20/20

02 Enero, 2020

Por ADRIANA ARJONA

Quisiera pensar que el número repetido en el año que comienza encierra, de alguna mágica e inexplicable manera, el presagio de que veremos mejor. 20/20.

Se supone que una persona con visión 20/20 es aquella que está en capacidad de identificar letras y números de cierto tamaño en una cartilla de agudeza visual, a una distancia de 20 pies. Justamente, VISIÓN 2020 es el nombre que se le ha dado a la iniciativa que tiene como meta eliminar la ceguera evitable en todo el mundo para el año 2020.

Eliminar la ceguera evitable. Suena bien. Y no solo cuando hablamos de los ojos. Es loable que la Organización Mundial de la Salud (OMS) y demás entidades, sociedades e invitados permanentes de VISIÓN 2020 trabajen por lo que han denominado «el derecho a la visión». Pero cada día es más evidente que necesitamos un sinfín de organizaciones que trabajen para eliminar la ceguera evitable en cuanto a nuestra visión de país y de mundo.

Podríamos pensar que la cadena de protestas que se empezaron a dar alrededor del planeta es un comienzo. En el caso de Latinoamérica, lo acontecido en Chile, Bolivia y Ecuador contribuyó –sin lugar a dudas– a que los colombianos hiciéramos un alto en ese andar de borregos que nos caracteriza para decir: “!Basta! Aquí es mucho lo que no funciona y exigimos cambios”. El paro nacional del 21 de noviembre, las multitudinarias marchas que se tomaron las calles del país en los días siguientes, los cacerolazos nocturnos, y la movilización de los indígenas hasta la capital del país hicieron parte de esa iniciativa sin un nombre tan elocuente como «el derecho a la visión» ni una meta tan clara y específica como «eliminar la ceguera evitable». Pero es algo. Es mucho en un país donde pasa de todo y no pasa nada. Es poco en un país donde nos pasan por encima a diario y nos seguimos poniendo de tapete.

¿Podemos eliminar la ceguera evitable que nos aqueja? Uno pensaría que sí, pero acto seguido 10 millones de personas eligen a un badulaque inexperto como presidente de la república. La ceguera evitable reina en nuestro país. Es la misma que permite que las multinacionales se roben los ríos y se rifen los páramos; la que nos quiere convencer de que el salario mínimo es escandalosamente alto y que la educación gratuita y de calidad es un imposible; la que no quiere hacerle frente al proceso de paz que firmamos para acabar con la guerra más larga, cruenta y absurda; la que se ha robado las pensiones de los que trabajaron toda la vida confiando en el Estado que hoy pretende embolatarles el futuro.

Por momentos, ese no querer ver, ese no querer que veamos, ese castigar al que decide quitarse la venda y gritar las injusticias evidentes, parece una especie de epidemia tan inexplicable como la que planteó Saramago en Ensayo sobre la Ceguera.

Saramago imaginó lo que sucedería si un día, de repente, la población de un país sin nombre fuera víctima de una ceguera contagiosa. Desde la primera página de la novela se vive con angustia la repentina pérdida de visión que experimentan los seis personajes principales, entre los cuales se encuentran un médico y su esposa, siendo esta última la única habitante del país que conserva la visión a lo largo de la historia. Es a través de la esposa del médico, de sus ojos, que se desenmascara la podredumbre de una sociedad que enfrenta una situación límite.

El mal blanco, como las autoridades deciden denominar a la extraña infección que priva a la gente del sentido de la vista, expone el egoísmo de los seres humanos cuando se ven obligados a luchar por sobrevivir, revela la ruindad de quienes ven en la tragedia una oportunidad para sacar provecho, y conforma una meticulosa metáfora de la sociedad que hemos construido. Saramago redefine la ceguera como algo que va mucho más allá de una mera dolencia física, y lo deja claro cuando dice: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Tras un verdadero infierno repleto de abusos, violaciones y represión, la novela del premio Nobel termina de la misma manera repentina en que comienza: todos recobran la vista. Pero el horror ya ha sido visto. Así sea solamente por la esposa del medico, el horror ya ha sido visto. Los daños están hechos y muchos son irreversibles. De ahí en más solo queda mirar hacia adelante. Hacia ese país sin nombre en el que, poco después, en su siguiente novela, Saramago imaginó lo que sucedería si nadie se presentara a votar en las elecciones. Nadie. ¿A quién culparían? A la única mujer que no quedó ciega durante la epidemia. Sospechosísima, por supuesto.

El año apenas comienza. Es momento para buenos deseos y augurios. Deseo, pues, que 2020 signifique que veremos mejor, 20/20, que luchemos juntos contra la presbicia social, que combatamos la miopía colectiva, que sepamos abrir los ojos y echemos al fuego todas las vendas y también las mordazas. Deseo que la ceguera no sea contagiosa. Tampoco la muerte violenta, que parece ser la epidemia más incontrolable de este remedo de país.