, me sorprendo reclamándole por su ausencia, por no estar ahí para ayudarme a tomar decisiones o para consolarme, en los años de su presencia me sentía muy seguro, cuando estaba triste me abrazaba con sus grandes manos y me acunaba en su pecho inmenso, me levantaba del piso como si pesara unos cuantos gramos, en un segundo estaba arriba, al lado de su corazón, en el balcón de su corazón y desde allí miraba el mundo, el temor desaparecía, la tristeza desaparecía, mi abuela no le perdonó a mi madre su repentino refugio en la habitación del negro, una sola caricia bastó para que a la noche siguiente saltara las cercas de la huerta, furtivamente, y se fuera a la cama del negro a ofrendar su virginidad sin pedir nada, solo a sentir de nuevo el roce de su mano, primero en el rostro y luego en todo el cuerpo, amor a primera caricia, así lo nombró mi padre, el día en que me contó la historia, cuando la abuela descubrió la artimaña, la sometió a baños y brebajes, a rezos y rituales, para sacarle de adentro el demonio del amor por el negro, pero el cuerpo de mi madre ya pertenecía al negro, le perteneció por siempre, porque no conoció otro hombre después de mi padre, supe que ese sería su destino el mismo día en que llegué a la casa para contarle que mi padre se había embarcado de nuevo, se había ido en el “Venecia” un gran barco de pasajeros que dé cuando en cuando atracaba en el puerto para dejar pasajeros que venían del norte y recoger algunos que viajaban hacia el sur, le conté y me abrazó, quedé aprisionado en su brazos con la cabeza debajo de su barbilla, inmóvil, me abrazó así para que no viera lo que estaba ocurriendo en sus ojos, para que no viera sus lágrimas, para que no viera el dolor en su rostro, me abrazó, creo, con la fuerza que abrazaba a mi padre en los momentos de angustia, me abrazó y me dijo entre sollozos, lo esperáramos hasta que el mar lo vuelva a traer, lo esperaremos siempre, solitos, cuidándonos el uno al otro, así me dijo, para ese tiempo ya había muerto mi abuela, no hacía mucho, para ese tiempo ya nos habíamos mudado a la casa de la abuela, a regentar su huerta, a venderles manojos de hierbas a los vecinos, mi abuela murió un domingo en la tarde, se había enfermado dos semanas atrás, también un domingo en la tarde, después de almorzar se sintió mal y se fue a su cama, no se levantó más, le preguntábamos ¿Abuela qué le duele? Nada, decía, nada, solo que estoy vieja, es la peor enfermedad, así se fue quedando en silencio, así se fue muriendo, en los últimos tres días habló un poco, sonrió un poco, le hablaba a su orisha, no a nosotros, a su orisha, eso nos dijo mi padre, él la había llevado hacia los orishas, después de un enconado rencor se habían amistado, la abuela se tardó tres años para perdonarle la osadía de haberse llevado a su hija en un solo día, ella que había resistido al asedio de pretendientes de todos los rincones del puerto, ella que había preservado incólume su virginidad más allá de los veinte años, cuando el escozor del deseo recorre el cuerpo de día y de noche, ese aparecido sonsacó a mi hija con brujerías, así le decía a sus amigas para azuzar el odio contra el negro, fui una tonta, pasé por alto un libro extraño y unas figuras sin nombre que vi en su habitación cuando fui a ofrecerle yerbas para sacarlo de su fiebre y sus delirios, eso debió alertarme, de boba envié a mi hija sola a su habitación, con esa cantaleta estuvo tres años, hasta el día en que supo del embarazo de mi madre, lo supo por pura casualidad, se encontraron al lado del muelle, estaban comprando ñatos para el almuerzo, mi madre sintió que alguien la estaba mirando con insistencia y giró en redondo para encontrarse con los ojos de mi abuela, eso me contó mi madre, estás embarazada fue lo primero que le dijo mi abuela y mi madre no sabía qué decir, empezó a mirar su cuerpo, de arriba abajo, todo, sin saber qué decir, si no te habías dado cuenta ya lo sabes, le dijo mi abuela, así supo mi madre que me llevaba en sus entrañas, en segundos encajó la revelación, la abuela nunca se equivocaba en sus pronósticos, su oficio de partera y vendedora de yerbas se apoyaba en su clarividencia, no fallaba, nunca fallaba y el rumor de su certeza recorría el puerto desde cuando tenía veinte años y aún no había dado a luz a mi madre, descubría muy temprano el embarazo, mi madre me contaba esas historias en mi adolescencia, cuando vivíamos solitos en la casa que nos dejó la abuela, me dijo que solo habían transcurrido quince días desde su última menstruación cuando mi abuela le aseguró que estaba embarazada, podía adivinar el embarazo con solo mirar a los ojos de una mujer en ese trance, el mismo día del encuentro en el puerto, la abuela abandonó todas sus actividades y se concentró en atender el embarazo de mi madre, muy temprano salía de su casa para caminar hasta los alrededores del muelle donde mis padres habían arrendado su casa, se apostaba en una tienda cercana, se tomaba un café y esperaba a que mi padre saliera, mi madre acompañaba a mi padre hasta la puerta, lo despedía y recibía con un abrazo a mi abuela, ocurrió así hasta bien avanzado el embarazo, la abuela inmediatamente se apoderaba de la cocina y ponía al fuego la cocción de las siete yerbas: canela, lavanda, jazmín, hierbabuena, albahaca, manzanilla y menta, para el baño de las once de la mañana, al tiempo preparaba los ingredientes del almuerzo y las infusiones de la tarde, a las doce en punto ya tenía todo listo, de manera que mi padre no la encontrara en la casa cuando llegara para almorzar, en esas andaban hasta que mi padre decidió dar el primer paso hacia la reconciliación, regresó a las diez de la mañana con una sarta de ñatos, se metió a la cocina, le entregó los pescados frescos para el gran sancocho y le dijo a mi abuela que los dioses yorubas le tenían un santuario para festejar sus dotes de adivina y la buena mano de médica ancestral, que lo habían conminado a rendirle pleitesía y a nombrarla madrina, así le dijo, y mi abuela, sin creerle mucho, pensó que lo mejor era aceptar los halagos y zanjar el pleito, lo mejor era dar el brazo a torcer para no esconder las visitas a su hija y recibir con todos los honores al nieto que venía en camino, no era mentira lo que le había dicho mi padre, en esos tres años había estado al tanto de los milagros de la abuela, conversaba con alguna de las amigas de mi abuela, una deslenguada que le iba diciendo a mi padre todos los insultos de mi abuela, el menor de todos, negro supersticioso, aparecido de mierda, que me arrebató a mi niña para desgraciarla, malnacido que carga libros y figuras de embrujo para tramar a inocentes, le contaba eso y le contaba, también, que había asistido diecisiete partos sin perder un solo bebé y a punta de baños y bebidas, de sobaderas y consejos, había espantado el mal de ojo, el más extendido de los maleficios, había curado o mitigado fiebres, cólicos, sarnas, dolores de cabeza, gotas, hipertensiones y otros males inconfesables a los habitantes del pueblo, mi padre que había visto a santeros y babalaos realizar las mismas proezas en las tierras de su juventud supo que las habilidades de la abuela eran dones especiales de origen divino, así se lo dijo a mi abuela, días después de la reconciliación, con esas palabras iniciaron una amistad de hierro, tanto que le permitió a la abuela que se llevara a mi madre para su casa en los últimos dos meses del embarazo, con eso le evitaba las largas caminadas a mi abuela y ponía a mi madre cerca de las yerbas sanadoras, en su casa de siempre, en el lugar donde había nacido, cerca de la más virtuosa de las parteras del puerto, lejos del bullicio del muelle y de los malos espíritus que venían de tierras lejanas en los enormes barcos acompañando a pasajeros de dudosa reputación, al final de las tardes mi padre llegaba a visitar a mi madre, ponía el oído en su vientre y murmuraba acertijos y ternuras de negro para mí, después se sentaba al lado de mi abuela, en la mecedora de palo, afuera de la casa, debajo del matarratón que servía para darle sombra a la entrada, fue en esos días en que le habló a la abuela del libro y de las figuras que había visto cuando fue a a darle sus yerbas para cortarle la fiebre que lo consumía, no debes temer, son recuerdos de mis viejos, ellos sabían utilizarlos para hacer el bien, le dijo, yo no fui bendecido, no fui iniciado, por desidia o por celos, me aparté de los ritos de mis padres, ellos le dedicaban más tiempo a la gente extraña que llegaba a la casa que a mí, eso me dolía, eso amargó mi niñez y mi juventud, me fui alejando y un día me alejé del todo, volví solo para despedirme, para decirles que quizás no me verían más porque saldría ese mismo día para las lejanías del sur de América, fue cuando me dijeron: lleva este libro, el monte habla, y estas señas de nuestra vida para que algún día puedas entendernos, nos vendrá bien tu perdón, lo sabremos por los rumores del viento, seguro que lo sabremos, nos alegrará la vida, en todo caso estaremos pendientes de ti todo el tiempo y algo bueno te ocurrirá cuando te invoquemos, no pude rechazar esa voluntad, los padres son los padres, a veces te duelen, pero nunca puedes liberarte de sus manos, son la cuerda que te ata al pasado, eso era claro como el agua para ellos, para ellos los ancestros eran su luz y la luz para sus compañeros de religión, eran luz en los días sombríos de los negros, que no son pocos, los ancestros son una barrera de contención para el asedio y la violencia de los blancos, así me lo decían, así me lo dijeron el día de la despedida, mañana seremos tus ancestros y este libro, donde están todas las hierbas y el significado de los caracoles y las propiedades de la piedra y del hierro, te recordará que eres nuestro, con el libro me dieron el gallo de metal y el palo envuelto en cintas, ese libro y esos símbolos, me acompañaron en las fiebres, me acompañan en las enfermedades y en los momentos de desgracia, ese libro y esas figuras te atrajeron hacia mí el día en que nos conocimos Damiana Varela, no hay otra explicación, eso le dijo a mi abuela sentado a su lado en los días previos a mi nacimiento, después de llevarse a mi madre para la casa en los alrededores del muelle supo del oficio de partera y de las dotes de curandera de la abuela y se convenció de que Damiana Varela era un regalo de sus padres, de sus ancestros, de los que no sabía nada en veinte años, los había invocado en medio de su delirio y se había levantado de la cama, tambaleante, para buscar el libro y las figuras y ponerlas a su lado, así fue como empezaron a llegar las cosas buenas: Damiana, la curación, mi madre y luego la casa grande cerca al muelle y más trabajo y más dinero para demostrar que no era un negro ocioso y arrimado que buscaba cobijo en las naguas de mi madre, había querido acercarse a mi abuela, antes, mucho antes, cuando empezó a compararla con los curanderos de su niñez y su adolescencia, cuando intuyó que tenía tratos con los dioses de sus padres, pero esperó a tener una vida propia en el puerto, a darle un nieto, para entablar una amistad con ella, quería que lo respetara, quería que compartiera con él sus secretos y así fue, se hicieron amigos entrañables, los unía el amor por mi mamá, pero los unía también un extraño vínculo con el pasado, la abuela tenía solo fragmentos de su pasado, imágenes de la selva inmensa y de los enormes ríos que la cruzaban, de barcazas con negros a los cuales les brillaba la piel en medio de soles que quemaban como hierro caliente, decía que en una de esas barcazas había llegado al puerto, en algún lugar de la montaña, sin saber cómo y por qué, había abordado el pequeño barco y había terminado en el puerto, una negrita asustada que fue adoptada por blancos hasta cuando, de cortejo en cortejo, se lio con un negro y huyó de la casa de los blancos para recalar en el barrio donde la encontró mi padre, no podía contarle nada más, no sabía cómo llevaba en su memoria los nombres de las yerbas, de tantas yerbas curativas, no sabía dónde ni cuándo había aprendido que el eneldo alivia los males del estómago, que la lavanda ayuda al bien dormir, que la ruda es especial para espantar las molestias menstruales y así hasta el infinito, los domingos mi abuela y mi padre se iban solos a los montes cercanos, desde la mañana hasta la tarde, llevaban su fiambre y se metían en el monte, regresaban cuando estaba cayendo la oscuridad en el barrio, alegres y renovados, con manojos de hojas en sus manos, con historias de los árboles que habían visto, decían que en esos montes moraban los espíritus de sus antepasados, nos contaban cosas que los árboles les habían dicho, consejos y advertencias que mi madre y yo entendíamos poco o nada, pero disfrutábamos porque nos gustaba que mi padre y mi abuela fueran como hermanos, hijos de unos extraños espíritus que cuidaban a los negros, después supimos que mi abuela y mi padre no quisieron involucrarnos de lleno en sus creencias y ritos para protegernos de las malquerencias del puerto, pensaban que nos calificarían de gente rara, pensaban que nos discriminarían, que allí no había ambiente propicio para su religión, nos decían que no podíamos mencionar la palabra santería, no queremos que tengan problemas, decían, nos contaban solo algunas cosas, esquirlas de sus convicciones, estoy recordando estas cosas, Valencia, cosas que nunca te había contado, tuve la sensación, Valencia, de que mi padre se fue de nuestro lado porque no supo afrontar la muerte de mi abuela, fue a los pocos meses de su muerte cuando se embarcó hacia el sur, él le escribió otra razón a mi madre, pero para mí, el motivo principal fue la muerte de mi abuela, el día en que se fue para siempre salimos de la casa después del almuerzo, llevaba un bolso con una o dos mudas de ropa y su libro y su gallo de metal y también llevaba en su mano, envuelto en un costal de fique, su palo forrado en cintas de tela de colores, mi madre no lo vio salir, a mí me había dicho desde el día anterior a qué horas nos iríamos para el muelle, de manera que lo seguí sin preguntar qué haríamos, el enorme barco estaba a punto de arrancar, no obstante se sentó conmigo en la banca al frente del muelle y me dijo que se iba, que tenía que irse, que ya me había enseñado lo que sabía, que no tenía más que darme, me dijo que volvería por mí el día exacto en que cumpliera dieciocho años, volvería y nos iríamos juntos a recorrer el mundo, yo contenía las lágrimas y lo miraba, lo miraba desconcertado, no quería llorar, no quería perder el control, no quería que me recordara ahogado en llanto, me faltaba mucho para llegar a los dieciocho años, me faltaban seis años, pero esperaría hasta ese día, le prometí eso y lo obligué a que me repitiera su promesa sin derramar una lágrima, así fueron las cosas, Valencia, primero faltó mi abuela, un poco después se fue mi padre y yo me quedé solo con mi madre, bueno, no tan solo, para ese tiempo ya me había hecho discípulo y amigo del obispo, del maravilloso obispo, que me guio en esos complicados años en que me había quedado sin padre y sin abuela, fue mi padre quien me condujo al obispo, un día me dijo: vamos a agradecerle al señor obispo la generosidad de haber sacado al padre negrero de nuestra parroquia, ya había llegado, creo, a mi uso de razón, porque recuerdo vivamente lo que ocurrió en esos días, el cura empezó una campaña contra mi abuela, contra sus yerbas, contra sus rezos y tratamientos, decía que eran oscuros inventos de negros, contrarios a las enseñanzas católicas, ceremonias diabólicas, por las cuales merecía la excomunión y también el destierro, así lo decía desde el púlpito, los domingos, cuando más gente acudía a la iglesia, fue el punto de llegada de una larga inquina contra los negros, no le gustaba nada de los negros, ni sus bailes y parrandas, ni las parejas sin bendición de la Iglesia, ni la costumbre de jugar dominó y tomar viche en las tardes mientras esperaban que atracaran los barcos, ni sus habilidades para los deportes más populares, haraganes que no ven la hora de abandonar el trabajo, cortos de espíritu que están siempre bajo el yugo del demonio, pura envidia decía mi abuela, le creen más a mis yerbas que a sus sermones, paliducho reprimido que no sabe lo que es el amor de negra, conmigo que no se meta, que no le tengo ni pizca de miedo a sus amenazas, pero las amenazas llegaron lejos, alguna noche, gente encapuchada apedreó y pintó la casa de mi abuela ¡Fuera la bruja! Decían los letreros, al otro día el cura acudió al obispo para tramitar la excomunión y buscar el destierro de mi abuela y ahí se lució mi padre, buscó a los hombres y a las mujeres del puerto que alguna vez habían requerido los oficios de la abuela, a las parejas que habían recibido a sus hijos de las manos de mi abuela en partos no siempre fáciles, a la fila de pacientes que llegaban a la puerta de la abuela para que les recetaran las yerbas curativas y les enseñaran a prepararlas, a los que iban en busca de sus rezos y consejos, a los que se curaron del mal de ojo en medio de sus ritos y brebajes, los fue juntando a todos, hasta que le fila tenía más de dos cuadras, los fue llevando hasta la casa del obispo, para contarle al prelado a viva voz las bondades de lo que hacía mi abuela, para denunciar al cura negrero, para no permitir que se cometiera la injusticia de excomulgar a su benefactora y para que no se atrevieran a alejarla del puerto, fue bonito el acto, yo estaba ahí, yo vi cuando mi padre le pidió a la ama de llaves del obispo que llamara a su señor, que venían en son de paz y de diálogo a contarle sus dolores, no se demoró el obispo en salir y oyó con atención a los manifestantes, se metió en medio de ellos, se dejó saludar por todos, rehusó que le besaran el anillo como era costumbre, simplemente les dio su mano, al final les dijo que no se preocuparan, que sabía de las andanzas del cura y que, con los poderes que le otorgaba la Iglesia, lo enviaría lejos, donde no se topara con negros, donde los negros no tuvieran que padecer sus humillaciones, les dijo además que su casa estaba abierta a los negros, más a ellos que a los mismos blancos que gozaban de mayores privilegios en la sociedad, así les dijo y los negros no lo podían creer, ninguno de ellos había tenido contacto con un obispo en su vida, era la primera vez y no comprendían por qué era tan distinto a los curas que habían conocido, meses después, muchos meses después, mi padre y mi abuela salieron con la idea de que en realidad era un babalao, no un obispo, en menos de un año había transformado la diócesis, había traido a curas jóvenes, con una irrenunciable vocación social, para todas las parroquias, había abierto talleres para enseñarles a los negros el difícil arte de la alfarería y a reparar motores, todo tipo de motores, había creado una escuela de oficios para las mujeres negras, para enseñarles a coser y a bordar, para que aprendieran pastelería y mejoraran sus artes culinarias, había recorrido los caseríos en las orillas del río Sanjuan y había formado cooperativas en esos pueblos lejanos donde no llegaba nadie, había ido colegio por colegio a vigilar que no discriminaran a los negros en su acceso al estudio y había formado un fondo con aportes de los ricos de la región para darles becas a los mejores estudiantes negros, con esas becas se fueron al seminario los primeros negros del puerto, había decidido que todo el personal de la diócesis debía ser negro, los monaguillos y los carpinteros, los de la comida y el aseo, los que regían y limpiaban los cementerios, los que vestían a los santos y los cambiaban de lugar para cada celebración, el obispo en persona los reclutaba, mi padre y mi abuela no tenían otra explicación para tanta bondad, es un protector de la raza que ha decidido vestir los hábitos de cura para poder realizar el mandato de Oluddumare, decían, sin preocuparse por explicar quién era ese dios mayor que había decidido sentar reales en el puerto, mi madre y yo los oíamos hablar con entusiamo del misterio que encerraba el obispo, nos contentábamos con saber que habían encontrado un mentor en un rincón del Pacífico dejado por siempre de las manos de Dios, me dediqué a aprovechar el milagro, pedí que me aceptaran en el taller de mecánica y tuve que esperar a cumplir los doce años para lograrlo, el obispo prefería que siguiera estudiando hasta terminar el bachillerato, que no me desviara a estudiar la mecánica, pero lo mío era armar y desarmar motores, ya había dado los primeros pasos con mi padre, cacharriando el destartalado willis que había comprado para mover mercancía del puerto hacia las veredas y pueblos cercanos, solo cuando pude convencer al obispo de que podía ir al colegio en las mañanas y hacer prácticas en el taller en los tardes, me aceptaron, me acuerdo muy bien, fue en los días en que mi padre decidió embarcarse de nuevo, recuerdo eso y recuerdo también que una tarde se armó un alboroto en el taller con una noticia muy extraña para mí, en la capital había caído el dictador, eso decían alborozados los negros, se lo habían oído decir a sus padres en la noche anterior, ahora gobernarán de nuevo los liberales y los conservadores, ya no como enemigos, gobernarán en compañía, decían, a mí no me hacia gracia o no me importaba el asunto, mi padre y mi abuela desconfiaban de los políticos, decían que godos y cachiporros eran los mismos, ahora ellos no estaban, pero yo no tenía motivos para confiar en esos políticos que mi abuela y mi padre denostaban, dividían al pueblo para aprovecharse de su ignorancia, decían, mi única salvación era tomar la ayuda del obispo y aprender un oficio que me sirviera para vivir, que me sirviera para velar por mi madre que era lo único que me quedaba, mi madre pensaba distinto, creía que era ella la que debía velar por mí, por eso afrontó con aplomo la muerte de la abuela y dos días después del sepelio de la amada Damiana tomó en sus manos la casa, difundió la idea de que las atenciones a los enfermos y las ventas de las hierbas medicinales continuarían, no así la partería, mi madre no se sentía capaz de reemplazar a mi abuela en ese oficio, sabía bien los secretos de las yerbas, entendía también la partería, pero sentía pánico ante la posibilidad del fracaso, no soportaría la muerte de un niño en la complicación de un parto, había vivido con una angustia indecible la eterna prolongación del parto de una primeriza, una joven del campo que llegó a la casa de mi abuela en camilla enviada por otra partera que había desistido de realizar el procedimiento, nomás la había desnudado y le había dicho que ese bebé estaba sentado, que venía de nalgas, que se fuera para donde Damiana, que ella no tenía las artes para lograr el cambio de posición, mi madre y yo vimos llegar a la mujer y ayudamos a entrarla a la habitación donde la abuela atendía los partos, sentimos a la abuela moviendo sus manos sobre el vientre de la mujer durante toda la noche y al día siguiente, oímos los lamentos desesperados de la embarazada, no pegamos el ojo en todo ese tiempo y advertimos los pasos cansados de la abuela y el momento en que ella abrió la puerta para decirnos que lo había logrado, que había volteado al niño, pero faltaba que la muchacha dilatara, que aflojara su cuerpo para dar a luz, eso duró otras horas, excepto en los partos, mi madre reemplazó a mi abuela en todo, incluso en la tarea de espantar el mal de ojo, la cosa más difícil, porque según decía mi abuela, la diversidad de los maleficios es enorme, afecta principalamnte en los niños, pero también ataca a los adultos, hombres y mujeres de un espíritu torvo, con una sola mirada, llevan el maleficio al cuerpo de la víctima, pero también los malos espíritus que andan por el aire producen el mal de ojo, la abuela y luego mi madre entraban en un trance mirando con detenimiento a los niños que llegaban a la casa con fiebres que no cedían al cuidado de los médicos, niños que habían perdido el apetito, o que no paraban de llorar o que se habían quedado mirando el techo por siempre y no reaccionaban siquiera al llamado de la madre, niños con una diarrea crónica que los vaciaba poquito a poquito de la vida, niños con los ojos extraviados, niños que veían crecer y crecer su vientre sin explicación alguna, adultos, sobre todo hombres, que acudían a contar la desgracia de haber perdido la facultad para el amor y sufrían la vergüenza de caballo discapacitado para los lídes amorosas, mi madre sustituyó con dignidad y destreza a mi abuela en las tareas de médica ancestral y después, cuando se fue mi padre, se encargó también de conseguir a alguien para manejar el willis partiendo a la mitad lo producido en los viajes, quería que yo siguiera una vida normal, que estudiara, que no me preocupara por trabajar y conseguir dinero, que me pegara a la pata del obispo para aprender de su sabiduría, eso solo fue posible por cuatro años, hice juicioso esos años de bachillerato, aprendí la mecánica básica practicando en el taller y leyendo libros que el obispo me traía de sus viajes, me sentía mal dependiendo de mi madre, ella me reprochaba mis alardes de independencia, me decía que por algo la abuela había señalado el lugar donde guardaba sus ahorros una vez cayó enferma con la tajante recomendación de que sirviera para mis estudios, por algo el padre se había ido sin nada en las manos, lo había dejado todo, ni siquiera se le ocurrió vender el willis para sortear los primeros meses de su nueva aventura, nada, de sus ahorros solo tomó lo que valían los tiquetes y la comida para su viaje, quizá el costo de alguna morada temporal en su nuevo destino, dejó, incluso, la colección de música que cuidaba con un extraño celo, los dos querían protegernos, decía mi madre, con esas admoniciones me llevó hasta el cuarto año de bachillerato, con esas admoniciones y con su cariño inmenso, quiso, en esos años, multiplicar su amor para cubrir el vacío que habían dejado mi padre y mi abuela, así era mi vieja, Valencia, mi padre me lo advirtió cuando empezó a caminar hacia el barco, no te va a faltar amor en los años de mi ausencia, la madre que tienes sabe dar amor a borbotones, honré el regalo de mi abuela, honré el regalo de mi padre, fui un alumno modelo en el colegio, contribuí a convertir el taller de mecánica en algo más que un lugar de aprendizaje, busqué que en algún momento se volviera un negocio, empezaron a llegar motores de todos los lados, motores de los autos que recien comenzaban a llegar al puerto, de las lanchas que cruzaban los ríos o servían para cargar y descargar los barcos, de los que servían en los trapiches de panela, de los tractores que estaban ingresando al país con destino a los ingenios azucareros, de las pequeñas plantas para producir electricidad, los maestros dirigían las reparaciones y ordenaban la compra de los repuestos, los alumnos trabajábamos parejo como ayudantes y las entradas se repartían a tres manos, una parte para los maestros, otra para financiar los gastos de la escuela-taller: la compra de herramientas, el mantenimiento del edificio donde funcionaba, las grasas y aceites, las pinturas y estopas y la otra para repartir entre los alumnos, me encargué de disipar las dudas del obispo sobre el negocio, le dije que no había nada malo en aprender y a la vez trabajar, que las ganancias garantizarían la existencia a largo plazo de la escuela taller, que los muchachos estaban felices de ganar dinero al tiempo que aprendían el oficio y los maestros más felices aún de mejorar el salario que les estaba pagando la curia, todo esto estaba muy bien, pero yo quería la independencia, así que aproveché el final del cuarto año para despedirme del colegio y salir del taller donde ya oficiaba más como instructor que como alumno, fui y le agredecí al obispo y me puse a su servicio para otros menesteres, lo que necesitara, porque no tenía con que pagarle toda su generosidad, empecé el nuevo año desarmando el willis y armándolo con repuestos nuevos, pintándolo, engallándolo, dejándolo como un lulo, para salir a ofrecer mis servicios, mi madre lloró al principio con mis decisiones, me suplicó que no dejara el colegio, me dijo que no me apartara del obispo, que por alguna razón mi abuela y mi padre lo habían declarado babalao y mentor, pero yo la consolé con abrazos y palabras, le dije que no valía la pena terminar el bachillerato, allí no había nada nuevo por aprender, graduarme solo servía para proseguir otros estudios y eso no estaba en mis posibilidades, no me iría al seminario porque no quería saber nada de curas, o mejor, solo quería saber del obispo de los negros y el seminario era la única opción, nada más, las universidades eran lejanas y caras, con lo que sabía me bastaba para mantener nuestra casa y esperar a que mi padre regresara, así salí a la vida laboral y a la universidad de la calle, la mejor universidad, para celebrar mi independencia invité a mi madre a un bailadero, al mismo al que la llevaba mi padre, la convencí diciéndole que no podía negarse a enseñarme a bailar, que mi padre no estaba y ella era mi salvación, los había visto bailar muchas veces, los sábados, cuando mi abuela tenía alguna ocupación y no podía cuidarme, me llevaban a la caseta, me sentaban en su mesa, pedían una gaseosa para mí y una botella de ron para ellos y se lanzaban a la pista para volver de cuando en cuando a tomar un sorbo de su trago, no me aburría, me embelesaba oyendo esa música de guiros, maracas, bongós, marimbas y guazás y viéndolos bailar, los comparaba con otros bailarines y no encontraba quien los igualara, así los veía, ahora convencía a mi madre de que bailar era la mejor manera de dejar a un lado el luto que llevaba desde la muerte de mi abuela y también la mejor manera de recordar a mi padre, lo logré, salimos una mañana a buscar a una costurera cerca del muelle y le encargamos faldas y blusas de organza y percal con estampados de flores para dejar el unánime negro que vistió durante cuatro años, nos fuimos de baile justo el día en que se iniciaron las novenas del niño dios, mi madre reanudó entonces la costumbre de ir todos los sábados, al principio no aceptábamos bailar con otras parejas, pero después nos dimos la libertad de recorrer la pista con los bailarines y bailarinas que se daban cita en la caseta más famosa del puerto, fueron años felices, los dueños del lugar nos trataban con especial deferencia, habían entablado amistad con mis padres en los tiempos en que no capaban parranda, eran los primeros en llegar los sábados y los últimos en salir, mi padre terminó por llevar la colección de discos de 78 revoluciones que había traido de su tierra, puro son cubano, todo lo que había grabado la Sonora Matancera en sus primeros veinte años de existencia y los éxitos de Franciso Raúl Gutiérez “Machito” y de Dámaso Pérez Prado, lo aplaudieron el día en que el diyey anunció a todo pulmón que esa noche el repertorio corría por cuenta de la generosidad de un negro que había llegado hacia varios años de tierras lejanas y quería compartir su música con los hermanos del puerto, el baile fue un lazo de alegría que nos permitió hablar de mi abuela y de su pasado con plena libertad, antes no había tenido esa intimidad con mi madre, en los años en que ya podía comprender esas historias me la pasaba con mi padre, después me absorvieron el colegio y el taller, salía muy temprano de la casa y llegaba tarde del taller a bañarme con jabón de tierra para arrancarme el aceite y la grasa que había acumulado, a comer y a dormir, no había tiempo para más, me contó algo que nunca se podía preguntar en la casa, las circunstancias de la muerte de mi abuelo, había ocurrido en un burdel, en una disputa de borrachos, mi abuela pasó por la vergüenza de ir a recoger su cuerpo cocido a puñaladas en medio de una tracalada de negros que al son de rancheras seguían bebiendo y acariciando a mujeres de vestidos estrafalarios y maquillajes de medio pelo, estaba tirado en un rincón bañado en una sangre pegajosa y fría y con una mueca de rabia y de dolor en el rostro, nada para recordar, nada para contar, me dijo que la abuela se paró en la puerta del lupanar y con una voz sin pliegues ni congojas, gritó que apagaran la música, parranda de desconsiderados, que ella se llevaría inmediatamente el cadáver, así le tocara arrastrarlo por las calles del puerto, no le tocó arrastrarlo porque uno de los borrachos le ofreció una carreta y le ayudó a empujar el improvisado carruaje que en medio de la oscuridad tropezaba con piedras y cascajos y se hundía en huecos y acequias, en la más tortuosa de las faenas de la abuela, nunca había pensado en tamaña afrenta, no era esa la vida que había llevado por largos años al lado del negro que la había sonsacado de la casa de los blancos que no eran una maravilla, pero la habían criado y le habían enseñado a leer y a escribir y en sus ratos de buen humor la elogiaban por sus comidas y sus brebajes, a ellos también les gustaban las infusiones y calmaban sus gripas y sus fiebres con las yerbas que bien sabía recetar la abuela, incluso le permitieron que frecuentara a las parteras del puerto para que aprendiera el difícil arte de traer al mundo a niños de todos los colores, se habían ido a vivir al rancho que había heredado mi abuelo paterno en una esquina del barrio más viejo del puerto, el rancho era poca cosa, pero el solar era grande y fértil, quizás tres mil metros sembrados de plátanos, mangos y aguacates, la abuela se aplicó a tejer el suelo con sus matas y arbustos, los que podían crecer a la sombra los acomodó debajo de los árboles frondosos y para los que necesitaban mucha luz abrió espacios en los bordes del solar, no pasó mucho tiempo para que la abuela se convirtiera en referencia de enfermos y parturientas, ahí empezó la prosperidad de la pareja, muy pronto se propusieron construir una casa grande, tan grande que pudiera servir de vivienda y hospital de paso, la casa que luego heredamos mi madre y yo, tenía seis habitaciones y una acogedora sala, a la habitación donde la abuela prestaba sus servicios se entraba girando a la derecha después de cruzar la puerta de la calle, con dos espaciosas camas a lado y lado de la habitación, en la mitad una mesa grande y una pequeña, donde se podían ver reverberos, palanganas, tazones y la campana de madera que mi abuela utilizaba para escuchar los movimientos y peripecias de los bebés que crecían en las entrañas de las embarazadas, en las esquinas de la habitación eran visibles unas enormes damajuanas de barro cocido para almacenar el agua y mantenerla fresca aún en los veranos más severos, en la pared del fondo estaban los escaparates para guardar las frazadas, las toallas y una variedad de batas blancas y azules para vestir a los enfermos y a las parturientas, en ese universo se mantuvo la abuela por el resto de su vida, solo abandonó la actividad unas pocas semanas al final del embarazo de mi madre y en los días de su dieta, las cosas marcharon hasta cuando mi madre cumplió diez años o algo así, mi abuelo vendía chucherías y abalorios en las cercanías del muelle y no le iba nada mal, deambulaba por el muelle de un lado a otro hablando de la calidad de sus productos con los transeúntes que se paraban a escucharlo porque tenía gracia en sus palabras y simpatía en sus maneras, al final de las tardes disputaba partidas de dominó con sus amigos y llegaba a la casa pasadas las ocho de la noche, algo bebido y contento, con los chismes del puerto en su lengua viperina, para divertir a la abuela mientras daba cuenta de su cena, esa rutina duró años, pero en algún momento empezó a llegar más tarde, cuando ya la abuela se había acostado, luego muchísimo más tarde, cuando la abuela estaba desperazándose para levantarse, luego se ausentaba semanas enteras y la abuela recibía noticias de que andaba con putas y pelafustanes en burdeles de mala muerte gastando dinero del cual no se sabía el origen porque ya no se movía en el muelle con sus abalorios, pero mi abuela sí sabía de dónde sacaba el dinero, se lo llevaba de la casa sin preguntar, del cofre donde la abuela guardaba el resultado de su oficio, así se fue al suelo el amor de mi abuela y se derrumbó el matrimonio, de esas cosas me enteré por boca de mi madre en los tiempos en que compartíamos la vida más allá del lazo filial, más allá de los deberes familiares, en una dichosa complicidad de amigos, por esa experiencia traúmatica con mi abuelo, Damiana Varela desconfiaba de todos los hombres, de los blancos por tradición y de los negros por sus hechos, de ahí la vehemencia con que inicialmente rechazó la relación inesperada y casual entre mis padres, mi padre intuyó que algo muy malo le había ocurrido a mi abuela con los hombres y se propuso disipar esos dolores del alma para que estuviera más liviana en su labor de yerbatera, para que ninguna sombra empañara su espíritu, pero especialmente para que lo aceptara, para que le prestara la atención que no le prestó su madre en la niñez y la adolescencia, lo logró, se demoró tres años, pero lo logró, la abuela con su red de amigas siguió el rastro de su hija día y noche, sabía cuán abastecida estaba la casa del muelle, sabía con quién se relacionaba mi padre y a qué horas llegaba a la casa, preguntaba por el humor de su hija, por la apariencia de su hija, me lo tienen que contar todo, les decía, se cansó de buscar una fisura, una grieta en la relación, no le fue difícil a mi padre comportarse como todo un caballero, amaba a mi madre con devoción, la deseó desde el día en que le llevó la infusión hasta el día en que se embarcó hacia al sur, así se lo dejó claro a mi madre en una carta que encontró bajo la almohada días después de su partida, le decía que no era por falta de amor o por la fuga del deseo que había decidido embarcarse de nuevo, tengo una cita con el destino en el sur, esa era mi meta el día en que por un extraño impulso bajé mis maletas del barco en que viajaba y me quedé en este fabuloso puerto que me lo ha dado todo, han sido quince años maravillosos, tuve un amor, solo un amor, que le dio la vuelta a mi vida, que me curó los desengaños de mi primera juventud, eso no tiene precio, tuve la familia que me hizo falta en mi niñez y en mi adolescencia, voy a partir, pero volveré, juro que volveré, no quiero llegar a la vejez con alguna angustia por no haber cumplido un sueño, mulata de mi alma, debes saber que en los últimos años he tenido sueños donde me veo en los mares del sur, del extremo sur, lejos del trópico, abrazando la nieve, la nieve es el primer sueño del que tengo recuerdo, me había quedado solo en una noche de agosto, mis padres se habían ido a sus ritos y ceremonias, hacía un calor infernal y yo me acosté afuera, en el corredor de la casa, en una hamaca, hasta allí llegó la nieve, estaba envuelto en ella, tiritando de frío, tanto frío, y me desperté para encontrarme otra vez con el fogonazo de calor que despedía el barranco embrujado que rodeaba la casa, mi madre leyó esto y guardó silencio, pero vi en su cara que se estaba aguantando las ganas de lanzar al aire una sarta de pesados improperios, no podía entender que a mi padre se lo llevara la nieve, en cambio a mí me pareció que era una fantasía, una gran fantasía, que bien merecía un largo viaje, lo que no entendía, lo que nunca entendí, fue por qué seis años y menos entendí, después, por qué toda la vida, el desconcierto de mi madre por la partida del negro duró mucho tiempo, no era eso lo que esperaba de una relación tan intensa, mi padre, por amor, por puro amor, pero también con el propósito de despejar todas las dudas de mi abuela, andaba con mi madre para arriba y para abajo, aparte de la sabatina costumbre de pasar la noche bailando se la llevaba, en la semana, de cuando en cuando, a jugar dominó con sus amigos, par de mancornas, les decían, ningún otro negro hacía eso, que de un momento a otro decidiera emprender el vuelo, no estaba en la cabeza de nadie, menos de mi madre, la marea de la desilusión fue aflojando con el paso del tiempo y mi madre y yo nos dedicamos cada quien a sus quehaceres, también a divertirnos después de romper el riguroso luto, los pacientes seguían llegando a nuestra casa, a la casa de la abuela que ya era nuestra, no sentían cambio alguno en las manos de mi madre, tampoco tuve tropiezos en la operación del willis, mi padre se había ganado la confianza de comerciantes y finqueros y esos clientes pasaron a mi cuidado con facilidad, cada vez me aventuraba más lejos del puerto a llevar carga y a recoger carga, el comercio del café empezó a crecer, de manera que desde el lunes hasta el sábado al medio día estaba en esa faena, llevaba los víveres que no se producían arriba, en las laderas, donde empezaban los cafetales, el arroz, la manteca, la carne, la panela, el chocolate y traía de allí el café, los aguacates, el cacao en almendra, la yuca, el plátano, algunos finqueros enviaban su remesa y yo me encargaba de entregarla a los intermediarios del puerto, otros preferían venir a entregar personalmente sus productos y se montaban al willis sobre los bultos de café o bajaban al puerto colgados de la parte de atrás del yipao, en esas andábamos cuando llegó la tan esperada fecha de mi cumpleaños dieciocho, el día en que mi padre se había comprometido a regresar, en la víspera tuve la ilusión de que mi padre llegaría en la madrugada en algún vapor tempranero y entonces no esperé a que empezara el canto de los gallos y el concierto de los pájaros en el solar, a las cuatro de la mañana ya estaba en pie con mi mejor vestido, me encaramé al willis limpiecito, recién pintado, para ir al muelle y esperar a mi padre sentado en el yipao, así cuando bajara del barco no tendría ningún problema para reconocernos, el tiempo había pasado para mí, no para el willis, estaba igual o mejor que cuando él lo dejó, en cambio yo era ya un hombre con la voz ronca que siempre he tenido y con la barba hirsuta, llegué al muelle antes de las cinco de la mañana, el mar estaba tranquilo, no así la tierra, en los alrededores del muelle había empezado el bullicio, los coteros se movían de un lado para otro, nerviosos, esperando el bramido del primer barco de carga del día, se desilusionaron un poco cuando apareció en el horizonte un diminuto punto de luz que solo podía pertenecer a un pequeño barco de pasajeros, así fue, en su acercamiento se fue aclarando el día y pudimos ver con certeza la dimensión, no era tan pequeño, su calado podría superar un poco los cuatro metros, pero se podía acercar con tranquilidad el muelle, clavé el ojo en la salida de la embarcación con una ansiedad que se me notaba a leguas, sabía que podía distinguir a mi padre aún a cien metros de distancia, siempre era el más alto entre los negros, vi salir uno por uno a los pasajeros, pocas mujeres y muchos hombres, pero ninguno era mi padre, me bajé del willis y me fui a caminar por los alrededores del muelle, quería tranquilizarme, quería prepararme para esperar, quería aprender a esperar, sí, eso tenía que hacer, porque no había certeza del día en que llegaría, a pesar de que había dicho que lo haría el día exacto de mi cumpleaños, en un viaje largo por el mar no se podían predecir los inconvenientes y las demoras, volví al willis y esperé hasta la tarde cuando llegaban las últimas embarcaciones, solo me alejé un momento, a la hora del almuerzo, mi padre no apareció ese día, tampoco lo hizo los cinco días siguientes, al sexto día dejé el willis y me fui caminando hacia el muelle, me senté en una de las bancas y empecé una rutina que me permitía matar el tiempo y la ansiedad, me puse a leer las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, las leía hasta las cuatro y media de la tarde, a esa hora llegaba Carmen, mi primera novia, veíamos el atardecer juntos, cogidos de la mano, algunas veces le leía fragmentos de las aventuras que contaba La Fuente Estefanía, pero a ella, la verdad, no le atraían esos cuentos de vaqueros, estaba enloquecida con las románticas de Corin Tellado y empezó a traer sus novelas, leíamos por ratos y por ratos hablábamos hasta que caía la noche, las novelas llegaban semana tras semana a una pequeña librería que tenía un blanco, el más viejo de los blancos, don Gerardo se llamaba, un viejo amable que los lunes nos vendía la provisión de la semana y nos introducía con ingenio en los títulos, las leía antes de venderlas y pasaba con facilidad de los tiroteos entre sherifes y bandidos en el oeste americano a los intensos romances de Corín Tellado, había conocido a Carmen en una misa especial en la fiesta de la virgen de la cual derivaba su nombre, la oficiaba el obispo con todo la pompa en la catedral, estaba al lado sus padres en la primera banca, en el costado izquierdo de la iglesia, yo estaba en la segunda banca, exactamente detrás de ella, en algún momento se produjo un estruendo en la entrada de la iglesia y todos los feligreses voltearon a mirar hacía atrás, pero yo no pude hacerlo porque me quedé pegado a los grandes ojos de Carmen, la novedad del ruido se disipó rapidamente y los dos seguimos mirándonos hasta que su madre la pellizcó para que le pusiera cuidado al obispo que en ese momento alzaba el vino para avanzar hacia el final de la celebración, después de esa mirada empecé a buscarla a la salida del colegio, estudiaba en la normal de señoritas, un establecimiento conseguido a pulso por el obispo, quien se había ido hasta el mismo Congreso de la República a solicitar su creación para entregárselo a las Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, salían a las cuatro de la tarde, la primera vez salió en medio de un grupo de amigas, me miró, me sonrió y siguió camino a su casa, la segunda vez se desprendió del grupo y fue a mi encuentro, ya había averiguado cómo me llamaba, dónde vivía y qué hacía, yo también tenía todas sus señas, sin necesidad de presentaciones caminamos cinco cuadras juntos, hasta una cuadra antes de su casa, así lo hicimos muchas veces, pasaron eternidades antes de que pudiéramos aventurarnos a darnos el primer beso y el primer abrazo en otro lugar del puerto, el padre de Carmen era un negro severo y gruñón, dueño de la más surtida tienda de abarrotes del puerto y la madre maestra de escuela, una triqueña espigada, de ojos carmelitas, a la que aún no le había hecho mella el matrimonio, tenían cuatro hijos y Carmen era la mayor y la única mujer, las posibilidades de que prospere lo nuestro son más bien pocas, mi padre tiene entre ceja y ceja la idea de casarme con un blanco y las monjas no me quitan el ojo de encima y me caen a diario con sermones sobre la virtud y la obediencia a los mayores, me dijo la negra más linda del puerto en medio de mis apuros por llevarla a bailar, no te hagas ilusiones, será el primer permiso que pido para salir con un hombre y dudo mucho que me lo concedan, la petición se convirtió en una tormenta, o sea que te estás viendo con un negro a nuestras espaldas, le dijo el padre, ni vas al colegio, ni sales de la casa, hasta nueva orden, no voy a permitir que arruines tu vida, no vamos a permitir que todos nuestros esfuerzos por hacerte una mujer de bien se vayan al suelo por tu mala cabeza, así empezó la batalla por mi primer amor, el negro gruñón se fue a hablar con las monjas para pedirles que acentuaran la vigilancia sobre su hija y por varias semanas se encargó de ir al colegio por ella, escondido tras una ceiba, a una cuadra de la salida de la normal, los veía salir en las tardes, alcanzaba a sentir desde allí el malestar de Carmen, me quedaba en el lugar para verla caminar al lado del negro hasta que sus figuras se iban diluyendo en la distancia, empezamos una correspondencia clandestina que duró largo tiempo, porque aún después de que el padre dejó de buscarla en el colegio no me le podía acercar, salía y alguna de las monjas también salía a la puerta y la acompañaba con los ojos a lo largo del trayecto, en ese tráfico de mensajes me hice amigo de una de sus compañeras, Luzmila Fuentes, vivía en mi barrio, muy temprano pasaba por su casa para dejarle a Carmen la nota del día y regresaba en la tarde para recoger mi esquela, me acuerdo, Valencia, de ese lenguaje ingenuo y apasionado tan parecido a los parráfos de las novelas de Tellado que después leímos en la banca, sentados, esperando a un padre que no llegaba, derramamos muchas lágrimas en ese tiempo por nuestro amor contrariado, por la ausencia de mi padre y por la severidad del suyo, el momento de mayor angustia de nuestro romance se presentó en los días de la espera de mi padre, el día anterior de mi primera peregrinación hacia el muelle, le escribí una nota contándole que a la mañana siguiente buscaría a mi padre en los primeros barcos, porque era mi cumpleaños número dieciocho y él había prometido volver ese día, Carmen se enteró en las horas de la noche que mi padre no había llegado, su amiga me vio llegar sin él a la casa y se fue a contarle, supo, además, que seguía madrugando para ir al muelle a esperarlo, lo supo también por ella, porque yo había dejado de escribirle avergonzado de mi fracaso, a los cinco días se le plantó a su padre y le dijo que pasara lo que pasara me acompañaría en las tardes a esperar a mi padre, el negro le recordó que era él quien mandaba en la casa y por nada del mundo la dejaría hacer tamaña locura, la discusión escaló hasta el insulto, Carmen en un arrebato de ira le dijo que ella no podía pagar su amargura, ese desprecio que sentía por su propia raza, que se contentara con el gran trofeo que se había ganado el conquistar a la madre, con esa piel canela, tan lejos de la negrura infinita, esos rasgos finos de blanca hermosa y esas caderas de negra, que ella no buscaba esa composición única y feliz, ella quería a su negro enorme y no a esos blancos desteñidos que quería meterle por los ojos en cada reunión con sus amigos y los hijos de sus amigos, todos blancos, todos insipidos, el negro fuera de sí le pegó una cachetada que se oyó en todos los rincones de la casa, Carmen se encerró en su cuarto a rumiar su amargura y a cuidar su rostro hinchado y adolorido por el golpe, no salió de allí por más que su madre y sus hermanos le rogaron, no recibió alimentos, hasta cinco días después, cuando su madre le dijo que su padre había concedido que fuera al muelle para acompañar a ese negro abusivo, un rato, al final de la tarde, después de salir del colegio, bajo la vigilancia de su hermano mayor, esa batalla fue un regalo inolvidable en aquellos días de espera y frustración, con Carmen vi atardeceres que nunca he olvidado, que ni vi más nunca, había días en que el sol era una rueda de colores deslizándose en el mar de la tarde, rodaban sobre las aguas los rojos encendidos, los amarillos brillantes, unos verde-azules de ensueño, otras veces el Pacífico era una sábana ondulante, imperturbable, ante el embate incesante de las lluvias torrenciales, cuando eso ocurría nos refugiabamos en la librería de Gerardo a pasar el chaparrón, pero aún desde ahí veíamos el mar y sus cabriolas, así pasaron esos días aciagos, Valencia, al lado de Carmen, bendecido por el amor, como solías decir, bendecido por el amor y traicionado por el destino, esa sería mi vida, sabes más que nadie que hubo días en que no podía con las desgracias, mi madre me alentó al principio para que cumpliera con el rito de esperar a mi padre, pero luego empezó a preocuparse, me veía llegar en las noches con los ojos apagados por la tristeza y me decía que no le gastara más tiempo a esa ilusión, si acaso vuelve llegará hasta nosotros por sus propios medios, me repetía, hasta que logró que desistiera del propósito, habían pasado treinta días con sus noches cuando le dije a Carmen que debíamos encontrar otro pretexto para encontrarnos, que mi optimismo se había venido al suelo, Carmen entonces emprendió otra batalla, lograr que le permitieran ir a bailar conmigo los sábados a la caseta de mis afectos, en ese empeño se gastó varios meses, esta vez, en lugar de la rebelión, utilizó las armas de la ternura con su padre y el compromiso con sus estudios, se dedicó a hacerle caso en todo al negro y a su madre y se aplicó para ser la mejor de su curso en la normal, pidió como premio al final del quinto año que no se opusieran más a nuestros amores y consintieran el baile de los sábados, su madre fue la primera en atender las peticiones, con ella a su favor, pudo convencer a su empecinado padre y en la primera semana de diciembre tuvimos la felicidad de nuestro primer baile, no era una libertad en toda la palabra, debía regresar a su casa a más tardar a las nueve y media de la noche, precisamente cuando la caseta entraba en todo su furor, pero nos acomodamos a sus condiciones y disfrutamos a lo largo de dos años del privilegio de abrazarnos en medio de rumbas, montunos, boleros, mambos, guarachas y currulaos, mi madre nos acompañaba muchas veces y la madre de Carmen de vez en cuando, el padre nunca, tenía siempre la esperanza de que ese noviazgo se disolviera, es un capricho, le decía a Carmen semana tras semana, en algún momento te darás cuenta de que no te conviene, cuando te gradúes y te pongas a pensar en el futuro comprenderás lo que digo, la graduación llegó y se convirtió en en el más agrio enfrentamiento entre padre e hija, Carmen en vez de mantener en bajo la relación decidió hacerla pública ante toda la sociedad portuaria que se congregaba para celebrar los grados de sus hijas, me dijo que debía acompañarla como edecán, tenía la misión de estar a su lado en la ceremonia y de llevarla hasta la tarima en el momento en que la llamaran a pronunciar el principal discurso del día porque había sido la mejor estudiante de la promoción, su padre estalló en cólera, ese puesto le correspondía, le dije que no debería plantarle ese desafío, pero Carmen, con una imperturbable seguridad, me dijo que había llegado la hora de mostrarle que el primer paso hacia el futuro era un matrimonio fundado en la certeza del amor, no te perdonaría que te acobardaras, me advirtió, no pude negarme, no quería negarme, aun sabiendo que eso ahondaría el resentimiento de su padre hacia mí, era la cuarta promoción de la Escuela Normal Superior de Señoritas del puerto y las monjas por primera vez habían dispuesto que todas las alumnas del claustro estarían presentes y la ceremonia sería abierta al público, querían mostrar los avances de la institución y ofrecer un homenaje al obispo fundador y benefactor del principal centro de educación femenina del Pacífico, encargué un traje cruzado color beige, una camisa azul clara coronada por un corbatín azul oscuro, tal cual había visto vestir al ingeniero que había construido el Hotel Estación en una de las revistas de la época, me gasté los ahorros, raspé la olla para lucir digno de mi negra en su gran triunfo escolar y fui el hombre más feliz llevándola del brazo hasta el estrado del discurso, ella se lució hablando de las raíces africanas del puerto y de las cualidades de la raza negra ante un público de mayorías blancas, porque así era la composición del colegio, los padres la miraban extrañados, no sabían de dónde había sacado esas ideas, pero yo sí sabía, se las había oído una por una al obispo en las charlas que impartía a los jóvenes que hacían trabajo social voluntario en los barrios más pobres y desamparados del puerto, Carmen me había acompañado a estas jornadas, los sábados, antes de irnos a la caseta a nuestros bailes memorables, mi madre me miraba orgullosa desde un costado del patio de banderas donde se realizaba el acto y al final del discurso no se cansó de aplaudir a Carmen, que se bajó de la tarima para abrazarme ante los ojos de reproche de las monjas que le habían ordenado discreción y compostura una vez se enteraron de la pretensión de llevarme como edecán a la graduación, Carmen pagó caro el atrevimiento, dos días después de la ceremonia la enviaron para donde una tía en la capital y allí estuvo seis meses en un penoso exilio, lo supe en la mitad de su ausencia, cuando recibí una carta escrita a las escondidas sin dirección alguna para responderle, la tierra bajo mis pies dio un triste giro, para ajustar mi madre se enfermó, la acometieron las fiebres, los dolores de cabeza y los vómitos y ya no estaba mi abuela para aliviarla, tenía que contentarse con sus propias recetas, el malestar se prolongó hasta obligarnos a buscar al médico que tampoco dio con la causa de las dolencias, mi madre se fue consumiendo y fue perdiendo las ganas de vivir, los dolores se le juntaron con la triste añoranza de mi abuela y de mi padre, lloraba con frecuencia y mis consuelos de poco servían, solo tuvo un momento de alegría cuando supo que Carmen había regresado, vi en sus ojos la esperanza de que Carmen me acompañaría en caso de que ella no aguantara más y se fuera a acompañar a su madre en el prometido cielo de los ancestros, tres días después del regreso de Carmen murió mi madre, se fue en la madrugada sin un quejido, en silencio, se le había agotado el llanto, me di cuenta de su muerte en la mañana, cuando no llegó a la cocina, era un amanecer lluvioso y me había quedado en la cama más de lo normal oyendo resbalar la lluvia sobre los tejados, cuando me levanté fui directo a la cocina a buscar el café que mi madre preparaba siempre, aún en los tiempos de la abuela, aún en todos esos meses de enferma, un café cerrero, para acabar de despertar a los recien levantados, la cocina estaba fría, ni un leño prendido, ni una olla en el fogón, corrí hacia su habitación y la encontré boca abajo con una palidez de muerte que me sacudió el corazón, sentí una soledad infinita, Valencia, nadie que tuviera mi sangre quedaba en la tierra, nadie, la abracé y luego me senté en una silla al frente de la cama a mirarla, el tiempo se fue yendo, lento, no se me ocurría nada, solo estar ahí sentado, hasta que pasadas dos horas, recobré la conciencia y busqué a la vecina más allegada a la casa para que ayudara a arreglar a mi madre mientras yo buscaba el ataúd y me ponía al frente de organizar su velación, quería algo discreto, nada como el funeral de mi abuela, ese fue muy grande, fue un acontecimiento del que se habló mucho tiempo en el puerto, mi padre buscó al obispo y lo convenció de que Damiana Varela merecía una velación y un entierro que se recordará por siempre en todo el litoral, había traido 756 almas al mundo según los registros que ella misma llevaba en su cuaderno de partera, había aliviado los dolores de miles de negros con sus yerbas milagrosas, había contribuido a establecer el diálogo entre unas creencias ancestrales bien arraigadas en las orillas del Pacífico y la religión católica, conversación divina que se había convertido en la misión terrena del obispo, pero sobre todo, le dijo mi padre, Damiana lo había redimido de las angustias del pasado y le había dado a mi madre, no necesitó más para convencerlo, el obispo vino a la casa de mi abuela con todos sus atuendos, acompañado de dos sacerdotes y de nueve monaguillos, se llevó en procesión el ataúd de mi abuela para la catedral y dispuso que allí estaría dos días en cámara ardiente, para que fueran a rendirle homenaje todos los que aseguraban que ella era su segunda madre porque habían llegado al mundo en sus divinas manos de partera, todos los que habían tomado sus pócimas y brevajes, los que habían sido curados del mal de ojo mediante ritos y bebidas, todos los que en su larga vida habían recibido algún favor de la curandera mayor, también para que cada 45 minutos le cantaran alabaos y le ayudaran a hacer un tránsito glorioso entre esta vida y la eternidad, los negros se tomaron en serio los honores que el obispo ofrecía y acudieron en romería a darle el último adiós a la abuela y luego celebraron las nueve noches en los alrededores del cementerio, nada común, nada que se hubiera visto antes, llevaban mesas y sillas, comidas y licores y se instalaban al lado de sus muertos hasta altas horas de la madrugada a entonar cánticos que no se habían escuchado nunca en el puerto, el escándalo por acoger ritos y cantos de negros en la catedral y en el cementerio llegó a oídos del arzobispo y escaló hasta el nuncio apostólico en la capital, pero el babalao mayor, el obispo que nunca le falló a los negros, no se arredró, defendió a capa y espada su extraña decisión, llevó su alegato hasta Roma en cartas que le envió al papa, en el puerto se esperó por algunas semanas el cambio del obispo, los blancos habían atizado el conflicto con memoriales en los que acusaban al prelado, ante el Nuncio, de prácticas diabolicas, acusaciones parecidas a las que le habían hecho a mi abuela con la ayuda del cura negrero, pasaron varios meses y el obispo siguió en su silla repartiendo bendiciones para los negros que lo querían más y más, mi madre no estaba para esas pompas, había llevado una vida discreta y así sería su entierro, tampoco yo estaba para grandes eventos, quería que los padres de Carmen olvidaran el incidente de la graduación y me permitieran acercarme a ella, la necesitaba como nunca, necesitaba una tabla de la cual agarrarme para sobrevivir al terrible hecho de haber perdido la familia, una mano que me retuviera, que no me dejara perder en el mar de tristeza en que navegaba en esos días, Carmen debió sentir mi llamado porque al caer la tarde, cuando ya habíamos instalado el ataúd de mi madre en la gran mesa donde estuvieron siempre todos los instrumentos de la partería, se apareció en la casa, me miró con sus ojos grandes y tristes y me abrazó con una ternura capaz de deshacer todas las incertidumbres y las angustias del más desamparado de los negros, velamos a mi madre en compañía de los vecinos, a la mañana siguiente pasó el obispo para rezar algunas oraciones y bendecir el féretro, en la tarde la enterramos cerca a mi abuela, Carmen no se despegó de mí en todo ese tiempo, no atendió mi consejo de que volviera a su casa en la noche para evitarnos problemas, estaba más delgada, pero más hermosa, la capital le había sentado bien, en esos días me contó que había asistido a un curso para mejorar sus dotes de maestra y había aprovechado para comprar novelas de autores europeos, que había llorado mares con Las desventuras del joven Wherther, un libro con algunos parecidos a los de Corín Tellado, de un autor alemán de nombre impronunciable, me dijo que su padre seguía igual de intolerante con nuestra relación y solo había aflojado en sus reproches por su rebeldía el día, del velorio porque su madre le imploró que no siguiera por ese camino, que sus presiones podrían tener el efecto contrario, empujar para siempre a la hija a los brazos de Apolinar, hablando de esas cosas le confesé el plan que tenía entre manos desde el día en que murió mi madre, le dije que lo mejor era casarnos a escondidas y alejarnos del puerto, que vendería la casa y el willis y recogería los ahorros acumulados por mi madre y buscaríamos un lugar en una tierra donde pudiera ejercer mi profesión de mecánico y ella su vocación de maestra, el obispo con seguridad nos casaría, dejaría eso conversado y me iría por un tiempo, no más de dos meses, a buscar nuestro nuevo hogar, una casa y un trabajo, lejos del mar, lejos de su familia, me miró desconcertada y guardó silencio, fueron minutos eternos, hasta que respondío que era un lindo plan, pero muy doloroso para ella, amaba a su madre y a sus hermanos, quería a su padre a pesar de las agresiones a su corazón enamorado, de su racismo y de su enconada testarudez, alejarse era muy difícil, debía pensarlo, le dije que entendía sus dudas, pero no veía otra alternativa, en todo caso yo me tenía que ir, el mar me hacía daño, el barrio de toda mi vida me hacía daño, en las tardes, en el muelle, veía a mi padre caminando hacía el vapor en que partió para siempre, al amanecer, en mi enorme casa, sentía a la abuela y a mi madre prendiendo el fogón y moviendo ollas y platos en la cocina donde había probado las delicias de la comida negra, el sancocho de ñato, el encocado de muchillá, la sopa de tollo, el ceviche de piangua, las empanadas de jaiba, el arroz atollado, la gallina ahumada y las ensaladas de langostinos y camarones, esperé con el corazón en la mano su decisión, entre tanto vendí el willis con facilidad y se me ocurrió que el obispo me podría comprar la casa para abrir allí un centro de atención médica aprovechando la tradición del sitio, el plantío de yerbas curativas y la buena vibra de toda la vecindad, el babalao, como le decían mi padre y mi abuela, acogió la idea, la curia diocesana me pagó el valor peso sobre peso y el obispo me contó que haría un experimento en la casa de mi abuela, mezclaría la medicina ancestral y la occidental, reuniría a una partera tradicional, a un médico general y a una enfermera pediatra, las parturientas y los pacientes podrían elegir la atención de su preferencia, no supe cómo terminé abrazándolo, fue un impulso atrevido que el obispo habría podido rechazar, pero no lo hizo, me tomó en sus brazos como un cordero asustado y agradecido, me acordaba de ese abrazo, Valencia, cada vez que nos encontrábamos y tú me abrazabas sin importar el lugar o los acompañantes del momento, no me quedaba nada por hacer en el puerto, solo esperar la decisión de Carmen, fue un sábado en el baile, el viernes me envió un recado con su amiga Luzmila, debíamos encontrarnos temprano, para disfrutar la noche, me escribió, tenía la noticia en los labios, ese sábado en la mañana entregué la casa y salí con dos morrales, en uno llevaba mi ropa y el dinero de mis ventas y ahorros en fajos protegidos por plásticos y periódicos, en el otro, la colección de música que me había dejado mi padre y algunos recuerdos de mi madre y mi abuela, me fui al hotel que había sido mi admiración desde la infancia, con sus enormes corredores y sus preciosos balcones y con sus dibujos minuciosos, único, en un puerto que no se caracterizaba por el gusto y el donaire, pedí una habitación en el tercer y último piso, de cara al mar, para despedirme del océano que había traido a mi padre en una tarde lluviosa y feliz y se lo había llevado en una de las mañanas más tristes de mi vida, dejé mis cosas y tomé un vinilo que había comprado hacía poco y quería ponerlo a sonar esa noche en la caseta, era una selección de boleros que Discos Fuentes había tenido la buena idea de poner a rodar en el país, estaban entre otros: Tristezas, el primer bolero de que se tenga memoria, compuesto por José Pepe Sánchez en 1885, Convergencia, de Bienvenido Julián Gutiérrez y Reloj de Roberto Cantoral, que se oía en la voz de Lucho Gatica, lo primero no era bailar, lo primero era hablar y lo hicimos, Carmen dijo sí, me caso y me voy contigo a donde sea, entonces bailamos esa noche felices, con la mirada puesta en el futuro, con las angustias del pasado guardadas en un rincón de la memoria donde se almacenan los malos recuerdos, en medio de Convergencia, cuando la letra hace una pausa y el piano es protagonista, se subió a mi oído y me dijo, pero esta noche me quedo contigo, esta noche quiero probar de verdad a qué sabes, sentí miedo, sentí que era muy peligrosa esa provocación a sus padres, pero el aguijón del placer me empujó hacia su cuerpo, esa noche no tuve ojos para los balcones, no tuve ojos para el mar, no los tuve para la habitación, solo pude verla a ella en todo su esplendor, en todos sus pliegues, éramos dos pájaros aprendiendo a volar, dos pájaros de plumas coloridas recién estrenadas aleteando con torpeza en medio de la noche y aprendimos a volar antes de que nos sorprendiera la aurora y salimos del hotel antes, mucho antes, de que su padre y sus dos hermanos llegaran al lugar como locos a preguntar por la hija y se encontraron con los recepcionistas que tenían por principio no hablar de los amores furtivos que llegaban al hotel en las tormentosas noches del puerto, me vio partir en el tren de la madrugada y se fue a buscar su habitación de siempre, cuando su padre abatido volvió a su casa ella dormía placidamente, aún sabiendo que al despertar estaría ante el tribunal familiar explicando dónde y con quién había pasado la noche, así fue mi partida del puerto que me vio nacer y crecer, así emprendí el camino hacia las tierras de la caña y del azúcar donde años después nos encontraríamos, Valencia.
